La historia del Palacio Nacional

Origen y destino del poder. Primera Parte

Alejandro Rosas

La historia del Palacio Nacional está atada a la conquista de la plaza pública como escenario de la evolución política de México. El edificio resguarda la memoria de las luchas de la nación y en sus muros han quedado escritos los relatos de la historia, unos trágicos, otros escandalosos, algunos más conmovedores. A lo largo de los siglos, dentro de sus habitaciones, quienes ocuparon a más alta investidura demostraron su firmeza o sus titubeos para llevar a cabo los grandes aciertos o los más infortunados fracasos que definieron el destino de la patria.

La noche había caído. La Plaza de la Constitución se encontraba repleta; gritos de protesta, indignación y dolor resonaban en los cuatros costados del Zócalo de la ciudad de México. De pronto, sin que nadie lo imaginara, las llamas comenzaron a devorar la puerta central de Palacio Nacional. No era 1692, cuando una turba enardecida le prendió fuego al Palacio Real –por entonces ocupado por los virreyes–; tampoco 1984, cuando un grupo de estudiantes arrojó dos bombas molotov y una de humo al balcón presidencial, durante el desfile del Día del Trabajo. Era 2014, cuando un grupo de personas decidió prenderle fuego a la puerta central de Palacio, en medio de protestas por el autoritarismo, la impunidad, la corrupción y el crimen de Estado materializado en la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, de Ayotzinapa, Guerrero.

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Las llamas que parecían consumir la puerta de Palacio reflejaban su esencia histórica: es el sitio que guarda la tradición del poder. Conserva la memoria de la nación.En sus cimientos se encuentra el origen y destino del poder; sus muros guardan una historia centenaria y en sus pasillos se escribe la historia política de México. El Palacio Nacional conserva la memoria de la nación. El poder ha definido su andar en el tiempo: virreyes, emperadores y presidentes han desfilado por sus corredores; caudillos y caciques lo han ocupado.

Este recinto estremece porque el devenir de la nación mexicana ha pasado forzosamente por la legendaria edificación que fue propiedad de Hernán Cortés. Vendida a la Audiencia, a partir de 1562 se convirtió en el Palacio Real y, una vez consumada la independencia, en Palacio Nacional.

Durante varios años, el Palacio Nacional no solo albergó al poder Ejecutivo —incluyendo la habitación del presidente—, sino que también recibió al Legislativo con sus dos Cámaras. Cuando comenzó la era de los levantamientos y las asonadas militares en la primera mitad del siglo XIX, ambos poderes se enfrascaron en un sinnúmero de conflictos. En ocasiones, el presidente debió salir huyendo y algunas veces fue tomado como rehén en sus habitaciones; otras, el que sufrió fue el Legislativo, como sucedió en 1844, cuando el presidente Valentín Canalizo ordenó a la tropa que impidiera el paso de los diputados.

Desde el siglo XIX, el Palacio Nacional era el termómetro con el que se medía el ánimo político del país. En 1808, el virrey José de Iturrigaray fue detenido en su interior y destituido, acusado de apoyar un movimiento autonomista que fraguaba el ayuntamiento de la Ciudad de México. La escena se repitió varios años después, cuando en 1840 el presidente Anastasio Bustamante fue aprehendido dentro del recinto en una de tantas intentonas golpistas.

El 5 de febrero de 1857, el recinto legislativo que se encontraba al interior de Palacio fue testigo de la jura de la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos, de corte liberal. Frente a un crucifijo, el viejo liberal Valentín Gómez Farías y poco más de un centenar de diputados juraron y promulgaron la carta magna que desató un periodo de violencia conocido como la "gran década nacional" (1857-1867), la cual comprendió la Guerra de Reforma, la intervención francesa y el imperio de Maximiliano.

Dos ejércitos extranjeros ocuparon el Palacio en el siglo XIX: las tropas estadounidenses, de septiembre de 1847 a junio de 1848, y los franceses, quienes hicieron su entrada triunfal en junio de 1863 y, un año después, dieron lugar al boato y dispendio del emperador Maximiliano de Habsburgo, tal como lo había hecho anteriormente Antonio López de Santa Anna durante su último gobierno.

A su llegada a México en 1864, Maximiliano encontró chinches en los muebles de Palacio Nacional y ordenó que terminaran de acondicionarse sus habitaciones, al tiempo que se remodelaba el Castillo de Chapultepec también como residencia. Ordenó que el viejo palacio se amueblara de nuevo, se tapizaran sus salones y se decoraran con obras de la Academia de San Carlos; así, pasó algunas temporadas entre sus habitaciones. Las adecuaciones imperiales se realizaron de acuerdo con el proyecto del arquitecto Ramón Rodríguez Arangoiti.

Con el triunfo de la República en 1867, quedó abierta la posibilidad de utilizar el Castillo de Chapultepec como residencia oficial. Sin embargo, Benito Juárez ordenó acondicionar el ala norte, el lado opuesto al que había habitado Maximiliano. El lujo heredado por el Imperio no correspondía a la austeridad republicana demostrada por don Benito a lo largo de su gestión presidencial, la cual continuó bajo la administración de Sebastián Lerdo de Tejada. ¿Sabías que Benito Juárez fue velado en el recinto que se convirtió en la capilla ardiente donde miles de personas desfilaron por el Salón de Embajadores para darle el último adiós al presidente? Sigue leyendo el artículo completo en la revista, disponible en su versión física y digital.


¿Cómo citarlo?
​Alejandro Rosas, “Palacio Nacional. Origen y destino del poder”, Relatos e Historias en México, núm. 85, Septiembre, 2015, pp. 40-71.



*Alejandro Rosas
Escritor dedicado a la divulgación histórica desde hace más de veinte años. Es coautor de Érase una vez México 2 (2014) y ha publicado los libros: 365 días para conocer la historia de México (2011), México Bicentenario (2010), Las dos caras de la historia de la Revolución mexicana (2010), Mitos de la historia mexicana: de Hidalgo a Zedillo (2010), A sangre y fuego (2009) y Cartas desde el Atlántico: el Titanic y la Revolución mexicana (2007).