Palacio Nacional, Ciudad de México. 23 de diciembre de 1925. El rostro adusto del presidente Plutarco Elías Calles esboza una ligera sonrisa cuando su interlocutor, el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Su Majestad británica, sir Esmond Ovey, le presenta sus cartas credenciales. En la misiva, el rey Jorge V, expresa al mandatario mexicano “el vivo interés que tenemos en todo lo que afecta al bienestar y la prosperidad de los Estados Unidos Mexicanos”. Por su parte, Calles responde a Ovey que su presencia “es un acto de gran trascendencia porque evidencia el feliz restablecimiento de nuestras relaciones diplomáticas”.
En septiembre de 1925, luego de alcanzar un acuerdo sobre los reclamos británicos producto de la Revolución, los gobiernos británico y mexicano decidieron reanudar la relación diplomática, rota en 1914. Gilberto Valenzuela, destacado jurista, secretario de Gobernación con Calles y ministro plenipotenciario ante Bélgica, fue nombrado representante ante la corte de Saint
James.Para representar al Reino Unido fue designado Esmond Ovey, un avezado diplomático, quien, además, tenía un activo adicional: entendía la psique estadounidense, pues se había desempeñado como segundo secretario en la embajada británica en Washington, en donde había conocido a su esposa, Blanche, hija de un contralmirante de la Armada de los Estados Unidos. ¿Quieres saber cuál era el juicio racista de este diplomático sobre los mexicanos? La cita se encuentra en el artículo completo.
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Ovey reconoció que Washington y Ciudad de México tenían divergencias por la aprobación de las leyes reglamentarias del artículo 27 Constitucional, las cuales afectaban los intereses de las compañías petroleras. Por ello, Ovey se ofreció, en mayo de 1926, como mediador, pero el embajador estadounidense en México, James R. Sheffield, rechazó la oferta.
Para el presidente Calvin Coolidge y su secretario de Estado, Frank B. Kellogg, Sheffield era un enviado competente, pero tres temas lastraban al diplomático: primero, había
sido un abogado corporativo del big business; segundo, le disgustaba la altitud de la Ciudad de México; y tercero, que veía a través de un prisma racista a la élite política mexicana. “Calles es armenio e indio […] Sáenz, el Canciller, es judío e indio; Morones, más sangre blanca, pero no por ello mejor; Amaro, el secretario de Guerra, un indio de pura sangre y muy cruel”.
Además de la divergencia por el petróleo, una disputa internacional crispaba la relación Estados Unidos-México: Nicaragua. Coolidge apoyaba al conservador Adolfo Díaz, mientras que Calles suministraba armas y municiones al liberal Juan Bautista Sacasa. Bajo ese contexto, el Departamento de Estado orquestó una campaña contra México: el 17 de noviembre de 1926, la Associated Press citó a fuentes anónimas, quienes mostraban preocupación porque se introduciría “una cuña bolchevique entre los Estados Unidos continentales y el Canal de Panamá” ¿Cuál fue la acción de México en la crisis nicaraguense? Consulte el artículo completo.
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La rebelión cristera –que había comenzado en agosto de 1926–, las presiones de Álvaro Obregón –quien nuevamente buscaba ser presidente– y la tensión diplomática con la Unión Americana, habían provocado que el nerviosismo de Calles llegara al paroxismo. Sin embargo, Morones ofreció un remedio a la aflicción de su aliado político: el espionaje. El 24 de enero, un espía con el nombre clave de agente 10B (cuyo nombre era Miguel R. Ávila), con la ayuda del oficial encargado de las claves, William Copeland, notificó a Morones que los Estados Unidos planeaban la invasión de México y que un espía estadounidense estaba infiltrado en el despacho presidencial de Calles. Casi un mes después, el 23 de febrero, el embajador Sheffield recibió un telegrama del Departamento de Estado, en donde se le ordenaba atender los rumores sobre el robo de documentos confidenciales de la embajada. El diplomático envió una nota a la Secretaría de Relaciones Exteriores, en la cual informó sobre la sustracción de documentos.
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Guy Stevens, presidente de la Asociación de Productores de Petróleo de México, se enzarzó en un duelo epistolar, a mediados de marzo de 1927, con el senador William E. Borah, porque se sintió aludido cuando el legislador afirmó que había “intereses poderosos” que, representados por “un distinguido representante de los intereses petroleros”, buscaban convertir a México en un protectorado estadounidense. Para salir del embrollo con México, el 22 de marzo el presidente Calvin Coolidge y su secretario de Estado, Frank B. Kellogg, recibieron en la Casa Blanca al embajador mexicano, Manuel C. Téllez.
Coolidge quiso que la entrevista fuera breve, pero Téllez, siguiendo las órdenes de Calles, leyó un memorándum, el cual especificaba cómo el gobierno mexicano había logrado la posesión de los documentos extraídos de la embajada estadounidense en México. Kellogg objetó que muchos documentos eran falsos, a lo cual Téllez respondió que él desconocía cuáles eran auténticos y cuáles eran apócrifos. Molesto, Coolidge quiso terminar la reunión; sin embargo, Téllez le manifestó que faltaba un tema. Entonces, el diplomático mexicano reveló que Calles, mediante un telegrama del 22 de marzo de 1927, había querido “solicitar [el] retiro [del] embajador Sheffield, lo cual no ha hecho deseoso [para] evitar [al] gobierno [de] Estados Unidos y particularmente [al] presidente Coolidge [un] embarazo consiguiente”. ¿Cómo finalizó esta reunión? Entérate en el artículo completo.
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A las 16:20 del 12 de mayo de 1927, en cumplimiento de órdenes del MI-5 (el servicio de contrainteligencia), una fuerza policial entró en la sede de la oficina comercial soviética y de ARCOS (La Sociedad Cooperativa Limitada de Rusia), ubicada en el número 49 de la calle Moorgate, en Londres, Inglaterra. El allanamiento produjo los siguientes resultados: el descubrimiento de una sala de cifrado secreta y el decomiso de documentos confidenciales. (…) El cateo de la Casa Soviética, hecho alejado de la realidad mexicana, formaría parte de un complot contra el gobierno de Calles.
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Apareció un nuevo factor de discordia: William Randolph Hearst, un chovinista que usaba su cadena de periódicos como portavoz para exponer su opinión sobre acontecimientos nacionales y mundiales y quien, además, poseía latifundios en Chihuahua. Edward Clark, asesor de Hearst, informó al potentado de que un grupo de empleados públicos mexicanos, quienes disentían del rumbo tomado por Calles, le habían entregado una serie de documentos que demostraban la existencia de una conspiración mexicano-soviética para atacar a la Unión Americana. Desde mediados de noviembre de 1927, los rotativos de la cadena Hearst publicaron una serie de documentos que supuestamente probaban que el gobierno de Calles había financiado a las fuerzas antiestadounidenses en Nicaragua y la organización de secciones comunistas en Guatemala.
¿Qué decían estos documentos? ¿Cuál era la evidencia que publicaban los periódicos como el New York Times sobre estas negociaciones diplomáticas y qué tienen que ver los rusos con todo esto? ¿Cuáles fake news se filtraban y ensalzaban el aire de tensión en esa crisis mediática? Descúbrelo en el artículo completo de la revista número 210.

