¡Vamos al cine! Les recomendamos “Los caifanes”

(Juan Ibáñez, 1967)

La Redacción

En el argot de la época, llamaban caifán, principalmente en el ambiente de la vida nocturna, a aquel que “las puede todas”, que tiene arrojo, que no escatima al correr riesgos y vive desbocado en la aventura. Otra variante indica que los bailadores de cabaré, y hasta los padrotes, también eran nombrados de esta manera.

 

“Primero nacer… y la segunda parte, es la suerte”, dice el Capitán Gato mientras arroja una moneda al aire cuyo brillo destaca entre el espesor de la neblina que ha dejado la lluviosa noche decembrina. Quienes lo acompañan, observan absortos; intuyen, quizá, que su siguiente movida requerirá que expriman su suerte al máximo para eludir el riesgo. El Mazacote, el Azteca y el Estilos, sus amigos del alma y compinches, habían decidido empezar su noche de diversión en el cabaré Géminis, ubicado a las afueras del Centro Histórico de Ciudad de México, pero tienen que huir después de que el primero propicia una trifulca. Sin embargo, para estos cuatro caifanes la juerga apenas comienza.

Los amigos son también anfitriones esa noche de Paloma y Jaime, una joven y adinera pareja a la que se encuentran azarosamente cuando esta, intentando refugiarse de la lluvia, se encierra en el desvencijado auto en el que los cuatro camaradas se desplazarían al Géminis. La tensión entre ambas partes es inevitable desde el primer momento, pues las diferencias sociales, el estatus económico, el lenguaje, y en general los prejuicios que operan entre los caifanes y sus estirados acompañantes, condicionan la convivencia, aunque por momentos la diversión y la fiesta propician una suerte de fraternidad que una y otra vez se diluye en cada una de las aventuras que vivirán esa noche.

Las irreverentes aventuras que después emprenderán, entre las que destaca el momento en que el Azteca coloca varias prendas robadas a la Diana Cazadora de Paseo de la Reforma, ocurren en escenarios simbólicos de aquella capital nacional: una funeraria, la taquería, una vecindad, el Zócalo, el ex Convento de Churubusco, la fiesta de pretensiones intelectuales de la que se fuga la pareja además del mencionado cabaré. En ese 1966 que está llegando a su fin, son claras también las aspiraciones de algunos jóvenes –como Paloma y los caifanes– de romper las barreras imperantes en la sociedad, en un entorno de disrupción y cambios socioculturales en México.

Así, en aquella Ciudad de México sin cámaras de vigilancia como hoy, pero bajo el estricto resguardo de los aparatos policiacos que distinguieron a las regencias de Ernesto P. Uruchurtu y Alfonso Corona del Rosal, las cuales censuraron todo registro de vida nocturna que oliera a disidencia, los jóvenes barriobajeros y la pareja lograron hacer de las suyas, dando vida a la entrañable trama de Los caifanes, cinta dirigida por Juan Ibáñez, que también es autor del guion junto al escritor Carlos Fuentes, quienes inscribieron el relato cinematográfico a un concurso del género que finalmente ganarían y que les permitiría filmarla.

Originalmente llamada Fuera del mundo –título con el que concursó y con el que comenzó a rodarse–, esta cinta grabada en cerca de cinco semanas, prácticamente a salto de mata dadas las complicaciones sindicales que interrumpieron la filmación en repetidas ocasiones, es hasta hoy un hito del séptimo arte nacional que inauguró el llamado nuevo cine mexicano, escisión también de una generación de jóvenes que buscó resquebrajar las costumbres de su tiempo.

 

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Los caifanes