La ciencia vanguardia de la calle recinto Balderas

Historia del Instituto Médico Nacional

Ricardo Cruz García

Es difícil imaginar que este edificio casi en ruinas, abandonado, chueco, pintarrajeado, con cuarteaduras y sus ornamentos desgastados, pase todos los días desapercibido para la mayoría de los transeúntes. Es difícil pensar que algún día albergó a un organismo científico de primer nivel y de gran utilidad para la sociedad mexicana de su tiempo: el Instituto Médico Nacional (IMN). Al pasar por la esquina de las calles Ayuntamiento y Balderas, a un costado de la estación Juárez del metrobús, en el centro de la ciudad de México, se alza esta imponente construcción que está prácticamente en el abandono. Muy atrás quedó aquel año de 1888, cuando la Cámara de Diputados aprobó el proyecto de creación del IMN, gracias a los esfuerzos del naturalista Alfonso Herrera y el secretario de Fomento del gobierno porfirista, Carlos Pacheco.

Este instituto, cuyo primer director fue el doctor Fernando Altamirano, resultó pionero en el país en los estudios biomédicos y en la recopilación, catalogación y análisis de la flora nacional con fines terapéuticos e industriales, en una época en que el estudio de las plantas medicinales constituyó una de las más vanguardistas líneas de investigación de la farmacología mexicana. El IMN empezó a operar oficialmente el 1 julio de 1890, aunque primero se instaló en una vivienda de la plaza de la Candelarita, nombrada años más tarde  jardín Carlos Pacheco –en honor a este funcionario, quien murió en 1891– y que hoy se ubica frente al edificio de la Academia Mexicana de la Historia, en la calle Ernesto Pugibet, entre Balderas y Revillagigedo.

Aunque aquellas primeras instalaciones no eran las más adecuadas para albergar laboratorios, gavetas, escritorios y oficinas, los miembros del IMN sacaron adelante las primeras investigaciones, sin que la escasez de instrumentos y materiales representara un inconveniente. Además publicaban la revista oficial del instituto: El Estudio (1889-1894), que después fue  sustituida por los Anales del Instituto Médico Nacional, editados hasta 1914 y distribuidos incluso en Estados Unidos y algunos países europeos. En dichas publicaciones se difundía todo lo relacionado con el IMN, especialmente los avances y resultados de sus investigaciones.

La falta de espacio en el edificio inicial había obligado a arrendar un predio anexo para gabinetes y salas necesarias para el funcionamiento del instituto, por lo que se hizo urgente un nuevo recinto. Así, a pocos pasos de la Candelarita, en la esquina de Balderas y Ayuntamiento, se halló un amplio terreno que fue comprado en más de 36 000 pesos al Banco Nacional de México. En octubre de 1897 se había presentado el proyecto de construcción del nuevo edificio, que quedó a cargo del arquitecto Carlos Herrera (hijo del naturalista Alfonso Herrera), y en marzo del año siguiente quedó aprobado y se iniciaron las obras.

Así, en el terreno de más de dos mil metros cuadrados se alzó la nueva sede del IMN, que sería inaugurada en marzo de 1902, según el historiador y médico Francisco Fernández 
del Castillo. El edificio fue construido en forma de escuadra con lados desiguales, en cuyo punto de unión luce  una bella portada, actualmente muy deteriorada. Ahí se instalaron las oficinas administrativas y los pabellones de las distintas secciones del centro de investigación, así como los laboratorios, herbario, sala de operación y separo para animales, biblioteca, talleres 
y otros salones que resguardaban equipo e instrumentos científicos. La importancia de la obra radicó en que se construyó ex profeso para cumplir con las necesidades específicas del IMN y los estudios que este llevaba a cabo. Entre finales de 1903 y principios del año siguiente se terminó de mudar el personal, los laboratorios y 
oficinas.

