• 29-mar-2020.

Hernán Cortés en México-Tenochtitlan

“Grandeza, extrañas y maravillosas cosas… en la ciudad más hermosa del mundo”
Guadalupe Jiménez Codinach

 

“Porque lo que acá con nuestros ojos las vemos no las podemos con el entendimiento comprehender.” Hernán Cortés, segunda carta de relación.

 

Mañana clara y límpida del 8 de noviembre de 1519. Se arremolinan y caracolean los caballos. Se impacientan los jinetes. Un puñado de europeos, con alguno de la costa de África o del Caribe, no más de seiscientos, se preparan para iniciar su marcha hacia la gran ciudad de México-Tenochtitlan-Tlatelolco. Día histórico en los anales de la humanidad. Por vez primera, ojos de otros continentes contemplarán la capital de una civilización y pueblo desconocidos y, a su vez, los habitantes de una ciudad mexica verán por primera vez a los del antiguo mundo. Brillan, al filo del agua, las espadas y las armaduras, los cascabeles y arreos de los caballos. Pero también brillan los ojos de dos pueblos milenarios, predestinados a convertirse, con el tiempo, en uno solo: el pueblo mexicano.

Expectante admiración mutua. Los visitantes no dan crédito al espectáculo que presencian. Años más tarde, Bernal Díaz del Castillo (1492-1584), protagonista de la conquista, escribirá en edad anciana: “y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua […] y aquella calzada quedamos admirados y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadiz” (sic, por Amadís de Gaula). Por su parte, los habitantes del valle de México contemplaban azorados y en silencio a los recién llegados, quienes a su vez observaban a una multitud de hombres, mujeres y niños en las azoteas y en canoas presenciando su llegada por la calzada de Ixtapalapa.

A la cabeza de la columna que se adentraba por dicha calzada, iba un jinete enhiesto y marcial, tranquilo en el exterior, aunque en su fuero interno, el mismo se admiraba de su “venturosa y atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitlán de México”. La ciudad le impresiona tanto a Hernán Cortés (1485-1547) que, cuando intenta describirla al emperador Carlos V, su prosa se traba, las palabras no le bastan y le explica al monarca: “sería menester mucho tiempo y ser muchos relatores y muy expertos, no podré yo decir de cien partes una de las que dellas se podrían decir”. Ciertamente se requiere de mucho tiempo y de muchos historiadores expertos para asimilar y comprender este momento fundacional de nuestra historia patria.

Por ahora, solo intentaremos en este ensayo comprender, no juzgar, ya que ese no es el papel de la Historia, ni el del historiador servir de juez. Empezaremos primero por contemplar la península ibérica en el siglo XVI y posteriormente a Hernán Cortés y sus compañeros de expedición.

 

La Península Ibérica

Como casi todos los fenómenos humanos, Hernán Cortés y sus hombres son producto de la historia. Nacen, crecen y mueren en un contexto que los envuelve y en gran parte los determina: fueron individuos que exploraron nuevas tierras y conquistaron civilizaciones y pueblos desconocidos para el antiguo mundo. En sus alforjas llevaban la experiencia de más de siete siglos de guerra contra los moros. Se creían caballeros cristianos luchando contra “el infiel”, como lo hicieron en su propia tierra; estaban acostumbrados a otras lenguas, a otras religiones, a otros usos y tradiciones de toda índole. Esta epopeya había terminado en parte en 1492 al caer Granada, el último bastión islámico, en manos cristianas. Y, como si ese ímpetu de reconquista no hubiera terminado, el mismo año de 1492 se abre a sus impulsos bélicos todo un mundus novis: un nuevo mundo, infinito, desconocido, ilimitado e inimaginable en todo su potencial.

España, como nación, aún no se constituía completamente. Su desempleada caballería y su fervor religioso requería volcarse en un espacio más amplio que los reinos italianos o las costas septentrionales de África. Los hombres que habían vencido al islam se volvieron soldados de fortuna y marinos aventureros del mundo.

La antigua Hispania romana fue un recipiente idóneo para la mezcla de idiomas, culturas, religiones y etnias. Oleadas fenicias, griegas, cartaginesas, celtas, romanas, invasiones de vándalos, alanos, suevos, visigodos, misioneros y habitantes cristianos, judíos sefarditas e invasiones de moros y bereberes desde 711 fueron conformando un pueblo ecléctico, mestizado física y espiritualmente, acostumbrado a la pluralidad, pero también al enfrentamiento y al dominio.

