Antonin Artaud: el místico surrealista

Primera parte

Ricardo Lugo Viñas

Artaud viajó a México para experimentar lo que él consideraba la naturaleza libertaria de los pueblos originarios.

 

Yo estuve en México

El solitario y curioso hombre –comido por los años, huesudo, cadavérico y desdentado– va más allá en su descaro y, sin más, los increpa (en francés): “¡Hey!, ustedes hablan español y son mexicanos. Yo estuve hace tiempo en México”. Tras oír aquello, uno de los mexicanos, cuyo nombre era Octavio Paz, miró al encorvado y entrometido anciano y al instante lo reconoció: “¡Maestro, pero claro!, usted es Antonin Artaud. Usted ha escrito admirables cosas sobre México, y es un gran poeta”.

Al instante, Artaud rompió en felicidad y la afabilidad nació entre él y los mexicanos. Lo convidaron a su mesa y el solitario viejo dramaturgo y poeta comenzó a recordar su antiguo viaje a México; conmemoró a sus amigos mexicanos: los poetas José Gorostiza (“Le poète Gorostiète”, como lo llamaba Artaud), Luis Cardoza y Aragón (que, aunque era de origen guatemalteco, vivió muchos años en México y fue su Virgilio en los lugares de mala muerte en México), el pintor Federico Cantú (a quien conoció en Francia) y los escritores y diplomáticos Jaime Torres Bodet y Alfonso Reyes con los que mantuvo una intensa comunicación epistolar y sin cuyos buenos oficios no habría sido posible la estancia de Artaud en nuestro país.

Pero, sobre todo, aquella noche, en el Bar Vert, Artaud recordó a la pintora María Izquierdo, con quien trabó una sólida e íntima amistad en México y a quien admiró como artista. Les confesó, a Octavio Paz y a su acompañante, que María le había regalado algunos de sus cuadros, pero que los había perdido cuando lo ingresaron en el manicomio de la comuna francesa de Rodez del que, por cierto, sus amigos lo habían rescatado apenas un año atrás.

Un dios perro en México

Antonin Artaud, que había nacido en Marsella el 4 de septiembre de 1896, era una leyenda viva. Su lírica anarquista, su revolucionaria pedagogía en el teatro y en la mística del cuerpo, su relación con los estados alterados de la conciencia y la locura, así como su experimentación con las drogas lo habían convertido, al final de sus días, en una suerte de maestro espiritual y viajero cósmico y misterioso. Incluso, hubo un tiempo, tras su muerte, en que oleadas de viajeros arribaban a nuestro país con la intención de hallar sus pasos, particularmente aquellos que dio en la Sierra Tarahumara, y descubrir los supuestos secretos ocultos que Artaud –“dios perro”, como se refería a sí mismo– dejó en su periplo por México.

Artaud pisó tierras mexicanas en la víspera de la primavera de 1936. Tras una cortísima temporada en La Habana, Cuba, se embarcó en el buque carguero Siboney y arribó al puerto de Veracruz la tarde del 7 de febrero de aquel año. Traía consigo la fascinación por lo místico, la esperanza de hallar aquí lo que llevaba años buscando; 39 años a cuestas, la mente y el corazón inflamados y los bolsillos vacíos: “Yo he venido aquí sin un centavo, decidido a arriesgarlo todo por tal de encontrar lo que busco”.

Los ocultos secretos de la sangre india

El creador del llamado “Teatro de la crueldad”, pintor, ensayista y poeta marsellés, surrealista y gran amigo de André Breton –de quien más tarde se distanciaría en términos artísticos y políticos, aunque no amistosos–, planeó su viaje a México con varios meses de anticipación. Deseaba hacer un viaje de introspección e investigación para conocer “los ritos, las danzas y el mundo natural y cósmico de los indios”.

Concibió su viaje como una Misión –casi de rescate– “para ir en busca de la fuerza antigua” de los indios y de los “secretos de la curación” y “descubrir el secreto oculto de aquellas culturas”; lo concebía, pues, como un viaje de exploración antropológica, poética y etnográfica. Había leído e indagado, sobre todo con sus amigos mexicanos, sobre las culturas prehispánicas de nuestro país. De modo que, antes de venir a México, ya tenían, aunque vaga, una visión de a dónde quería dirigirse: la sierra Tarahumara, para convivir con la cultura rarámuri.

 

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Antonin Artaud: el místico surrealista excomulgado