• 27-nov-2021.

La controversia guadalupana

El obispo Eduardo Sánchez Camacho y la polémica de 1896 sobre las apariciones del Tepeyac

Jesús Hernández Jaimes

Las apariciones de la Virgen de Guadalupe ha sido un tema polémico incluso entre sus feligreses y las propias autoridades eclesiásticas. A fines del siglo XIX, el obispo Eduardo Sánchez Camacho enfrentó al Vaticano por negarlas y por afirmar que las procesiones y todo lo relacionado con la Guadalupana eran un sinsentido que incluso superaba el culto a Dios.

 

Una de las estrategias de la Iglesia católica para enfrentar la modernidad liberal secularizadora consistió en promover el culto a la Virgen María. En ese tenor, en 1854 se instituyó el dogma de la Limpia Concepción, es decir, la creencia de que María habría nacido sin la mancha del pecado original. En México el conflicto entre la Iglesia y el Estado fue un incentivo para promover dicha devoción, así como la coronación de las imágenes marianas, privilegio pontificial reservado para las que cuentan con una larga tradición, extendido afecto y fama de milagrosas. Así, en septiembre de 1886 los arzobispos de México, Guadalajara y Michoacán solicitaron anuencia al papa para coronar la imagen de la Virgen de Guadalupe. La autorización se obtuvo en febrero del año siguiente, sin embargo, ese triunfo del clero católico tuvo consecuencias no previstas ni deseadas.

El proyecto para coronar a la guadalupana entusiasmó a los obispos mexicanos, menos a Eduardo Sánchez Camacho. Cuando se enteró de la solicitud al papa, escribió a los arzobispos para hacer notar la existencia de “graves razones contrarias” a la coronación y sugerir la reunión de un concilio de los obispos del país para tratar el asunto, propuesta que no fue atendida. En abril de 1887, cuando ya se contaba con la aprobación papal, en una carta pública reiteró su postura. Además, en sus conversaciones públicas y privadas manifestó que no creía en el carácter milagroso de la aparición de la imagen; consideraba que la coronación equivaldría a validarlo como tal y que la Iglesia no debía de suscribir tales juicios. El rechazo a la creencia en la aparición no constituía novedad. Era casi tan antiguo como el culto a la guadalupana y no pocos clérigos lo compartían.

Para el siglo XIX era común que intelectuales y publicistas liberales escribieran abiertamente contra la idea de la aparición y la devoción misma. La novedad y escándalo emanaban de la investidura episcopal de Sánchez Camacho. El estruendo de la polémica llegó hasta Roma. La Congregación Universal de la Inquisición, presidida por el papa, reprendió severamente al incrédulo obispo “por su modo de obrar y hablar contra el milagro”. Por consiguiente, en carta del 10 de agosto de 1888, el obispo de Tamaulipas se retractó en estos términos: “revocamos, anulamos y rompemos todos nuestros escritos en que se haya dispuesto, expresado, entendido o podido entenderse algo contra el milagro o apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe”. Parecía que la tormenta había escampado.

La coronación se había dispuesto para el 31 de diciembre de 1887, pero se aplazó, probablemente como resultado de la polémica entre aparicionistas y antiaparicionistas. Finalmente, se realizó con gran pompa el 12 de octubre de 1895, sin embargo, la controversia prosiguió durante los siguientes años. En ese ambiente ocurrió un evento que reavivó las pasiones y sacó al obispo Sánchez Camacho de su obligado mutismo. Durante el primer semestre de 1896 se publicó la Carta acerca del origen de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, del reputado historiador Joaquín García Icazbalceta. El documento había sido escrito en 1883 a petición del arzobispo de México, Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, para elaborar un dictamen y autorización para publicar un libro acerca de las debatidas apariciones. El autor, ferviente católico, accedió a la solicitud con la condición de que su texto no fuera publicado. Pese a ello, entre un reducido grupo de personas circularon algunas copias en latín y fragmentos en español. Para 1896 hacía dos años que García Icazbalceta había fallecido. Quizá ello animó a alguien a filtrar el documento para su impresión y publicación, presumiblemente fue el sacerdote Vicente P. de Andrade, canónigo de la Colegiata de Guadalupe, conocido por su postura antiaparicionista.

