Olores fétidos, basura y exceso de gente conviviendo día y noche con aromas de comida, frutas, verduras y un sinfín de productos. Ese tipo de escenas forma parte de una práctica nada desconocida para la humanidad: el intercambio de bienes en espacios abiertos y públicos. Con el antecedente del tianguis mesoamericano, desde comienzos de la Nueva España se desarrolló el ambulantaje y la regatonería, que pronto se hicieron comunes en aquellos lugares de vendimia, muchas veces también ilegales. Si bien los intentos de regularlo, principalmente entre los siglos XVIII y XIX, causaron inconformidad y renuencia entre quienes vivían de ese comercio, hoy sigue existiendo tanto la pretensión de controlarlo como su extendida presencia en las calles mexicanas.
Se dice, y no sin razón, que desde la fundación de la Ciudad de México el comercio se ha ejercido en la calle y que a los mexicanos nos gusta vender y comprar en espacios abiertos, en aceras y plazas. El tianquiztli prehispánico que, aunque se establecía en áreas reguladas y ordenadas por productos, muchas veces se extendía hasta las orillas de la laguna, al aire libre, en donde los espacios de comercialización de mercancías resultaban verdaderos prodigios en cuanto a variedad y diversidad de frutos, aves y peces; gusanos e insectos de diferentes clases; verduras y alimentos preparados; todo lo cual hasta al mismo Hernán Cortés impresionó.
La diversidad de productos para el consumo aumentó después de la conquista. El trigo y otros cereales, aves, frutas y legumbres nuevas se cultivaban en las chinampas que rodeaban a la ciudad, en donde se siguió produciendo una enorme variedad de alimentos. En haciendas y ranchos cercanos se criaba ganado de todo tipo, mientras que los ingenios azucareros próximos proveían no sólo de azúcar, sino de aguardientes y chinguirito, aunque la preferencia la llevaba el pulque, producido en las extensas magueyeras cercanas al valle de México. Para abastecer a los mercados, la presencia de vendedores en las calles y acequias se convirtió en una imagen común del paisaje urbano novohispano, por lo que aparecían frecuentemente retratados en vistas de ciudades.
En el diseño urbano de la Ciudad de México se consideró dejar un amplio espacio libre –una plaza– que tendría diferentes usos, a su vez rodeado por los edificios principales, destinados a las instituciones tanto temporales como espirituales: el Palacio Virreinal, el Arzobispal, la catedral, el ayuntamiento, la universidad y los portales de mercaderes; es decir, “todos los organismos que dictan las pautas para la vida pública, económica y social y en su ámbito se realizan las actividades propias del ciudadano”. Entre esas actividades, la vendimia tuvo un predominio con comerciantes de toda laya que ofrecían productos y alimentos, o trabajadores de diversos oficios: cargadores, aguadores, pepenadores, topiles (encargados de cuidar el orden) y buhoneros que vendían diversas mercancías como hilos, listones, telas, petates y loza, además de personas que ofertaban otros servicios y actividades necesarios para la urbe.
Asimismo, en la nueva traza de la ciudad se conservó el sistema de canales y acequias para la movilidad, así como las rutas de acceso para su abasto, por lo que mantuvo su aspecto lacustre saturado de chalupas, trajineras y canoas que circulaban incesantemente, como ocurría antes de la llegada de los españoles. Por otra parte, detrás del Palacio Virreinal se encontraba la Alhóndiga, donde se regulaba el comercio de granos.
Desde el barrio conocido como la Merced hasta el puente de Roldán (calle que aún conserva ese nombre y se ubica a unas cuantas cuadras del Zócalo) corría la Acequia Real (actual Corregidora, que va desde la Plaza de la Constitución, del lado de la Suprema Corte, y cruza con Roldán), que pasaba por el mercado del Volador (precisamente donde hoy se encuentra la Corte), uno de los principales centros de abasto de la capital novohispana.
Durante el siglo XVII, se considera que en esta época se pasó de una ciudad de artesanos a una ciudad de comerciantes. El uso del suelo transitó del predominio del taller artesanal en 1750 al de tiendas y cajones mercantiles hacia 1811.
