• 17-ago-2019.

El cabello y la joyería de luto en el siglo XIX

Un mechón de tu pelo para no olvidarte
Monserrat Ugalde Bravo

 

El siglo XIX representó un periodo en el cual el imperialismo y la lucha por la expansión territorial desataron guerras entre naciones. Padres, hijos y hermanos tuvieron que dejar los núcleos familiares y jamás volvieron. Pero antes de partir intercambiaban sus tesoros más preciados, como los mechones del cabello. Para el sociólogo Norbert Elias, con estos objetos “el cuerpo siguió estando presente en el recuerdo de las intimidades”.

 

 

Desde tiempos antiguos, las sociedades guardan objetos que les ayudan a recordar. Son cobijos donde están depositadas sus memorias. Así, con el solo hecho de mirar aquella prenda o efigie, vienen a la mente imágenes que sacuden el corazón de sentimientos y pasiones contenidos. Estos objetos se convierten en relicarios o talismanes con los que se evoca a la persona amada, aquella que estaba distanciada o que quizá ya había muerto. Uno de ellos era el cabello.

 

Joyas invaluables

 

En la revista para mujeres Godey’s Lady’s Book de mayo de 1855, publicada en Estados Unidos, se expresa:

 

“El cabello es a la vez el más delicado y duradero de nuestros materiales y nos sobrevive como el amor. Es tan ligero, tan suave, por lo que escapar de la idea de la muerte, con un mechón de cabello perteneciente a un niño o un amigo, casi podemos mirar hacia el paraíso y comparar las notas con naturaleza angelical que casi se puede decir que tengo un pedazo de ti y no indigno de tu ser ahora.”

 

Desde tiempos muy antiguos se ha tratado de conservar el cabello de distintas formas. Como complemento de la joyería, fue hasta la época victoriana en Reino Unido, la cual abarcó buena parte del siglo XIX, cuando este tipo de artefactos lograron su máximo esplendor e incluso fueron considerados un arte.

 

Durante el luto, por ejemplo, se evitaba el uso de alhajas o elementos decorativos que llamaran la atención, sobre todo en las damas, cuya indumentaria debía ser rigurosamente de color negro. Poco a poco se permitieron prendas discretas, aretes, collares, pulseras, anillos o broches hechos con piezas talladas de ónix, cristales oscuros, elementos de vulcanita o ebonita, así como entretejidos de cabello que adornaban las peculiares piezas o que eran hechas en su totalidad por estos.

 

Respecto a estas últimas, algunas de las más comunes eran los medallones guardapelo que tuvieron gran fama y popularidad entre las familias, además de que tenían usos muy variados: podían ser colgados sobre el pecho por medio de una cadena o prendados con un sujetador o broche sobre la ropa, ideal para estar cerca del corazón.

 

Las joyas de este tipo estaban integradas por tres partes y para su confección se contrataba a artesanos, artistas y orfebres expertos. Por un lado, el tejedor se encargaba de la limpieza y conservación, así como de los diseños elaborados con el pelo, como trenzas, flores, hojas, canastillas, guirnaldas, iniciales, monogramas, ramilletes o paisajes. Otra persona elaboraba el retrato –pintado sobre base de marfil– de quien se extraían los cabellos. Por último, alguien elaboraba el soporte de la pieza y su montaje.

 

También un solo artista podía encargase de la mayor parte de la manufactura. Gabriel Lemonnier, joyero de la Corona francesa a mediados del siglo XIX, fue un ejemplo notable de ello. Por la maestría de sus trabajos fue galardonado con la Gran Medalla en la Exposición de Londres de 1851. La historiadora del arte Nuria Lázaro Milla, quien ha investigado la joyería del Museo del Romanticismo en Madrid, documentó el trabajo de este artífice en la hemerografía española. En una de sus publicaciones cita uno de los anuncios de ocasión de El Heraldo de 1855, en el que se promocionaba el taller del artista:

 

“MEDALLAS DE ORO Y PLATA. LEMMONIER, dibujante en cabellos, miembro de la Academia de la Industria, acaba de inventar muchas clases de trabajos, como las palmas, rizos, cifras, ramilletes, alegorías, etc., en su estado natural, sin mojarlos ni engomarlos; fabrica trenzas perfeccionadas por medios mecánicos; fabrica también tumbas que se abren como un cofrecito (con privilegio de invención), llamados relicarios, destinados a conservar los recuerdos de las personas ausentes.”

 

La investigadora también rescata de la revista madrileña para damas El Clamor Público, publicada el mismo año, los elogios por el trabajo de este notable artífice: “En París ha conseguido sujetar la moda a su capricho. Preguntad a una señora elegante su elección entre las joyas trabajadas con pelo de Lemonnier y las de otros joyeros, es bien seguro que dará su preferencia a las primeras”.

 

Los secretos del artista

 

Ante la gran demanda por estos trabajos, se empezaron a divulgar algunas de las técnicas para su elaboración. El artista Mark Campbell compartió su método para confeccionar las delicadas piezas en su libro Self-Instructor in the art of hair work (Nueva York, 1867). La primera etapa consistía en seleccionar y dividir el cabello por tamaños para formar mechones. Se utilizaba un bastidor en forma de mesa circular que mantenía separadas las pequeñas matas y estiradas por medio de pesas de plomo y atadas a estas con un nudo marinero. Después de la clasificación, cada montón se hervía con solución salina o carbonatada para eliminar las impurezas y se dejaban secar sin perder la tensión para que cada pelo quedara perfectamente liso.

 

Para poder realizar los bosquejos de flores y alegorías se utilizaban algunas herramientas, como navajas y tijeras de diferentes hojas afiladas, lápices para marcar los dibujos sobre las lajas de marfil, hilos de seda de varias gamas, cera amarilla, laca y goma de dragón o tragacanto (un tipo de pegamento). Se cortaban las hebras al tamaño de la imagen y se pegaban. En ocasiones se podían intercalar diferentes tonos de cabello, en caso de que el cliente solicitara integrar mechones de diferentes personas.

 

En el caso de los trenzados para cadenas, cordeles, esferillas o bombillas, se utilizaba la ayuda del mismo bastidor y también de molduras o tubos de diferentes grosores sobre los que se cruzaban las cerdas compuestas por veinte o treinta cabellos aproximadamente, pues variaba según los patrones, y que después de terminado el diseño se retiraban. El acabado daba la impresión de ser una verdadera filigrana. En la misma publicación se mostraba un catálogo con los diferentes esquemas que se podían realizar y sus instrucciones de tejido.

 

Entre otros objetos que se confeccionaron con esta técnica se encontraban las coronas funerarias, que eran enmarcadas o puestas en una caja de sombra para ser expuestas como objetos decorativos en las salas, despachos o recámaras de los hogares. Podían tener mechones de diferentes miembros de la familia, así como retratos, leyendas y nombres o iconografía funeraria como calaveras, cruces, esqueletos, urnas o palmas. Como eran diseños mucho más grandes y pesados, en ocasiones se utilizaban alambres delgados para darle mejor soporte y estructura al tejido.

 

 

Esta publicación es sólo un fragmento del artículo "Un mechón para no olvidarte" de la autora Monserrat Ugalde Bravo, que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 114.