En el IMN se trataba de crear una ciencia netamente nacional, aplicable a los problemas nacionales. Así lo señalaba el doctor Fernando Altamirano: “Una medicina verdaderamente nacional, sería aquella que pudiera gloriarse de poseer verdades en este país descubiertas, y quizá en algunos casos solamente a este país aplicables. Una patología mexicana, una cirugía, una terapéutica, una obstetricia, una higiene mexicanas, tales serán los títulos que nos darán derecho a ser considerados en el mundo científico allende nuestros mares y nuestras fronteras”. Con las nuevas instalaciones, el IMN siguió creando conocimiento y aportando nuevos estudios para el desarrollo de las ciencias naturales aplicadas, ademásde iniciar a trazar un método para dar carácter científico a la terapéutica de tradición indígena. Con ello se daba prioridad a la flora mexicana que pudiera emplearse para curar padecimientos o producir algún efecto, la cual resultaba más accesible que los productos provenientes del extranjero; también se impulsó el estudio de las propiedades de alguna planta o animal con fines terapéuticos, con base en lo que el “vulgo” les atribuía.

De esta forma, se analizaron plantas balsámicas, textiles o para teñir, productoras de goma, resinas o esencias. Entre sus trabajos también se encuentra un estudio comparativo de maíces de México y Estados Unidos, los análisis sobre cera vegetal, zoapatle (zoapatli o cihuapatli, “medicina o remedio para la mujer”), yoyote o codo de fraile, araña chintatlahua o capulina, chicalote, chicozapote, hierba del burro, guaco, matarique, anona morada, sábila, peyote, coca, guayule y candelilla, por mencionar solo algunos. Aunque el doctor José Terrés, destacado clínico, señalaba también la falta de resonancia de los descubrimientos del IMN: “Si los agricultores no cultivan la planta, si los farmacéuticos no poseen la droga y los médicos ni siquiera se toman la molestia de leer lo que publicamos [y] los farmacéuticos y médicos nada más sepan leer en libros extranjeros, nuestra terapéutica únicamente será la sombra de la de otros países”.

La labor del IMN también era visible en libros. Los investigadores escribían importantes obras científicas y de consulta, como los cinco tomos de Datos para la materia médica mexicana, que se publicaron de 1894 a 1908 y constituyen la principal fuente sobre plantas medicinales de la época. Otro ejemplo: en 1902, después de años de trabajo, el doctor José Ramírez 
publicó Sinonimia vulgar y científica de las plantas mexicanas (disponible en http://goo.gl/XJIdMe), con la colaboración de Gabriel V. Alcocer, encargado del herbario del IMN. En el campo de la farmacología, los escritos de este instituto fueron los más completos y rigurosos de su tiempo.


Por otra parte, para 1903 el “museo” de drogas y plantas medicinales con que contaba el IMN reunía alrededor de dos mil especímenes clasificados. Tenía también una biblioteca especializada donde destacaban las obras de botánica, un herbario catalogado de más de diez mil ejemplares y una colección iconográfica de plantas mexicanas. Además, el instituto organizaba “excursiones científicas” a distintos estados del país, como la del doctor Altamirano a Guerrero, y tenía bajo su resguardo documentos sobre la historia de la flora mexicana


Por lo anterior Altamirano llegó a afirmar: “El Instituto trata de hacer la ciencia, de encontrar la verdad oculta en la naturaleza o disfrazada por el vulgo, y con un fin industrial o de biología […] sobre la fauna y flora nacionales”. Asimismo, el IMN tenía vínculos con algunos hospitales de la capital con el fin de trabajar en conjunto en la búsqueda de cura a enfermedades a partir de los estudios del instituto. Es por ello que se le considera iniciador en México de la investigación farmacológica; incluso uno de sus principales proyectos desde 1910 fue publicar […] Sigue leyendo el artículo completo en la revista núm 85

 

¿Cómo citar este artículo?
​Ricardo Cruz García, “La ciencia vanguardia de la calle recinto Balderas”, Relatos e Historias en México, núm. 85, Septiembre, 2015, pp. 20-25.


*Ricardo Cruz García
Escritor, editor e historiador de la prensa mexicana. Es profesor de la 
FES Acatlán de la UNAM y se ha dedicado a la divulgación de la historia. 
Colaborador en diversas publicaciones impresas y electrónicas, es autor 
de Nueva Era y la prensa en el maderismo (UNAM-IIH, 2013).