Con minucia y rigor García Icazbalceta hizo notar que no existe ninguna evidencia documental que avale la aparición divina de la imagen de la guadalupana. Sin embargo, se declaró ignorante en materia teológica, por tanto, como católico convencido, acataría el fallo que la máxima autoridad de la Iglesia emitiera. También advirtió que, en virtud de que la creencia en la aparición milagrosa no es un dogma de fe, no incurre en pecado o falta quien tenga opinión diferente. Como sea, la carta fue celebrada por los antiaparicionistas y motivó la reacción de los creyentes guadalupanos.

Un participante en la polémica fue el obispo de Yucatán, Crescencio Carrillo y Ancona, quien en agosto de 1896 envió una carta al arzobispo de México, Próspero María Alarcón. Adujo que, pese a su solidez histórica, el texto de García Icazbalceta no era antiaparicionista, debido a que el autor reconocía que no estaba versado en asuntos teológicos. Para reforzar su argumento, hizo pública una carta privada que el historiador le había enviado en 1888 en que reconocía el principio de que Roma loquuta causa finita, es decir, si “Roma ha hablado, el caso está cerrado”. Estaría reconociendo así que el saber teológico estaba por encima del histórico. Una manera nada científica de finiquitar una controversia religiosa. Dicha carta era la respuesta a una consulta de Carrillo acerca del sentido en que convenía interpretar la censura de la Inquisición contra Sánchez Camacho. Algunas personas opinaban que la reprensión había obedecido a la crítica del obispo a la devoción guadalupana y no a su postura antiaparicionista. Carrillo creía que la amonestación constituía, también, una validación del carácter milagroso de la aparición. Para este hombre de fe Roma había hablado y le era suficiente. La conclusión de este silogismo era que la retractación de Sánchez Camacho había sido también una renuncia a su convicción antiaparicionista, inferencia que éste no estaba dispuesto a admitir. Siguió un altercado público entre estos obispos. Recordemos que para esa fecha, Sánchez Camacho había enviado su renuncia a Roma y estaba en espera de la respuesta, es decir, que aún gozaba de su investidura, aunque ya había tomado la drástica decisión de romper con Roma. Probablemente ya no se sentía obligado a suscribir las opiniones de los demás obispos mexicanos ni del papa. Nada le impedía cruzar su Rubicón.

Dos días después de la publicación del texto de Carrillo, el obispo de Tamaulipas escribió su incendiaria carta. Afirmó que los ataques personales en su contra, la coronación de la imagen guadalupana y su renuncia al episcopado lo habían animado a “continuar con la tarea de quitar engaños que perjudican a la verdad y a la sociedad”. Su retractación de 1888 había obedecido al deseo de no incurrir en rebeldía ni cisma, “mientras se veían mejor las cosas, y quedando libre para pensar y opinar como me pareciera en ese mismo punto de la aparición”. No había sido una renuncia a sus convicciones. Desde su punto de vista, la creencia en la aparición de la imagen carecía de fundamento histórico y atentaba contra la razón. Solo podía ser sustentada por personas ignorantes; por consiguiente, era poco probable que las ilustradas lo hicieran. Si éstas no manifestaban su escepticismo, sería, insinuó Sánchez Camacho, por temor a la Iglesia o por vivir de ella. En suma, escribió: “Juzgo que hay un corto número que cree sinceramente en la aparición del Tepeyac, y debe respetarse su candor y sencillez; pero no detenerse por ese respeto en enseñar a esos mismos la verdad”.

 

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Jesús Hernández Jaimes. Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor de tiempo completo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de La formación de la hacienda pública mexicana y las tensiones centro-periferia, 1821-1836 (2013) y Raíces de la insurgencia en el sur de la Nueva España (2002), entre otras obras. Con Catherine Andrews escribió Del Nuevo Santander a Tamaulipas. Génesis y construcción de un estado periférico mexicano, 1770-1825 (2012).

 

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Un obispo antiguadalupano