La historia del comercio de libros en la época virreinal es fascinante porque, entre otras cosas, nos transporta a los espacios urbanos de aquella época, a las plazas, calles y casas de grandes ciudades como México, Puebla y Valladolid (actual Morelia), donde numerosos individuos, hombres y mujeres de diversos estratos sociales, se dedicaron a la venta de una variada oferta de productos publicada dentro, pero sobre todo fuera, del virreinato.
A continuación: un sainete dieciochesco, con el Portal de los Mercaderes como telón de fondo y un puñado de actores interpretando a distintos agentes del comercio, unos más bribones que otros, enfrentados entre sí a causa de su avaricia y deshonestidad
A mediados del siglo XVIII, el comercio librero en Nueva España entró en una etapa de crecimiento debido, entre otras razones, al aumento de la población urbana. Mientras tanto, en
la península ibérica, la industria editorial experimentó un notable desarrollo como resultado de la política proteccionista de la Corona española, que fomentó las artes tipográficas y la fabricación de papel de buena calidad. Parte de esta producción renovada halló salida en los mercados ultramarinos. Año con año, cuantiosos cargamentos de libros cruzaban el Atlántico para revenderse en ferias y almacenes de las principales plazas americanas. Estos cargamentos podían contener libros “del reino” (españoles) o “extranjeros”, ejemplares nuevos o de segunda mano, o una mezcla de ambos.
No obstante, durante este periodo la buena marcha del comercio experimentó algunos reveses ocasionados por las guerras entre España e Inglaterra y la consiguiente interrupción del tráfico marítimo. Al desabasto de libros seguía una saturación del mercado con el envío masivo de lotes rezagados. A finales de la década de 1780 las importaciones de libros registraron su pico más alto desde 1750. Pese a la multiplicación de los lectores, el mercado local no tenía suficiente fuerza para absorber millares de libros en un corto plazo de tiempo. A pesar de dichas dificultades, algunos mercaderes no experimentados en el comercio de libros se aventuraron en esa empresa.
La librerías de ese entonces en la Cdmx
Los lectores de la Ciudad de México tenían al menos otras doce opciones mejores que la suya. Al norte de la Plaza Mayor había cuatro librerías grandes: la de Juan Rico en la segunda calle de Santo Domingo, la de Anastasio Marín de Duárez en la plazuela de las Escalerillas (en la actual calle Guatemala) y la de Manuel del Valle en Tacuba. En esta misma calle y en la primera
de la Monterilla (hoy 5 de Febrero), el italiano Pablo Gorle tenía sus tiendas de libros y encuadernación. Al sur de la plaza, en la primera y segunda calles de la Monterilla, se localizaban las librerías de Bartolomé Hernández y de Mariano Mendoza, respectivamente. Y, además del cajón de libros que traspasó García, había al menos otros cuatro cruzando la calle, en el mercado del Parián, donde se vendían libros viejos e impresos populares como devocionarios, estampas y comedias sueltas. También los impresores María Fernández de Jáuregui y Mariano Zúñiga Ontiveros tenían tiendas anexas a sus talleres para vender su propia producción y la que importaban de Europa. Su administración estaba en manos de experimentados libreros que, si bien no llegaron a poseer tienda propia, conocían todos los entresijos del negocio y la oferta internacional del libro. Algunos de ellos, como José Ximeno, Francisco Sedano y otros “peritos”, con frecuencia eran llamados por instituciones y particulares para realizar avalúos de bibliotecas y librerías.
Jacobo García, en torno a 1788 le llegó en la nao de China un lote de mercaderías y para “colocarlas” le urgía arrendar una tienda bien ubicada. El lugar más apropiado era el Portal de Mercaderes, pero al no encontrar un local vacío, decidió traspasar una pequeña librería o cajón de libros que planeaba vaciar rápidamente para meter sus mercancías. Pero no contaba con que los libros se vendieran a cuentagotas y, no tuvo de otra que rebajar los precios a la mitad para apresurar la venta. Mientras esto ocurría, también se ocupaba de otros negocios. Siguió colocando sus mercaderías y compró el cargo de administrador de la obra del camino México-Toluca, ciudad esta última donde tenía propiedades. Su nuevo puesto lo obligó a ausentarse de la capital y dejar el cajón del Portal en manos de un empleado. Contrató a un joven cajero, que dijo llamarse Francisco Rodríguez, con la orden precisa de vender los libros al contado. Por ningún motivo –le insistió García– debía darlos en fiado, cambiarlos por otros ni mucho menos comprar más. Y es que en una ocasión, un agente del Consulado de Comerciantes (el gremio de mayoristas) que frecuentaba el Portal había tratado de venderle un lote de libros, oferta que aceptó un día que Jacobo se encontraba fuera. Algo que conocían, era ilegal. Las leyes del comercio prohibían a los dependientes negociar mercancías en ausencia o sin la autorización de su patrón, y esto fue lo que hizo el bribón de Rodríguez instigado por Peláez.
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