No es de extrañar que los hombres de Cortés se convirtieran en conquistadores que, al igual que los árabes que llevaban en la punta de su espada la palabra del profeta, también eran portadores de las antiguas civilizaciones del Mediterráneo oriental, de los adelantos en irrigación, agricultura, el arte ecuestre de la jineta, la educación, la música, el arte, la ciencia, la filosofía a través de los textos griegos y romanos, etcétera. Cortés y su grupo, con todas sus limitaciones y defectos, llevaban asimismo en sus alforjas y en sus mentes el Evangelio cristiano y la cultura de Occidente.

Engendrados en la lucha de siete siglos para defenderse del “infiel” mahometano, desarrollaron una fe robusta, terca e intransigente, a veces fanática, pues se mezclaba con la lucha por la supervivencia. A su santo y patrono principal, el apóstol Santiago el Mayor, lo convirtieron en guerrero y le apodaron “Matamoros”, significativo apodo que parece haber aparecido escrito, por primera vez, en la segunda parte del Quijote de Miguel de Cervantes (1615).

El forcejeo y sufrimiento de siglos, así como su origen multirracial y cultural, hacían de los hispanos un pueblo desunido. Para el siglo XV, tres grandes reinos aglutinaban a habitantes sumamente disímbolos: Portugal, Castilla-León y Aragón. Sería en 1469 cuando el matrimonio de Fernando de Aragón y de Isabel de Castilla iniciara la lenta construcción de la España moderna.

Esta era la tierra de donde procederían los conquistadores de la América española; un mundo complejo y escindido, de intolerancia religiosa, pero a la vez acostumbrado a la presencia de otras religiones y etnias, en pie de guerra constante, de cambios continuos, de destrucción y de construcción de valores culturales.

 

Hernán Cortés: el César Indiano

A principios del siglo XVII, Baltasar Gracián (1601-1658), jesuita español, describe las veinte cualidades o “primores” que debían adornar al prototipo del caballero español. Esta enumeración, de lo que para nuestros antepasados serían las características más valiosas del hombre ideal, nos revelan el sistema de valores del mundo hispánico de los siglos XVI y XVII. De ellas, mencionaré: 1. Discreción; 2. Control de los afectos; 3. Ingenio; 4. Agudeza; 5. Corazón valeroso; 6. Perfeccionismo; 7. Ambición de lo mejor y eminente; 8. Excelencia en ser el primero; 9. Dedicarse a una obra posible; 10. Conocer cuál es la prenda relevante en sí y en otros para emplearlas felizmente; 11. Señorío que se hace obedecer; 12. Simpatía; 13. Renovación; 14. Búsqueda constante de grandeza; 15. Humildad; 16. Falta de afectación; 17. Virtud cristiana.

Con este parámetro de la época de los conquistadores y exploradores –no de nuestros tiempos de políticos en campaña, de ejecutivos y tecnócratas, de comunicadores y de informativos digitales–, recorramos la vida de Cortés para encontrar, como en todo ser humano, luces y sombras, cualidades y defectos; ajeno al héroe acartonado de la época franquista y al “carnicero más grande que ha contemplado la historia”, según se dijo en un programa de televisión de Estados Unidos, reflejo heredado de la leyenda negra antihispana.

Hernán, Hernando o Fernando, como aparece en diversos testimonios de la época, posee algunos “primores” o cualidades, entre ellos: ingenio, agudeza, corazón valeroso, ambición de lo mejor, excelencia en ser el primero, señorío que se hace obedecer, simpatía, búsqueda constante de grandeza y algunas virtudes cristianas. No parece abundar en discreción, en control de sus afectos, en humildad o en virtud.

Para tratar de comprender su persona, su obra y su figura tan polémica, exaltada por quienes lo describieron como “César indiano”, comparado con Julio César, con Alejandro el Magno y con Aníbal el cartaginés en los siglos XVI y XVII, y cuestionada y repudiada por otros, especialmente después de la consumación de la independencia mexicana al punto de querer prender fuego a sus restos, tratemos de entender su época y las circunstancias que él enfrentaba para ponernos en el lugar de un jefe de quien dependía la vida de sus hombres en un contexto de guerra, enfrentamiento, peligro e incertidumbre.

Ramón Iglesia (1905-1948), historiador gallego trasterrado a México a raíz de la Guerra Civil española, cuenta cómo cambió su perspectiva sobre lo que significa ser jefe o dirigente en el frente de lucha. Iglesia explica cómo su participación en ese conflicto transformó su visión de intelectual ante la cruel experiencia bélica:

 

“La guerra estalló y me aprisionó y de este modo adquirí una experiencia viva y directa de los problemas militares, una experiencia que todos los libros de historia del mundo, no me habrían dado. Vi de primera mano, lo que es la guerra, una piedra de toque para todos los valores humanos, a causa de que en la guerra estamos siempre bajo la aprensión de la muerte, la cual en tiempos normales está fuera de visión. Vi la parte jugada por los comandantes, que sabían mandar y la parte representada por los soldados que sabían obedecer y morir. Y vi también, la profunda necesidad de establecer la jerarquía y la disciplina de un ejército, algo que habíamos olvidado, o acaso habíamos desdeñado en nuestra civilización liberal e individualizada sociedad. Y esto fue lo que me hizo renovar mi concepción total de cierto número de problemas históricos.”