A fines de ese siglo, en la Plaza Mayor vendían, comían y vivían cotidianamente más de 10,000 almas, cantidad que sobrepasaba la de cualquier mercado de la época en el continente. Era un conglomerado de personas y mercancías. Todos los grupos sociales: criollos, indios y las llamadas castas, se mezclaban entre las reses y cerdos recién sacrificados, entre pollos, gallinas y los autóctonos guajolotes, junto con verduras y frutas que se combinaban con hortalizas, granos y flores. Ahí también se vendían alimentos preparados, a pesar de que estaba prohibida la instalación de hogueras, cocinas y fogones. La comida callejera tenía mucha aceptación y creaba un cuadro multicolor y rico, aderezado con olores y sabores de las fritangas, que se mezclaban con la fetidez de los desperdicios y de los mismos canales de agua hedionda, además de otros miasmas propios de las ciudades.
Además, la gran plaza estaba cubierta, casi en su totalidad, por cajones, puestos, tendajones, “sombras” y mesillas con techos de madera o petate […] la renta de los puestos redituaba un importante ingreso para el ayuntamiento de México. Para darse una idea, Antonio Bassoco, uno de los hombres más ricos del reino, daba cuenta del ingreso por los arrendamientos de los cajones de la calle de San José: de septiembre de 1789 hasta marzo de 1794 fue de 21,060 pesos. A su vez, el ayuntamiento buscó la manera de vigilar y controlar a los comerciantes que deambulaban y se escondían para evitar las sanciones y multas. Fue hasta finales del siglo XVIII que comenzó a distinguir un uso distinto del espacio público y considerarlo no apto para el comercio desde una perspectiva jurídico-política, desde el orden y el control.
La vendimia callejera y regatoneria
Desde la época prehispánica, la figura del vendedor ambulante era una presencia cotidiana y aceptada, pero después, a inicios del periodo colonial, surgió un tipo de comerciante: los llamados regatones, término que definía a los intermediarios que compraban mercancía y productos antes de entrar a las garitas de la ciudad para revenderlos. En el siglo XVI eran españoles los que compraban mercancía a bajo precio a los indios para después revenderla a uno más alto; se caracterizaban por no tener un lugar fijo para su comercio. También eran proveedores de productos provenientes de España y sus otras colonias.
Los regatones aguardaban en las afueras de la ciudad –casi siempre cerca de las garitas–, generalmente por la mañana, para comprar a los arrieros cualquier mercancía, con el fin de ofrecerla al consumidor por la tarde, convirtiéndose en un “segundo abastecedor” con muchos beneficios. Debido a eso, plazas, parques y calles se veían inundados por un gran número de regatones que no contaban con licencias ni permisos para deambular y revendían diversos productos a precios más baratos en las calles y periferias de los mercados, sin pagar su correspondiente “derecho de piso” y otros impuestos alcabalatorios.
Desde el siglo XVI la regatonería fue en aumento, y ya no nada más eran españoles. Muy pronto, mestizos, indios, negros y demás castas comenzaron a dedicarse a la reventa ocupando calles, puentes y plazas sin control ni orden, mezclándose con vendedores ambulantes que traían su mercancía y la vendían de manera directa. A la par de la regatonería, los espacios públicos se veían inundados cada vez más por vendedores y campesinos productores de diversas mercancías: “panaderas, fruteras y tocineros; vendedores de pasteles,empanadas y quesadillas; de artículos como telas, ropa; barberos con sus ollas de sanguijuelas y la piedra de amolar”, además de vendedoras de tizanas, atole y tamales; chieras –de aguas frescas– y garnacheras, así como indios que ofrecían “productos de la tierra” y pulque. Había quienes solicitaban permiso para vender en las aceras, pero aun sin él se colocaban en banquetas y esquinas sin orden alguno.
Las ganancias de los regatones tampoco eran bien vistas porque alteraban los precios y deformaban el comercio. La reventa, la especulación, el alza de precios, la escasez ficticia y los abusos hicieron que se emitieran disposiciones que tendían a reglamentar el comercio callejero, más que prohibirlo. La primera ordenanza data de abril de 1553 y condenaba el tráfico de los regatones
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¿Cómo citar este artículo?
Torres Medina, Javier. “El tianguis. Siglos de orden y desorden en el comercio ambulante”, Relatos e Historias en México, núm. 196, Febrero, 2025, pp. 36-59.
*Javier Torres Medina
Doctor en Historia por El Colegio de México. Es profesor del Tecnológico de Monterrey, campus Estado de México, y de la FES Acatlán de la UNAM. Sus investigaciones se han enfocado en la historia económica de México. Entre otras obras, ha publicado Centralismo y reorganización. La hacienda pública y la administración durante la primera república central de México, 1835-1842 (Instituto Mora, 2013).

