Todo esto aconteció en Casas Grandes, Chihuahua en 1911, a cinco meses de la publicación del Plan de San Luis.
Madero iba a la vanguardia, aunque nunca había estado en batalla alguna. A todo mundo sorprendió su garbo y valentía. Máximo Castillo, uno de sus guardaespaldas, contará tiempo después: “Me dije:este hombre o bien no sabe que las balas matan o es extremadamente valeroso”. En pocas horas, sin embargo, la ofensiva fue derrotada. Las tropas federales los atacaron por la retaguardia. En lo más álgido del combate, Máximo le sugirió al líder que se tirase al suelo para evitar ser alcanzado por algún proyectil: “Déjese caer, señor Madero”. A lo que el chaparrito de ancho bigote, frente abultada y fino sombrero respondió: “¿Para qué…? Se revuelca uno mucho”.
Entonces sucedió lo tan temido por todos: un zumbido de balas. Madero aventó su carabina. Sangre. Gritos. Una mancha de púrpura encendida crecía sobre la impoluta camisa de Madero. “Ya lo hirieron, ¡se lo dije!”, le reprochó Máximo, que al instante lo sacó del campo de batalla y buscó auxilio.
En medio del fragor y la tempestad de una batalla que se iba perdiendo, Máximo y sus hombres intentaron conseguir alcohol, petróleo o algún desinfectante para atender la herida del líder de la revolución. Llamaron a las puertas sin recibir respuesta alguna; todos los habitantes del pueblo de Casas Grandes se habían encerrado en sus viviendas a piedra y lodo. Pero de pronto una puerta se abrió: la del japonés Ricardo Nakamura:
“No tenemos alcohol ni petróleo –señaló Nakamura–, pero mi compadre es enfermero; puede revisar al herido”. Los hombres de Madero lo cargaron y lo tendieron sobre el sillón del anfitrión japonés. Sangraba abundantemente del brazo derecho. El compadre lo revisó y pronto se percató de que la herida no era grave. La limpió, buscó hilo y aguja. Suturó. Finalmente, vendó la lesión e improvisó un cabestrillo.
Madero le agradeció y le ofreció un billete de 10 dólares que el enfermero, también japonés y de nombre Kingo Nonaka, rechazó: “Es mi deber servir, señor, trabajo en el Hospital Civil y Militar de Ciudad Juárez”, apuntó. Pero Madero no sólo insistió, sino que fue aún más allá: “Tome el dinero y, además, usted se viene con nosotros. Será nuestro doctor. Así que póngase su saco y su sombrero y vámonos”.
“Pero señor –contestó Nonaka– yo no puedo ir con ustedes porque, como le dije, trabajo en el Hospital de Juárez y si no me presento a trabajar me tomarán como desertor y posiblemente hasta a la cárcel voy a parar”. “No te preocupes por eso –resolvió Madero–, yo respondo por ti. ¡Vámonos, hombre, la Patria necesita gente como usted, doctor!”.
Al día siguiente Kingo se enteraría de quién era el hombre al que había curado: “Francisco I. Madero, ¡vaya sorpresa!”, y aceptó unirse como enfermero a las filas revolucionarias.
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