 

Por mi parte, diré que mi generación de historiadores mexicanos no ha sufrido la guerra, la revolución, la violencia, el pavor y la incertidumbre cotidianos que se sufre en un ambiente de enfrentamiento armado entre grupos, facciones, pueblos e individuos, ni hemos enfrentado la posibilidad verdaderamente real de morir en cualquier momento de un conflicto bélico o la muerte de nuestros seres queridos, amigos y vecinos.

Para tratar de explicar lo acontecido en 1519, intentaré seguir la trayectoria de Cortés y su grupo. A su llegada a estas tierras ignotas y hermosas, no lo impulsa el ansia de destrucción, sino un creciente deseo de poseer a título de la Corona española todo lo que ve. Significativo es el nombre con que bautiza el territorio que va a recorrer: Nueva España del Mar Océano. Es decir, el nombre de su patria. Van él y sus compañeros de asombro en asombro, descubriendo maravillas. La admiración que esta tierra y sus culturas despierta en ellos, determinará su política y asegurará su determinación de poblarla e incorporarla a los dominios del emperador Carlos V.

En este caminar hacia México-Tenochtitlan-Tlatelolco, Cortés y los suyos pecan de exceso de impaciencia: Zempoala, Tlaxcala y Cholula son transformados de pueblos hostiles a útiles aliados, pero la mira está puesta en la ciudad de Moctezuma II. El derrotero seguido no fue fácil ni exento de violencia: los europeos atacan antes de ser atacados. Ante la posibilidad de caer en una emboscada de los guerreros de Cholula, por ejemplo, mueren unos seis mil indígenas. Ayudan en esta matanza los aliados tlaxcaltecas que caen con furia sobre los habitantes cholultecas, y no perdonan ni a mujeres ni a niños.

Al llegar a México, Cortés y sus compañeros todavía no son conquistadores; más bien han sido conquistados por esta tierra maravillosa. En su Segunda carta de relación a Carlos V, don Hernando no cabe en sí de admiración y confía en lograr pacíficamente la sujeción de estos pueblos al emperador. La etapa de violento enfrentamiento no se dará de inmediato en la gran ciudad mexica. El propio Cortés relata cómo, desde el 8 de noviembre de 1519 hasta mayo de 1520, estuvo conociendo a las provincias y tierras pobladas, “estando en toda quietud y sosiego en esta ciudad, enviando españoles por muchas y diversas partes, pacificando y poblando esta tierra”, según él con “tanta voluntad y contentamiento de dicho Muteczuma”.

En medio de los abusos de toda conquista armada, es menester subrayar que Cortés es sincero en un objetivo central de su acción en estas tierras: la difusión de la fe cristiana entre los pueblos que va conociendo, en una especie de cruzada que le impulsa a la conversión de los habitantes de tan valiosas civilizaciones.

Así lo manifiesta una y otra vez en sus escritos y lo deja mandado en sus ordenanzas de 1524 y 1525:

 

“Exhorto y ruego a todos los Españoles que en mi Compañía fueren a esta guerra que al presente vamos […] que su principal motivo o intención sea apartar y desarraigar y reducidlos, o al menos desear su salvación y que sean reducidos al conocimiento de Dios y de sus santa fe católica: porque si con otra intención se hiciese dicha guerra, sería injusta, y todos lo que en ella, oviese obnoxio y obligado a restitución […] Y desde ahora protesto en nombre de S. M. que mi principal intención e motivo de facer esta guerra e las otras que ficiera es por traer y reducir a dichos naturales al conocimiento de nuestra santa fe.”

 

Para el siglo XXI, esta mezcla de fe e imposición por la fuerza de elementos de la cultura propia sobre otros es inaceptable, pero para un hombre o mujer del siglo XVI, acostumbrados a la lucha entre religiones como el islam y el cristianismo, les parecería no solo un deber de su fe sino también un acto agradable a Dios.

Al abandonar por un tiempo Cortés México-Tenochtitlan para volver a la costa veracruzana, tiene lugar un primer choque violento entre su gente y los mexicas. Después de ver cómo sus planes de acercamiento pacífico a los mexicas resultaban inservibles, Cortés comienza a hablar de exterminio; no puede concebir la legitimidad de la conducta mexica y la tacha de traición. Seguirían horas de melancolía y desaliento, de furor y violencia. Hernán Cortés piensa que la única manera de someter a los mexicas será el terror y la fuerza, pues si no “ficiese grande y cruel castigo en ellos, nunca se enmendarían jamás”.

