• 18-jul-2019.

Lauro Villar

Cartografía urbana
Gerardo Díaz Flores

Col. La Providencia, Del. Azcapotzalco, D.F., C.P. 02440

 

La Decena Trágica de febrero de 1913 tuvo protagonistas de distintas clases. Muchas historias de ese periodo colocan a integrantes de la alta planilla del ejército federal, con excepción de Felipe Ángeles, como traidores a la patria que se sumaron a la rebelión, o bien, observaron sin inmutarse el golpe de Estado contra el presidente Francisco I. Madero. Sin embargo, dentro de la milicia existieron personajes de alto rango que se mantuvieron fieles al mandatario y arriesgaron su vida en contra de los sublevados, como el general Lauro Villar.

Tamaulipeco nacido en 1849, Villar prestó servicios a la patria durante la Segunda Intervención francesa, evento que le dejó lecciones para toda la vida y la decisión de optar por el ejército como profesión. Tiempo más tarde, ya en el gobierno maderista, con más de sesenta años de edad y enfermo de gota, fue nombrado comandante militar de la ciudad de México por el presidente.

En las primeras horas del 9 de febrero de 1913 recibió en su domicilio un parte telefónico indicándole que la artillería y la caballería de Tacubaya habían salido sin informar qué rumbo tomarían. El general sospechó lo peor y se apresuró a echar un vistazo en los alrededores de Palacio Nacional, donde confirmó la traición de la guardia.

Con gran osadía acudió a los cuarteles cercanos y reclutó a los hombres que no habían sido corrompidos por los golpistas, la gran mayoría cadetes de poca o nula experiencia en combate. De inmediato les explicó la situación y los instruyó para que retomaran Palacio Nacional por la parte trasera, atravesando las puertas con hachazos para no alertar a sus defensores, quienes habían descuidado el área al enfocarse sólo en las entradas principales, con vista a la Plaza de la Constitución.

El plan fue todo un éxito. En poco tiempo recobró el edificio y liberó al secretario de Guerra, general Ángel García Peña, y a Gustavo Madero, quienes habían caído prisioneros. Supo que el golpe de audacia no bastaría y fortaleció la defensa ante una inminente llegada del resto de los sublevados. Y en efecto, antes del mediodía el general Bernardo Reyes hacía una aparición majestuosa sobre su caballo, respaldado por todos sus leales. Villar no se dejó eclipsar por su figura y en una magnífica defensa institucional, el sexagenario general tamaulipeco, que cojeaba debido a su gota, ordenó el fuego sobre los traidores.

Reyes caía muerto de su caballo. Luego, el fuego entre ambos bandos mataba a militares y civiles; al propio Villar se le incrustó una bala en el hombro. Los golpistas, ante la caída de su líder, se dirigieron hacia la Ciudadela. Después el presidente Madero llegó para felicitar al leal comandante militar de la capital, brindándole licencia debido a sus heridas. Lo reemplazaría Victoriano Huerta. Nadie lo sabía entonces, pero el esfuerzo de Villar se iría al traste debido a esta decisión.

El general Lauro Villar moriría en la ciudad de México en 1923, siendo reconocido por muchos como un auténtico héroe.

 

“Lauro Villar” del autor Gerardo Díaz y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 90.