“El atardecer está a punto de extinguirse y en el paraninfo de la Escuela de Medicina, en la Ciudad de México, hay una gran expectación. Es el lunes 18 de enero de 1886. Entre académicos, reconocidos dentistas, estudiantes y familiares, el salón se llena de numerosos curiosos que quieren ser testigos de un hecho histórico: el examen de Margarita Chorné para obtener el título de cirujano dentista, con lo que se convertirá en la primera mujer profesionista de México y –después se enterará– de toda Latinoamérica”
A finales del siglo XIX, estudiar, titularse y ejercer una profesión no era un derecho para las mujeres en México: sonaba como una transgresión. En ese contexto irrumpieron dos identidades que incomodaron, no sólo desafiaron las expectativas sociales, sino que evidenciaron algo aún más perturbador para su época: que para poder estudiar había que pedir permiso de todo mundo: de los papás, de profesionistas, del Secretario de educación y, ¡hasta del presidente!
En 1886, en el paraninfo de la Escuela de Medicina, una joven se enfrentó a un jurado exigente y a una sociedad que dudaba de ella. Su nombre era Margarita Chorné. Tras años de estudio autodidacta —entre libros franceses, prácticas en gabinetes dentales y el escepticismo de su entorno— logró aprobar su examen como cirujana dentista. Sin saber que representaba aquel acto histórico, se convertiría en la primera mujer profesionista no sólo de México, sino de toda América Latina.
Apenas un año después, en 1887, otra escena similar marcaría un antes y un después. Matilde Montoya, tras superar demasiados obstáculos institucionales, prejuicios académicos y ataques públicos, presentó sus exámenes en el Hospital de San Andrés. La emoción fue tal que, tras aprobar, se desmayó. Acababa de convertirse en la primera médica mexicana titulada.
La reacción no se hizo esperar. Mientras algunos celebraban sus logros con una curiosidad admirable, otros advertían —con tono alarmista— que permitir a las mujeres ejercer profesiones podría significar poco menos que la “destrucción del hogar”. La idea de una mujer con bisturí o instrumental dental no sólo resultaba extraña: resultaba peligrosa. Pero lo verdaderamente peligroso no era el escándalo, sino lo que revelaba: que el orden social podía resquebrajarse.
Chorné y Montoya no pidieron permiso para cambiar la historia. La atravesaron. Y al hacerlo, abrieron una grieta por la que, lentamente, comenzarían a pasar muchas más. Ambas enfrentaron no sólo el rechazo social a que la mujer se dedicara a actividades profesionales que la alejaran del hogar y la maternidad, sino también el desprecio de una comunidad académica que sostenía —con absoluta convicción— que el llamado ‘sexo débil’ no estaba hecho para la ciencia, la sangre ni el conocimiento.
Gracias a ellas, el acceso femenino a la educación superior y al ejercicio profesional comenzó a dejar de ser una excepción. Hoy, sus historias no sólo hablan de “primeras veces”, sino de resistencia, inteligencia y determinación frente a estructuras profundamente restrictivas. ¿Cómo lograron abrirse paso en un mundo que les negaba el acceso? ¿Qué obstáculos concretos enfrentaron en su formación y en su práctica profesional? ¿Y qué impacto tuvieron en su tiempo?
Descubre la historia completa de estas pioneras en el nuevo número de la revista 209, dedicado a todas las mujeres que hicieron historia.
Saucedo Zarco, Carmen, “Margarita Chorné: la primera profesionista de América Latina” y “Matilde Montoya: la primera médica mexicana” en Relatos e Historias en México, núm. 209, pp. 44 -47.
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