• 4-dic-2021.

¿Cómo eran las pulquerías de antes?

Rodolfo Ramírez Rodríguez

A principios del siglo XIX, estos establecimientos se habían convertido en espacios increíblemente grandes, pues, a pesar de que la norma decía que el “jacal” no debía exceder un espacio de 16 por 12 metros, en la mayoría podían estar de 500 a 600 personas; y aunque no tenían permiso para tener asientos para la gente, muchos expendios habían añadido extensas áreas para sentarse a lo largo de las paredes y amplias mesas para el gran número de personas que pasaban buena parte del día en ellos.

 

La descripción de una “casa de pulque” la encontramos en un informe del arquitecto José Buitrón y Velasco, de la Academia de San Carlos, referente a la pulquería “el Monstruo”, en la calle de Juanico, en el barrio de San Sebastián, a espaldas del Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe y frente a la iglesia de Nuestra Señora de Loreto, en Ciudad de México:

“Una bodega grande con puertas de entrada y ventanas con lumbreras de fierro. Una larga tarea (aunque en el día está terraplenada), a cada costado, con algunas reposaderas en que se retenga el pulque que derramaría cualquier tina que reventase. También una puerta interior que da entrada a otra bodega menor para cajetes, por lo cual tiene repartidos en sus altos dos tapancos, quedando en el primero de ellos dos ventanas con lumbreras de fierro a un corral. Por el callejón de Juanico se halla una puerta grande núm. 3, que es la entrada a un corralón, en la que se halla un portal para macheros, cuya cubierta corre a unirse con la que forma cochera en el Ancón A, en donde está una ventana con lumbreras de fierro que cae al costado de la pulquería. En el frente principal o calle de Juanico (a inmediación de la bodega), está el puesto o tejado de pulquería, en cuyo costado al occidente se halla un pozo y piletón con figura circular para lavar cajetes y junto a él, dos corrales destinados para lugares comunes de hombres y mujeres [esto son baños o letrinas].”

De esta manera, la pulquería era un centro de reunión social por excelencia. Atraían a una constante clientela deseosa de pasar el tiempo allí, ya que además había una variedad de servicios y diversiones: vendedores de almuerzos y músicos que tocaban con la esperanza de ganar unas monedas, y el baile era común. Pero lo que más preocupaba a las autoridades eran los juegos de cartas y de azar, y por supuesto las riñas. Aparte, como señala el historiador Juan Pedro Viqueira:

“Así, paradójicamente, la Corona al tratar de evitar que las pulquerías se volviesen centros de sociabilidad populares, contribuyó a hacer que el consumo de pulque no fuese un acto integrado a la vida cotidiana, sino más bien un desahogo compulsivo ante una realidad de miseria y humillación permanentes, dando así lugar a una situación que ocasionaba múltiples y constantes desórdenes. Las pulquerías resultaron, pues, tratadas por los poderes como si fueran zonas de tolerancia.”

Con el relajamiento de la supervisión de las leyes, los expendios fueron creciendo y ocultando sus interiores, que supuestamente debían de ser visibles para la policía. Los consumidores permanecían por largo tiempo, comían, cantaban y bailaban, cosas que eran prohibidas por la ley. De esa manera, a las pulquerías también se les vio como espacios de rebelión y conspiración popular; por ello, en 1811, ya iniciada la guerra de independencia, el virrey Francisco Xavier Venegas prohibió la permanencia de los clientes en ellas.

 

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El origen de las pulquerías