En la Mixteca, durante la época colonial, el territorio no era fijo: se recorría. Miles de cabras y ovejas atravesaban caminos estacionales entre la montaña y la costa en busca de alimento, dando forma a una economía móvil conocida como trashumancia. Este sistema no solo permitió sostener una de las actividades ganaderas más importantes de la región, sino que transformó la manera de entender la propiedad, el uso de la tierra y división la producción.
Desde mediados del siglo XVI, el virrey Luis de Velasco otorgó mercedes de ganado menor a pueblos indígenas de la Mixteca. A partir de estas concesiones, llegaron a la región entre 158,000 y 251,000 cabezas de ovejas y chivos, según cálculos históricos. En muchos casos, el número de estancias y animales superó incluso a la cantidad de caciques y propietarios, lo que evidencia la magnitud del fenómeno ganadero.
En un inicio, tanto comunidades indígenas como caciques controlaron buena parte de esta riqueza. Sin embargo, con el paso del tiempo —especialmente desde el siglo XVII— comerciantes y empresarios, en su mayoría españoles y criollos, comenzaron a dominar el negocio. En lugar de poseer tierras, invirtieron en ganado y recurrieron a una estrategia clave: arrendar tierras comunales para pastoreo.
Así surgió una forma particular de organización económica: la “hacienda volante”, una unidad productiva sin territorio fijo, basada en el movimiento constante del ganado. A diferencia de las haciendas tradicionales, aquí la propiedad no se definía por la tierra, sino por la capacidad de desplazar rebaños a lo largo de extensas rutas.
La diversidad ecológica de la Mixteca hizo posible este sistema. Durante la temporada de lluvias, los animales pastaban en las zonas altas y áridas; en época de secas, descendían hacia los pastizales más fértiles de la costa de Oaxaca y Guerrero. Estos recorridos podían abarcar más de 400 kilómetros y durar varios meses, guiados por pastores, mayordomos y capitanes que negociaban el acceso a tierras en cada tramo del trayecto.
En el siglo XVIII, algunos rebaños llegaron a superar las 25,000 cabezas, financiados principalmente por comerciantes de Puebla. La trashumancia articuló así una vasta red económica interregional que conectaba la Mixteca con centros urbanos, mineros y agrícolas.
El ganado caprino no solo se aprovechaba por su carne. Sus derivados eran fundamentales en la economía novohispana: el sebo se utilizaba para fabricar velas y como lubricante en la minería; los cueros servían para transportar líquidos o fabricar vestimenta; la lana y el pelo abastecían obrajes textiles; y la carne seca (chito) alimentaba a trabajadores en minas, haciendas y rutas comerciales.
El ciclo productivo culminaba cada año entre octubre y noviembre, cuando se realizaba la matanza de chivos. Este evento respondía tanto a razones climáticas —el ganado alcanzaba su mejor punto antes de las heladas— como económicas, pues permitía recuperar inversiones y generar ganancias. Para ello existían sitios específicos que debían contar con agua, infraestructura y condiciones sanitarias adecuadas.
Durante semanas, cuadrillas especializadas participaban en cada etapa: pastores, matanceros, curtidores y cocineras. De este proceso surgían productos diversos, pero también prácticas culturales que persisten hasta hoy, como el mole de caderas, actualmente disputado entre Puebla y Oaxaca.
En su momento de auge, durante la colonia, se llegaron a sacrificar más de 200,000 cabezas en distintos puntos de la región. Sin embargo, a lo largo del siglo XX esta actividad comenzó a declinar debido a factores como la reforma agraria, la disminución de pastos, el cambio climático, la apertura de carreteras y la transformación de los mercados.
A pesar de ello, la tradición no ha desaparecido. Hoy, aunque en menor escala —entre 5,000 y 10,000 animales al año—, la matanza de chivos continúa en lugares como Tehuacán y Huajuapan, impulsada tanto por su valor económico como por su relevancia cultural y turística.
Más que una práctica ganadera, la trashumancia fue una forma de habitar el territorio. En la Mixteca, durante siglos, caminar con el ganado fue también una manera de producir riqueza, negociar la tierra y construir mundo.
