Muy poco sabemos sobre la infancia de Tecuichpo (“copo de algodón” en náhuatl), nacida alrededor de 1509 (un año nahui calli, 4 casa, según la cronología mexica). Sin duda, su arribo al mundo fue en el palacio de su padre, el huey tlatoani Motecuzoma Xocoyotzin, en Tenochtitlan. Su madre, Miahualxochitzin Teotlalco, era la hija mayor del señor de Tlacopan y fue desposada con el más poderoso tlatoani de México como parte de las estrategias que permitieron afianzar a los linajes rectores del “imperio” mexica.
La pequeña Tecuichpo recibió una educación apropiada a su alcurnia; aprendió a hilar y a tejer junto con los cantos y las danzas dirigidos a los dioses; memorizó las oraciones y los gestos que debían hacerse en su honor; se aplicó al estudio de los signos utilizados para narrar las historias de sus antepasados y se ejercitó en la obediencia, el recato y el autosacrificio que se
esperaban de una mujer de la familia del señor más poderoso de la tierra. Durante su corta infancia, vivió con sus hermanos y hermanas en el palacio. Los varones: Chimalpopoca, quien se preparaba para ser heredero del imperio, Tlaltecatzin y Tlacahuepatzin, educados como él para la guerra; y sus hermanas Xipahuatzin y Macuilxóchitl. Además de ellos, Tecuichpo tenía otros muchos hermanos y hermanas pues, como todos los tlatoque, Motecuzoma cohabitaba con varias esposas y numerosas concubinas, y con ellas engendró a más de cien hijos.
Le contaban historias de casas flotantes que se acercaban
Cuando Tecuichpo era aún niña y comenzaba el mes Tóxcatl del año ce-ácatl (abril de 1519), llegaron a México-Tenochtitlan angustiosas noticias. Las extrañas casas flotantes que desde hacía algunos años habían sido vistas en el mar desde Acallan, sobre las cuales informaron los mercaderes pochteca, estaban ya en las costas de Chalchicueyecan […] Tecuichpo escuchó que unos hombres con la piel del color de la cal y vestimentas metálicas habían descendido de sus casas flotantes y montaban en enormes venados sin cuernos, animales nunca vistos. Traían también consigo perros bravos, muy distintos a los tranquilos itzcuintli, que jadeaban, ladraban y corrían de un lado a otro. También venían con ellos unos como cuapitzotl (pecaríes) pero más grandes, gordos y rosados. Pero lo más asombroso eran unos palos que cargaban, lanzaban fuego y mataban. Aunque aún era una niña, Tecuichpo debió darse cuenta de las angustias y plegarias suscitadas en la corte con la llegada de esos seres a quienes se les llamó teules, nombre que recibía todo portento fuera de lo común; escuchaba a los sabios hablar del regreso de Quetzalcóatl y del espejo de dos caras de Tezcatlipoca, señor de los adivinos y los hechiceros; notaba la preocupación de su padre y la inquietud de su madre ante los funestos presagios de los astrólogos, quienes encontraban signos de destrucción por doquier.
[…] Era una clara mañana a finales del otoño y en el horizonte se podían contemplar los dos volcanes nevados sobre la tersa superficie de la laguna. Los indígenas registraron la fecha 8 viento del año 1-caña; los españoles, la del 8 de noviembre de 1519. A la joven no se le permitió acudir a observar la llegada, pero es probable que su madre le contara cómo toda la ciudad asistió a ver a los hombres blancos montados sobre sus enormes venados, algunos cubiertos de un metal más opaco que la plata; aquellos que venían a pie traían armas extrañas en sus manos e iban seguidos por un gran número de guerreros tlaxcaltecas que se les habían aliado […] Tecuichpo se enteró que ellos y los tlaxcaltecas que los acompañaban habían sido hospedados en las casas señoriales construidas. por su abuelo Axayácatl. Escuchó cómo se paseaban por la ciudad con actitud insolente y altanera, sin ningún respeto, con sus cuerpos hediondos y su poco refinamiento. En una de sus excursiones, al cuarto día de haber llegado, el capitán había subido al gran teocalli y frente al mismo huey tlatoani había derrocado la imagen de Huitzilopochtli, el dios solar y señor de la guerra. Todo esto causaba gran indignación en Tenochtitlan. Pero lo peor estaba aún por llegar. A los seis días de su arribo, los hombres blancos apresaron a Motecuzoma mientras éste les hacía una visita en el palacio de Axayácatl. Tecuichpo recibió la noticia azorada. ¿Qué más contó Teotlalco? Más de sus descripciones en el artículo completo.
