• 29-nov-2020.

Los Reyes Gómez y la nostalgia por la hacienda

Juan Antonio Reyes-Agüero

Llegó el tiempo del general Lázaro Cárdenas, y con él la decisión de hacer cumplir la promesa de repartir las propiedades de las haciendas. Manuela trató de sobrellevar las presiones, combinando decisiones firmes con actitudes condescendientes hacia los agraristas de don Lázaro, pero todo fue inútil.

 

Corría 1935 cuando a la hacienda de la abuela le llegó su “20 de noviembre”, a las seis de la tarde: la revolución llevó justicia social a aquellos peones cardenches que un día amanecieron, atónitos, como ejidatarios, gracias a que el Tata despojó a la abuela Manuela hasta de las baldosas sobre las que, acongojada, vencida, vertió su llanto.

Pero la abuela se levantó, alzó la cara, se limpió las últimas largas lágrimas de su vida y, tomando de la mano a sus hijos, también se sumó a la corriente de desplazados que terminó en Torreón. Ahí, armó una trinchera con alegatos de revisión de su caso en el Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización; trató de recuperar la pequeña propiedad que le correspondía. El abuelo Salvador hizo su parte: solventó los gastos de las batallas de Manuelita.

Y sí, doña Manuela Gómez Zamora de Reyes Maltos ganó su guerra de los treinta años… pero nunca se enteró; ya tenía un año de muerta en 1965 cuando le reconocieron sus derechos de pequeña propiedad. El viudo dejó pasar el triunfo tardío: “Para qué ir por los despojos de la hacienda”, dijo, “si ya no está Manuelita”.

Para entonces, la casa que fue grande era tan solo un montón de ruinas, con las paredes holladas y desenterrados los cimientos por aquellos que se creyeron las historias de peroles con pucheros de oro que, se contaba, cocinaba mi bisabuelo. El cascajo de la hacienda sería la cuna de puros pleitos: “Ahí que se quede”, dijo el abuelo Salvador. Y ahí quedó.

Mi padre, siempre nostálgico por su infancia hacendaria, cerró el círculo de este relato cuando en la fría mañana del 5 de febrero de 1951 se casó con Alicia, mi madre, en Torreón. La primogénita fue nombrada María de los Ángeles Reyes Agüero. Me gusta pensar que fue en honor a la ya lejana niña que el remolino arrulló en Real de Nieves.

 

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Juan Antonio Reyes-Agüero. Doctor en Ciencias Biológicas por la UNAM y maestro en Botánica por el Colegio de Postgraduados. Es profesor-investigador en el Instituto de Investigación de Zonas Desérticas de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, e investigador nivel I del SNI.

 

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Y ni parientes eran! La tragedia de una familia del norte en los tiempos de la Revolución