Las piezas de grueso calibre ubicadas en el castillo estaban agotadas, una de ellas de plano reventada. A pesar de ello, la mañana del 13 de septiembre abrieron fuego a bocajarro; el general Nicolás Bravo observó el movimiento de las tropas enemigas y solicitó al general Antonio López de Santa Anna la reacción correspondiente, quien fue ineficiente y negó parque y refuerzos. El enemigo se decidió por la acción temeraria. Formó fuertes columnas a las órdenes de los generales Pillow, Quitman y Worth, quienes ocuparon el bosque con sus rifleros. Una nube de pólvora se abrió paso entre arbustos, troncos y magueyes talados, apoyados por artillería pesada.
Tras avanzar sin freno, el ejército de Winfield Scott había puesto la mira en el corazón simbólico de la nación: el cerro de Chapultepec. No todos en su ejército estaban convencidos. Pero la idea de tomar la “fortaleza inexpugnable” pesó más que cualquier duda.
Y del otro lado, México ya estaba herido y las tropas desperdigadas en diversas entradas de la Ciudad de México, porque su defensa se había planteado como una serie de barreras escalonadas para presentar resistencia.
Las derrotas previas habían dejado debilitadas las defensas. La artillería del castillo estaba agotada —una pieza incluso había reventado— y, aun así, se ordenó resistir. El general Nicolás Bravo pidió refuerzos. Antonio López de Santa Anna no los envió.
El combate era inminente.
El punto de no retorno: resistir hasta morir
Esa casi fue la orden y el sentido de lealtad a la patria, que demostraron al rededor de 400 guardacostas, al mando estaba Santiago Xicoténcatl.
Tlaxcalteca. Militar experimentado. Herido en combates previos. Y esa mañana, consciente —probablemente— de que no habría retirada.
Sus hombres no defendían desde una posición protegida. Estaban expuestos, eran el primer muro.
Cuando comenzó el avance enemigo, el choque fue inmediato. Lo que siguió no fue una batalla larga. Fue una aniquilación. En cuestión de minutos, el batallón quedó diezmado. Las crónicas hablan de una escena límite: Xicoténcatl intentando recuperar la bandera tras la caída del abanderado, avanzando entre disparos, hasta ser alcanzado.
No era una estrategia heroica. Era resistencia hasta el final.
Más allá del mito
A diferencia de otras narrativas de la batalla —como la de los llamados Niños Héroes—, la destrucción del Batallón de San Blas no pertenece al terreno del mito, sino al de los registros militares. Su papel fue claro: contener lo incontenible. Mientras tanto, la caída del castillo marcó el desenlace.
SOLO EN NUESTRA EDICIÓN IMPRESA:
El expediente Xicoténcatl: Los detalles de su hoja de servicios y las heridas que ya cargaba desde La Angostura.
Crónica de una debacle: Cómo la caída de Chapultepec selló el destino de la Ciudad de México en cuestión de horas.
Análisis táctico: ¿Por qué se decidió desplegar al batallón en terreno abierto y no tras las murallas?
El Altar a la Patria: Los secretos detrás del culto moderno a estos héroes olvidados.
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