Durante el siglo XVIII, la expansión del dominio español en el norte de la Nueva España enfrentó un obstáculo formidable: la resistencia de los pueblos apaches. Lejos de ser incursiones aisladas, sus ataques constituyeron una guerra prolongada que puso en jaque a los asentamientos coloniales y obligó a las autoridades virreinales a reforzar la defensa de las fronteras septentrionales, desde Sonora y Nuevo México hasta Texas.
Uno de los casos más críticos se vivió en la provincia de Nueva Vizcaya, particularmente en la villa minera de San Felipe el Real de Chihuahua. Entre mediados del siglo 1748 y 1771, los constantes asaltos apaches provocaron graves pérdidas humanas y económicas. Se calcula que miles de cabezas de ganado fueron robadas y varias haciendas destruidas, afectando seriamente la actividad minera y agroganadera de la región.
Parte de la eficacia de los apaches radicaba en su modo de vida y en su habilidad para la guerra. Organizados en pequeñas bandas autónomas —como los chiricahuas, gileños y mezcaleros—, conocían profundamente el territorio y podían desplazarse con gran rapidez. Su dominio del caballo, su destreza con el arco y la flecha y sus tácticas de emboscada les permitían sorprender a las tropas españolas, que muchas veces se encontraban dispersas en presidios distantes y con pocos efectivos.
Es increíble la habilidad y destreza con que [los
apaches] ejecutan [sus asaltos]: embárranse el cuerpo
y corónanse la cabeza de yerba, de modo que
tendidos en el suelo parecen pequeños matorrales.
[…] arrastrándose con el mayor silencio se acercan
a los destacamentos hasta el punto de reconocer
y registrar el cuerpo y ropa de los soldados que
duermen. Al mismo tiempo que están en esta
siilenciosa espía, se dicen recíprocamente cuanto
advierten por medio de infinita variedad de voces
que contrasten exactamente, imitando el canto de
las aves nocturnas, como lechuzas y tecolotes etc.,
y el aullido de los coyotes, lobos y otros animales1
Ante esta situación, las autoridades virreinales emprendieron diversas medidas militares para contenerlos. Entre ellas destacaron las campañas dirigidas por oficiales como Hugo O’Conor, quien reorganizó la línea de presidios en la frontera norte y lanzó expediciones militares contra las tribus rebeldes. Sin embargo, incluso cuando algunos apaches fueron capturados y deportados —primero a la Ciudad de México, luego al castillo de San Juan de Ulúa en Veracruz y finalmente a Cuba—, la resistencia no desapareció.
Lejos de rendirse, muchos prisioneros continuaron oponiéndose al dominio colonial incluso en el exilio, llegando a escapar y, en algunos casos, a aliarse con esclavos cimarrones en el Caribe. Así, la historia de los apaches en el siglo XVIII muestra no solo la complejidad de las fronteras coloniales de Nueva España, sino también la persistencia de pueblos indígenas que defendieron su autonomía frente a uno de los imperios más poderosos de su tiempo.
(1)
“Informe de Hugo O’Conor al virrey Antonio María de Bucareli:
Chihuahua, 20 de diciembre de 1771”. AGN, Correspondencia
de Virreyes, primera serie, volumen 5.
Lee el artículo completo en:
Mirafuentes, José Luis, “La superioridad de los apaches y su resistencia al dominio colonial en el siglo XVIII” en Relatos e Historias en México, núm. 208, pp. 56 - 65.
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