• 30-jul-2021.

El caso de las Santas Masas y los mártires de Zaragoza

Antonio Rubial García

La vida de los santos se narraba en libros con los que las instituciones católicas hispánicas diseminaban también su culto, tanto en España como en sus colonias. El Flos Sanctorum, publicado por primera vez en 1521, fue uno de los más importantes.

 

En el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México se conserva un ejemplar publicado en 1580 del Flos Sanctorum (una colección de vidas de santos), escrito por fray Pedro de Vega. En él se incluyó una insólita narración sobre unas reliquias veneradas en la basílica de Santa Engracia, sede de un antiguo monasterio en la ciudad española de Zaragoza.

El hagiógrafo señalaba en su texto que el emperador romano Diocleciano, famoso por su odio a los seguidores de Cristo, envió a Daciano a perseguirlos en Hispania y exterminó a las afueras de la muralla prácticamente a toda la población cristiana de Zaragoza. Daciano mandó quemar todos los cuerpos, pero entre ellos mezcló los de algunos ladrones y criminales para que los cristianos sobrevivientes no tuvieran posibilidad de venerar sus reliquias. Dios obró entonces un nuevo milagro, pues, al entrar en contacto, las cenizas de los mártires se volvieron una masa blanca y suave “como la nieve”, mientras que las de los maleantes quedaron negras y duras. De ahí, concluye fray Pedro, el nombre de las reliquias conocidas como “Santas Masas”.

Sin embargo, la leyenda que recogía la obra de Vega no se remontaba a los tiempos romanos, sino que había comenzado a circular a partir de unas excavaciones que se realizaron en la tumba de Santa Engracia en 1389.

Borrar el pasado musulmán

Zaragoza había sido una ciudad musulmana desde el arribo de los árabes a la península ibérica en el siglo VIII. A raíz de su reconquista por los cristianos entre 1118 y 1120, se comenzaron a rescatar lugares y tradiciones de la época anterior a la invasión islámica para forjar entre sus habitantes una identidad que los vinculara con los tiempos primitivos cristianos.

Una de esas tradiciones señalaba que los cuerpos de Santa Engracia y de los dieciocho caballeros de su séquito estaban enterrados en las antiguas catacumbas de la ciudad, sobre las cuales se había construido en el siglo VII un templo y monasterio dedicado a la joven mártir. Esos edificios ya no existían, pero los clérigos del siglo XII “reconocieron” el lugar, construyeron sobre él un nuevo templo y recuperaron la historia de la santa escrita por el hispano romano Aurelio Prudencio. En un himno dedicado a ella, este autor contaba que esta joven princesa de origen lusitano había sido capturada y martirizada en Zaragoza, junto con su séquito, cuando se dirigía a casarse con un general romano en servicio en Galia.

En las excavaciones de 1389 no solo se “encontraron” los diecinueve cuerpos en una capilla, sino que en el recorrido por los túneles, pasadizos y galerías que formaban las catacumbas se descubrieron unas piedras esponjosas cuya presencia comenzó a despertar expectación.

A lo largo del siglo XV, los reyes de Aragón fomentaron la expansión del santuario y, junto con la tumba de Santa Engracia, comenzaron a difundir el culto a San Lamberto. Este era un campesino que supuestamente había sido decapitado al mismo tiempo que dicha santa; recogió su cabeza y, guiado por su yunta de bueyes, llegó hasta donde estaban los cadáveres de la santa y sus caballeros; entre ellos se acomodó y murió. Ya entrados en gastos, se incluyó en el mismo paquete a las “Santas Masas” recién “descubiertas”, a las que también se les rindió culto y con él se difundió la leyenda sobre su prodigioso origen.

Con Santa Engracia, San Lamberto y las Santas Masas, las autoridades eclesiásticas pretendían borrar el pasado musulmán de la ciudad. Para ello se concedieron dos fechas de celebración: el 16 de abril, dedicado a Santa Engracia, y el 19 de junio para las Santas Masas.

Orgullo de Aragón

Zaragoza era la capital del reino de Aragón, por lo que el rey Fernando el Católico le dio un gran impulso a dicho santuario, fundando un monasterio de la orden de San Jerónimo para su cuidado. En 1521, el nieto de Fernando, el emperador Carlos V, restauró la basílica y fomentó la impresión de las historias de Santa Engracia, San Lamberto y “los innumerables mártires de Zaragoza” conocidos como “las Santas Masas”. Con ello afianzaba su dominio sobre el reino de Aragón, pues esas reliquias eran ya un símbolo de Zaragoza y un orgullo de los aragoneses.

Los padres jerónimos que cuidaban del santuario promovieron sus leyendas entre los peregrinos y, gracias al apoyo del emperador, fray Pedro de Vega, aragonés y jerónimo, las incluyó en su libro publicado por primera vez ese mismo año de 1521, el cual tuvo numerosas ediciones. Como se dijo, en México se conserva un ejemplar de la novena que data de 1580.

 

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Antonio Rubial García. Doctor en Historia de México por la UNAM y en Filosofía y Letras por la Universidad de Sevilla (España). Se ha especializado en historia social y cultural de la Nueva España (siglos XVI y XVII), así como en cultura en la Edad Media. Entre sus publicaciones destacan: La Justicia de Dios. La violencia física y simbólica de los santos en la historia del cristianismo (Ediciones de Educación y Cultura/Trama Editorial, 2011); El paraíso de los elegidos. Una lectura de la historia cultural de Nueva España (1521-1804) (FCE/UNAM, 2010); Monjas, cortesanos y plebeyos. La vida cotidiana en la época de sor Juana (Taurus, 2005); La santidad controvertida (FCE/UNAM, 1999); y La plaza, el palacio y el convento. La Ciudad de México en el siglo XVII (Conaculta, 1998).

 

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