La famosa batalla del “Cerro del borrego” una oportunidad estratégica perdida por quedarse dormidos. ¿Qué ocurrió realmente en la oscuridad del cerro del Borrego?
En la madrugada del 14 de junio de 1862, en las laderas del cerro del Borrego, no se escuchaban órdenes ni disparos.
Se escuchaban ronquidos.
Mientras las tropas mexicanas dormían confiadas en su posición, un pequeño grupo de soldados franceses ascendía en silencio por la escarpada cuesta. Las piedras que rodaban bajo sus botas no despertaron a nadie. Cuando llegaron a la cima, las bayonetas ya estaban listas.
Lo que siguió fue un ataque tan inesperado como brutal.
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Días antes, tras la victoriosa batalla del 5 de mayo en Puebla, muchos querían descansar, pero al mismo tiempo, el general Ignacio Zaragoza veía una oportunidad única: pasar a la ofensiva y acabar con un ejército francés desconcertado que se replegaba hacia Veracruz, antes de que pudiera reorganizarse.
El plan parecía perfecto. Con refuerzos provenientes del norte del país, el general Jesús González Ortega se posicionó en el estratégico cerro del Borrego con la División de Zacatecas, desde donde la artillería mexicana dominaría Orizaba. Abajo, las divisiones de Tapia, Berriozábal y Negrete cerrarían el cerco.
Incluso antes del combate, la confianza era tal que se solicitó la rendición del enemigo. La respuesta del ministro francés Alphonse Dubois de Saligny fue tan breve como desafiante: “Vengan a atacarnos y verán en lo que se convierten sus ilusiones”.
La noche del 13 de junio, todo indicaba que los mexicanos tenían la ventaja. Las piezas de artillería estaban colocadas, las tropas en posición y el ataque parecía inminente. Pero bastó una falla o, como lo llamaría después Zaragoza: “descuido y flojera en el servicio”.
En la oscuridad, los franceses alcanzaron la cima sin ser detectados. Y ahí, en medio de la noche, comenzó el caos: soldados degollados mientras dormían, gritos de pánico, disparos sin rumbo. En la confusión, muchos combatientes ni siquiera sabían contra quién luchaban. Aceros se cruzaron en la oscuridad. Hombres se atacaron entre sí. Algunos huyeron hacia los precipicios creyendo escapar del enemigo. Lo más desconcertante: el ataque había sido realizado por apenas un puñado de franceses, se dice que 150 hombres contra más de 1,500. Increíblemente el daño fue devastador.
Las fuerzas mexicanas perdieron la posición, su artillería —que fue utilizada en su contra— y cientos de hombres. Las cifras varían, pero todas coinciden en algo: fue una tragedia desproporcionada frente al tamaño del ataque.
Mientras tanto, al amanecer, los franceses se retiraban. Habían logrado lo impensable. Aunque más tarde las tropas mexicanas lograron contener a los franceses en la garita de la Angostura, la oportunidad estratégica se había perdido. El plan de tomar Orizaba se canceló. La ofensiva se detuvo y con ella, la posibilidad de cambiar el rumbo de la guerra tras la victoria del 5 de mayo.
En su informe, Zaragoza no ocultó su frustración. La ocasión de derrotar a los invasores —quizá de forma definitiva— se había esfumado por una vigilancia nocturna deficiente.
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Lee el artículo completo en: Díaz, Gerardo, “Descuido y flojera ante los franceses. Batalla del cerro del Borrego, 14 de junio de 1862”, Revista Relatos e Historias en México, núm. 209, pp. 66 - 69.
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