Con esta convicción preparará el golpe de muerte de la ciudad que admiraba. Ha dado con enemigos de gran valor, pero lo ciega el deseo de destruir el poder mexica. Escribe Ramón Iglesia que todos querríamos que no hubiera existido un Cortés que tolerará la antropofagia de sus aliados y que parece no conmoverse ante la suerte de la población, víctima inocente de conquistadores y de sus aliados indígenas, sedientos de venganza. Al terminar el sitio y al lograr la victoria sobre los mexicas, Cortés se dolerá de la destrucción y sufrimientos de la magnífica ciudad. “Aquel día –escribe– se mataron y prendieron más de cuarenta mil ánimas y era tanta la grita y lloro de los niños que no había a quien no se le quebrantase el corazón”.

Cortés reconoce la dignidad y el valor de sus enemigos, hombres valientes, y se duele de lo que tuvo que hacer: “Yo viendo como estos de la ciudad estaban tan rebeldes, y con la mayor muestra y determinación de morir que generación tuvo, no sabía que medio tener con ellos para quitarnos a nosotros de tantos peligros y a ellos y a su ciudad no los acabar, destruir, porque era las más hermosa del mundo”. Admirado, relata la digna y valiente conducta de Cuauhtémoc:

 

“Díjome en su lengua, que él ya había hecho todo lo que de su parte era obligado para defenderse a sí y a los suyos hasta venir en aquel estado; que ahora ficiese de él lo que yo quisiese. Y puso la mano en un puñal que tenía, diciéndome que le diese puñaladas y le matase. E yo le animé y le dije que no tuviese temor ninguno; y así preso este señor, luego en este punto cesó la guerra.”

 

Quienes tratamos de comprender el pasado y las decisiones de nuestros antepasados, intentemos no caer en el error del “presentismo”, esto es, en la tendencia a distorsionar la realidad y la ciencia histórica, al inyectar a épocas pasadas, a sus personajes, pueblos e instituciones, ideas, preocupaciones, tendencias y modelos teóricos actuales. Acusar a Cristóbal Colón de “criminal ecológico” es un aberrante anacronismo. Exigir a Cortés y su grupo conciencia de los derechos humanos, tolerancia de otros cultos y costumbres, tener discernimiento y respeto por la naturaleza, rechazar la violencia como instrumento de dominio, sentir aversión a la crueldad como método de sometimiento, rechazo a la codicia y al afán de protagonismo, son valores importantes, pero han sido necesario que transcurrieran siglos de historia para que la humanidad llegara a ser consciente de ellos. Y aún hoy en día, esos valores reconocidos como universales –por ejemplo, los derechos humanos– sirven de pretexto para conquistar y ocupar a otros pueblos.

Ante las conquistas del siglo XVI, cabe reflexionar que si bien los actores, europeos, cempoaltecas, cholultecas, tlaxcaltecas, chalcas, xochimilcas, texcocanos, mexicas o de otros pueblos, compartían valores humanos como la valentía, la generosidad, la piedad, el cuidado del enfermo o del herido y el respeto por la vida, también mostraron crueldad, venganza, ferocidad, falta de respeto por el otro, así como de consideración por el sufrimiento de mujeres, niños y ancianos, como se vio en los difíciles días del sitio de México-Tenochtitlan en 1521. La realidad es que todos compartimos la propensión a hacer el bien, pero también el mal.

Hernán Cortés nos hace recordar las palabras de fray Toribio de Benavente, Motolinía, que señalaba su amor por los indígenas y el amor de los indígenas por Cortés, y preguntaba: “¿Quién así amó y defendió a los indios en este mundo nuevo como Cortés?”. Esta afirmación la respalda el juicio de residencia al que fue sometido el conquistador. Entre los cargos de que se le acusa, el doctor Cristóbal de Ojeda menciona: “Asímismo sabe e vido este testigo quel dicho Don Fernando Cortés confiaba mucho en los indios desta tierra porque veía que los dichos indios querían bien al dicho Don Fernando Cortés e facían lo que él les mandaba de muy buena voluntad”. Temían las autoridades que, teniendo el cariño de los indios, Cortés pudiera querer alzarse con esta tierra.

Algún día, tal vez no muy lejano, nuestra madurez como pueblo ayudará a comprender lo positivo y lo negativo de este importante personaje, tan execrado y vilipendiado por una historiografía desconocedora de la realidad de su vida y su obra. Como diría Motolinía: “Y creo que es hijo de salvación, y que tiene mayor corona que otros que lo menosprecian”.