• 21-sep-2019.

Bernardo García Martínez, historiador de pueblos y regiones de México

René García Castro

 

García Martínez estudió cómo parte de la organización política de las sociedades mesoamericanas pervivió después de la conquista española y se mantuvo en la época colonial.

 

 

Una peculiaridad de la disciplina histórica, a diferencia de muchas otras, es que no tiene un objeto de estudio definido y son los propios historiadores quienes eligen su campo de investigación y especialidad. Así, hay quienes estudian a los personajes más encumbrados de una época o sociedad; quienes se dedican a examinar los “grandes episodios” de la historia nacional (su fundación, su expansión, su caída, su colonización, su independencia, sus momentos revolucionarios, sus grandes reformas, etcétera); quienes eligen investigar las historias de las ciencias, la tecnología, las artes y las humanidades; quienes prefieren estudiar los grandes procesos y estructuras de la sociedad, la política, el ejército, la Iglesia, la economía, las creencias, la cultura y el pensamiento humano; quienes se han dedicado a indagar la historia y la evolución de las unidades políticas básicas e intermedias de las sociedades antiguas y modernas; y quienes han privilegiado su quehacer en los estudios referentes a las formaciones históricas espaciales. A estas dos últimas especialidades disciplinarias se dedicó con gran pasión y rigor mi muy estimado y querido profesor, el doctor Bernardo García Martínez, quien falleció de forma prematura hace poco más de un año.

 

En 1969 publicó su primer libro que llevó por título El marquesado del Valle. Tres siglos de régimen señorial en Nueva España. En esta obra, Bernardo García mostró por vez primera sus intereses por una institución señorial de origen hispano y de carácter jurisdiccional que, aunque mencionada por muchos historiadores cuando se referían a su primer titular (Hernán Cortés), en realidad se carecía hasta entonces de un estudio amplio y profundo sobre la misma.

 

También por esos años, nuestro autor se vio muy estimulado por los estudios e investigaciones del historiador estadounidense Charles Gibson, quien había descubierto que la conquista española no había destruido a las entidades políticas básicas (señoríos) e intermedias (confederaciones señoriales) nativas del centro de Mesoamérica (Tlaxcala y otras entidades independientes), sino que, por el contrario, sobre ellas se había construido el flamante sistema colonial novohispano, y a las que denominó “pueblos de por sí” o “unidades cabecera-sujetos”.

 

Otra de las influencias decisivas en su pensamiento fue la obra del historiador Peter Gerhard, escrita en la década de los setenta y principios de los ochenta del siglo XX. Especialista en geografía histórica, este investigador se dedicó a organizar y sistematizar buena parte de la información colonial disponible en esos años, para mostrar que la geografía novohispana podía ser entendida y comprendida en su origen, cambio y evolución a partir del seguimiento que hizo a los corregimientos y alcaldías mayores, como sus unidades de observación por excelencia. Sus tres libros cubren todo el territorio de la Nueva España y están divididos en esas entidades jurisdiccionales de origen hispano que fueron trasplantadas a la América española.

 

Bajo estas novedosas influencias, García Martínez emprendió un audaz estudio sobre los señoríos y la fundación de los pueblos coloniales en un área marginal de Mesoamérica: la Sierra Norte de Puebla. Su libro publicado en 1987, Los pueblos de la sierra. El poder y el espacio entre los indios del norte de Puebla hasta 1700, se convertiría muy pronto en una obra de consulta y referencia obligada para quienes se interesaban en estudiar el proceso de transición entre la época prehispánica y la colonial novohispana. Allí quedaron claras tres cosas: uno, que las sociedades mesoamericanas conquistadas por los españoles en el siglo XVI tenían tres grandes niveles de organización política (básico, intermedio y superior), de los cuales solo el superior fue totalmente eliminado, mientras que al básico y parte del intermedio se les permitió su sobrevivencia en el mundo colonial; dos, fueron identificados 35 señoríos mesoamericanos individuales (altépetl en náhuatl) que sirvieron de base a la fundación de otros tantos pueblos de indios coloniales en la Sierra Norte de Puebla; y tres, que las instituciones hispanas trasplantadas a Nueva España en el siglo XVI (encomienda, corregimientos, parroquias, congregaciones y cabildos) tuvieron como fundamento los lazos políticos, territorios y jurisdicción que ejercían los señores o caciques locales de cada pueblo de indios. Además, el libro contiene una serie de mapas que su autor elaboró de manera cuidadosa, en los cuales mostró que esas entidades políticas y su evolución podían ser representadas en una cartografía histórica muy precisa. Es decir, Bernardo García había ampliado la tesis de Gibson a un área marginal novohispana, que permitía ahora la confirmación de la existencia de los señoríos locales y pueblos de indios como entidades políticas básicas que estaban vinculadas más por una línea de continuidad que de ruptura entre una época y otra.

