• 24-ene-2021.

La inexistente confederación chimalhuacana

José M . Murià

En el siglo XIX, tal vez con ánimo de compensar la carencia, en tiempos prehispánicos, de un anhelado centro urbano de gran prestigio, como tantos que hay en el centro y sureste de México, lo que al parecer lesionaba al nacionalismo jalisciense de ese tiempo, hubo quienes desarrollaron, con más imaginación y buenos deseos que trabajo heurístico formal, la idea de que Jalisco tenía fuertes antecedentes federalistas.

 

Parece que fue un profesor de nombre Ignacio Navarrete (1837-1880), en 1872, quien primero empezó a desarrollar por escrito la idea de que, en el occidente de México, mucho o poco antes de la conquista, se había constituido ni más ni menos que una “confederación” de nombre “Chimalhuacán”. Esta, dice Navarrete y quienes lo siguieron, se componía de cuatro “monarquías”, cada una de las cuales estaba, a su vez, constituida por diversas entidades que él llama “tactoanazgos”, de los cuales da también nota.

Pero cabe señalar que Navarrete recibió algo de inspiración en este sentido del franciscano Francisco Frejes, quien escribió en 1833 una Memoria histórica… que dice lo siguiente:

“El Estado llamado ahora de Jalisco comprende todo el reino de su nombre, el de Tonalá y parte de Colima, de modo que todo lo abraza el río Ezquitlán o de Santiago y corta la sierra de Michoacán, encerraba los tres reinos de Jalisco, Colima y Tonalá. Su gobierno era real, pero confederado con algunos llamados cacíquez [sic] o jefes de naciones.”

La palabra tactoanazgo o tlactoanazgo, que es un invento híbrido de Navarrete o de algún coetáneo suyo, también con “más imaginación que ciencia”, pretendía provenir del náhuatl tlatoani, “gobernante”, pero su terminación es claramente castellana. Mas el concepto no quedó ahí, de manera que con el tiempo habría otros autores que le agregaron de su cosecha.

Navarrete era hijo de un político homónimo que fue diputado al primer Congreso de Jalisco y participaba junto con muchos otros del deseo de sustentar su emergente nacionalidad y la recién creada república en algo singular y específico de ella, como lo podía ser el esplendor de su pasado indígena. No fue gratuito que, años antes, Iturbide hubiera recurrido precisamente al emblema de la fundación de Tenochtitlan para que sirviera de símbolo a su flamante imperio y que este haya sobrevivido hasta la fecha en calidad de escudo nacional.

De la misma manera, no faltaron jaliscienses, partidarios entusiastas del federalismo, que buscaran elementos adecuados para fundamentar una fuerte regionalidad; procuraron hallar vestigios de que Jalisco constituía ya una entidad bien definida antes de la Conquista y que en ella existían ya rastros de un gobierno más o menos confederado.

Tampoco sabemos de dónde sacó Navarrete el término Chimalhuacán (“lugar de escudos redondos”), que si bien está presente en el centro de México, no tiene presencia alguna en el poniente.

Luis Pérez Verdía, con más sentido crítico, describe en una obra de 1910 que había poblaciones de todo, algunas de las cuales ejercían cierta dominación sobre otras, se asociaban entre sí, pactaban, se sometían, etcétera, pero “malamente ha querido equipararse a la forma de un gobierno confederado”. Sin embargo, acepta la existencia de las mismas cuatro monarquías de que habla Navarrete y recurre al término náhuatl hueytlatoani (“gran gobernante”) que traduce como “gran príncipe”.

Es posible que tal expresión haya llevado a Ignacio Dávila Garibi a referirse a las supuestas monarquías como “hueytlahtoanazgo”, en su libro publicado en 1927 que se titula precisamente Breves apuntes acerca de los chimalhuacanos, lo cual ha sido repetido ad nauseam con posterioridad por muchos autores carentes de sentido crítico.

 

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José M . Murià. Miembro emérito de la Academia Mexicana de la Historia, de la Academia Mexicana de la Lengua y del SNI. Es doctor en Historia por El Colegio de México. Ha sido director general del Archivo, Biblioteca y Publicaciones de la SRE, presidente de El Colegio de Jalisco e investigador del INAH. Dirigió la obra Historia de Jalisco (cuatro tomos), además de coordinar Jalisco, una historia compartida (dos tomos) y Jalisco en la conciencia nacional. Otras de sus obras destacadas son: Sociedad mexicana y México prehispánico (1973); Bartolomé de las Casas ante la historiografía mexicana (1974); Zapotlán el Grande del siglo XVI al XIX (1977); Historiografía colonial. Motivación de sus autores (1981); Conquista y colonización de México (1982); Lázaro Cárdenas y la inmigración española (1985); La independencia de la Nueva Galicia (1986); El tequila. Boceto histórico de una industria (1990); Orígenes de la charrería y su nombre (2010), y Mexicanos contra franquistas (2013).

 

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