Tecuichpo llegó al palacio de su abuelo Axayácatl y al mirar a su padre encadenado debió sentir una gran tristeza. El señor de los hombres había sido humillado por estos teules mal educados, insolentes y ambiciosos. Tecuichpo, su madre y sus hermanos se quedaron a vivir allí desde entonces. Tecuichpo fue presentada al capitán Hernán Cortés, quien venía acompañado de una mujer indígena de mirada altiva a quien llamaban Malitzin y le servía como intérprete. Por medio de ella, el conquistador dirigió a la hija de Motecuzoma unas palabras de cortesía, alabando su belleza. La niña, sin levantar los ojos, debió experimentar hacia él un fuerte sentimiento de temor mezclado con odio. Poco a poco, la situación de los prisioneros fue mejorando. Al huey tlatoani le quitaron las cadenas y pusieron a su servicio a un pajecito espía al que llamaban Orteguilla, quien comprendía ya algo de náhuatl y lo comunicaba con sus captores. Con el tiempo, el trato entre los teules y los prisioneros llegó a ser hasta cordial […] Durante esos días, Tecuichpo también conoció a fray Bartolomé de Olmedo ¿de qué hablaron? Te lo contamos en la versión extendida.
Después de la masacre en la fiesta del Tóxcatl, Motecuzoma Xocoyotzin fue herido de muerte por su propia gente, pasó tres días de agonía junto a sus esposas e hijos; mientras los españoles y los tlaxcaltecas aliados a ellos andaban de un lugar para otro, aterrados por lo que les esperaba. Todas las puertas del palacio fueron tapiadas, todas las armas y los abastos que se tenían disponibles se juntaron en un sitio, y todos se dispusieron a resistir el asedio. Para evitar una rebelión interna, Cortés mandó matar a los nobles mexicas prisioneros; sólo dejó a las mujeres y los niños. Sus cadáveres, al igual que el de Motecuzoma, fueron arrojados desde la azotea hacia la calle. Tecuichpo sufrió la muerte de su padre con gran pesar y angustia. Todo que había sucedido en los últimos cuatro meses debió parecerle una horrenda pesadilla. Durante la huída de los teules de la ciudad sitiada, Tecuichpo era llevada como rehén, se aferró a la falda de su madre, quien traía de la mano a sus hermanos más pequeños […] Entre gritos, alaridos de desesperación. Al correr en desbandada para salvar la vida, se empujaban unos a otros mientras una lluvia de flechas caía sobre ellos. Varios murieron aplastados, otros ahogados en el lago o flechados, pero muchos también lograron huir. En medio del estruendo, Tecuichpo y sus hermanos pequeños fueron rescatados por los suyos y llevados hasta el palacio recién liberado, donde pasaron el resto de la noche. Es probable que, a la mañana siguiente, su tío Cuitláhuac la recibiera, ya que, en ausencia de Motecuzoma, él había sido nombrado huey tlatoani. Quizás por su boca supo que su madre y muchos de sus hermanos y hermanas habían muerto durante la terrible huida y que ella, como descendiente directa de Xocoyotzin, estaba destinada a preservar el linaje de los señores de Tenochtitlan. A los pocos días, Cuitláhuac murió de una extraña y dolorosa enfermedad nunca vista que cubría de granos rojos todo el cuerpo.
Amarrada a la capa de su esposo a los once años
Tecuichpo sería desposada entonces con su primo Cuauhtémoc, tlacatécatl del ejército mexica, nombrado huey tlatoani de México-Tenochtitlan. Tecuichpo tenía entonces once años y celebró con él la ceremonia nupcial que consistía en atar la falda de la novia a la capa que cubría al novio.
Durante los siguientes meses, Cuauhtémoc se impuso la tarea de reforzar las defensas de la ciudad lacustre. A ella habían llegado las noticias de que los teules se estaban preparando en Tlaxcala para atacar Tenochtitlan y era necesario organizar la resistencia al asedio. Pero las noticias no eran nada halagadoras: muchos pueblos sometidos a los mexicas se estaban pasando al bando de los invasores; además, la población de la ciudad seguía muriendo a causa de la enfermedad de los granos.
Iztapalapa había sido devastada a sangre y fuego por no aceptar la alianza con los teules. Xochimilco había caído después de una heroica resistencia de tres días, a pesar del envío de canoas con cientos de guerreros desde Tenochtitlan. Chalco se había pasado al bando de los españoles, al igual que Texcoco, pues Ixtlilxóchitl, en pleito con su hermano Coanácoch, tlatoani de la ciudad, había pactado con ellos a cambio de ser reconocido como heredero del señorío. En esa comarca a orillas del lago, los españoles estaban armando trece barcos para atacar la isla desde el agua. Todos estos preparativos duraron hasta la primavera. Para entonces, la ciudad estaba totalmente cercada. Cortés había destruido el acueducto que traía agua potable desde Chapultepec y consiguió que los pueblos de las chinampas (Xochimilco, Iztapalapa, Mexicaltzingo, Churubusco, Cuitláhuac y Coyoacán) dejaran de enviar abastos a los sitiados. También se cerró el acceso a las calzadas que comunicaban a la ciudad isleña con tierra firme. A partir de entonces se inició una larga agonía que duró más de tres meses.
¿Qué ocurrió con Tecuichpo a la caída de México-Tenochtitlán? Descúbrelo en el artículo completo de la revista.
¿Cómo citar este artículo?
Antonio Rubial García, “La dramática vida de Tecuichpo-Isabel Moctezuma. De México-Tenochtitlan a la Nueva España”, Relatos e Historias en México, núm. 175, Mayo, 2026, pp. 38-55.