 

El vínculo tan estrecho que tuvo con la geografía proviene de un origen y un desarrollo muy peculiar. Desde el punto de vista práctico, fue un entusiasta excursionista que exploró por muchos años, como ningún otro historiador, las variadas y ricas fisiografías de México y varios países del mundo. Fue miembro activo del Club de Exploraciones de México, A. C. (CEMAC) y con ellos no solo recorrió parajes, cimas y lugares recónditos, sino caminos, veredas y poblados muy poco conocidos, además de dejar su impronta en muchas de sus obras escritas. Desde el punto de vista disciplinario, Bernardo García Martínez fue un autodidacta muy apasionado, cuyos saberes le permitieron observar, ordenar, clasificar y analizar los entornos geográficos en su relación con la vida y la historia humana, en particular la de México.

 

Considero que entre las influencias intelectuales de su época que más impactaron en su formación disciplinaria se encontraban autores muy destacados en la ciencia geográfica. De los autores de la “geografía sistémica”, fue muy importante la obra de Peter Haggett con su propuesta de análisis locacional, así como la de Peter Lloyd con su ubicación en el espacio. De los autores de la llamada “geografía de la percepción”, estaban Kevin Lynch y Horacio Capel, mientras que entre los autores de la “geografía regional” estaban sobre todo Haggett y Pierre Dumolard. Y el trabajo clásico de Walter Christaller habría de influir de manera muy especial en el pensamiento geográfico de mi apreciado profesor. Gracias a esta proximidad entre historia y geografía, nuestro autor pudo plantearse estudiar la organización espacial del México actual en variadas y distintas regiones.

 

García Martínez propuso que el análisis sobre la división espacial de México en regiones no estuviese determinado por límites políticos o jurisdiccionales, sino por la formación histórica, social, económica y cultural de los grupos humanos sobre ciertos medios ambientes, así como por la percepción de esos habitantes de que pertenecían a una “región” específica. Bajo estas premisas, publicó en 2008 una de las obras más significativas sobre las partes que constituyen el México moderno: Las regiones de México. Breviario geográfico e histórico. El objetivo del libro es mostrar al lector cuáles son, con precisión, los espacios regionales que hoy integran a nuestro país. Contiene una descripción pormenorizada de cada una de las cincuenta regiones de México (medio físico, rasgos de poblamiento, producción, urbanismo y comunicaciones), expuestas en orden semejante a una guía (en forma de recorridos) donde nadie puede perderse porque están acompañadas de mapas para cada una de las áreas. La división de estas regiones se hizo desde un punto común a la historia y la geografía mexicana: Ciudad de México como elemento estructurante. Por ello, considero que el gran aporte científico del libro es la relación epistemológica entre la capital y el conocimiento geográfico del país.

 

Sus preocupaciones sobre los estudios espaciales y regionales ocuparon gran parte de su tiempo, logrando producir una decena de publicaciones variadas entre artículos, capítulos y libros. Entre los más conocidos se encuentran los siguientes: “En busca de le geografía histórica”, en Relaciones: Estudios de Historia y Sociedad, 1975; “Consideraciones corográficas”, en Historia general de México, 1976; “Tiempo y espacio en México: las últimas décadas del siglo XX”, en José Joaquín Blanco y José Woldenberg (eds.), México a fines de siglo, 1993; “La organización colonial del espacio: un tema mexicano de geografía e historia”, en Memorias del II Simposio Panamericano de Historia, 1997; “Regiones y paisajes de la geografía mexicana”, en Historia general de México, 2000; y El desarrollo regional, siglos XVI al XX, 2004. Esta breve lista permite observar que no era una persona improvisada en el tema, sino un autor que fue madurando sus ideas y haciendo ensayos cuidadosos sobre la formación espacial y las regiones de México.

 

Su fallecimiento prematuro ha sido una pérdida irreparable para su familia, para El Colegio de México, el Club de Exploraciones y todos sus amigos y exalumnos, así como para el público amplio que gustaba de leer sus obras. No obstante, sus enseñanzas y legados académicos quedan sembrados como fiel testimonio de un hombre inquieto, riguroso y exigente, pero a la vez sencillo y generoso para quienes tuvimos el privilegio de conocerlo más de cerca. Sirvan estas líneas para rendirle un homenaje póstumo.