Terapia con sanguijuelas

Negocios y salud pública en el siglo XIX

Consuelo Cuevas-Cardona

 

En todo el mundo y durante siglos las sanguijuelas han sido utilizadas para curar diferentes afecciones. En la antigüedad su uso se relacionó con el equilibrio de los cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra; sin embargo, aun después de que esta suposición desapareció, las sanguijuelas se siguieron utilizando para tratar de aliviar diferentes padecimientos.

 

 

En el periódico mexicano El Siglo Diez y Nueve del 6 de octubre de 1849, por ejemplo, se escribió un artículo que informaba que había epidemias de cólera en varias partes del mundo. Se señaló que los gobiernos de distintos países habían dado instrucciones sobre la manera de tratar a los enfermos y dieron recomendaciones tales como frotar el cuerpo con vinagre caliente o con aguardiente y dar a beber infusiones de hierbabuena. De acuerdo con la nota, el gobierno de Rusia señaló que cuando “ni los dolores ni los vómitos dieran tregua”, debían ponerse en el estómago de los adultos de doce a veinte sanguijuelas y en el de los niños de seis a diez.

 

En el mismo diario, pero del 25 de diciembre de 1878, se escribió que para curar la rabia debían ponerse de cinco a seis sanguijuelas por encima y alrededor de las heridas provocadas por el perro, con el fin de extraer en parte el virus con la sangre. También se recomendaba colocarlas para contrarrestar los efectos de las mordeduras de animales ponzoñosos.

 

A pesar de que estos usos pronto mostraron su ineficacia, en 1884 el fisiólogo británico John B. Haycraft descubrió que en la saliva de las sanguijuelas existe un potente anticoagulante al que se dio el nombre de “hirudina”. Posteriormente se encontraron también sustancias vasodilatadoras, que permiten que la sangre fluya más rápido, anestésicos y antibióticos. Es así que realmente había razones científicas para que algunos pacientes sintieran alivio, sobre todo en los casos en que había inflamación y úlceras.

 

Patentes y sanguijuelas

 

Cuando un inventor desea comercializar alguno de los productos que ha ideado, solicita la protección del Estado, o sea la patente o el derecho de propiedad, para poder hacerlo de manera exclusiva, es decir, para que nadie pueda imitar el producto en cuestión y venderlo por su cuenta, por lo menos durante varios años. El primer decreto al respecto que hubo en lo que hoy es México fue emitido por las Cortes españolas el 2 de octubre de 1820. El 7 de junio de 1890 surgió otro en el que se establecía que no podían ser sujetos de patente los principios o descubrimientos científicos, mientras fueran meramente teóricos y no se pudieran convertir en una máquina, aparato, instrumento, procedimiento u operación mecánica o química, de carácter industrial. Este principio continúa vigente hasta la fecha, por lo tanto, lo que se encuentra en la naturaleza, los seres vivos, las rocas o los fenómenos que ocurren en la Tierra y en el universo no pueden ser patentados, aun cuando anteriormente hayan sido desconocidos por el ser humano.

 

En el Archivo General de la Nación se encuentra una amplia sección en la que se pueden encontrar las solicitudes de patente que se hicieron en los siglos XIX y XX. Entre estas se halla la realizada por Manuel Monti y Sorela, el 17 de enero de 1855, para que se le otorgara el privilegio de cultivar sanguijuelas de la especie Hirudo officinalis (hoy Hirudo medicinalis), con fines terapéuticos. El invento de Monti y Sorela consistía en una técnica de cultivo para lograr la reproducción de estos gusanos, con el fin de que se pudieran vender a los médicos que los necesitaran. En su proyecto describió las características que debía tener el terreno: un sitio inundado en el que hubiera desagües para manejar convenientemente la entrada y salida del agua. Las sanguijuelas serían alimentadas con la sangre de caballos, en tiempos fijos. Monti y Sorela se comprometió a presentar a la Academia Nacional de Medicina las primeras producciones y una obra con todos los detalles del sistema. La razón principal para cultivar la especie de Europa, de acuerdo con el solicitante, era el hecho de que el uso de especies nativas había ocasionado ya la muerte de algunas personas.

 

Con el nacimiento de la industria farmacéutica, el uso de las sanguijuelas disminuyó. Sin embargo, en la década de los sesenta del siglo XX, dos cirujanos eslovenos describieron su aplicación para prevenir la congestión venosa en los trasplantes de tejidos. A partir de entonces se ha visto su utilidad en numerosos casos de cirugía reconstructiva. Por ejemplo, las orejas son muy difíciles de trasplantar debido a la rapidísima coagulación de los vasos sanguíneos y con las sanguijuelas se ha logrado terminar el proceso. También se han utilizado para tratar artritis reumatoide, pues reduce la rigidez y calma el dolor de manera más efectiva que los antiinflamatorios tradicionales, y en casos de gangrena y heridas necróticas (degeneración de un tejido por muerte de sus células).

 

¿Qué decía el Consejo Superior de Salubridad?

 

Cuando Monti y Sorela presentó su solicitud, el órgano autorizado para decidir si las patentes relacionadas con la salud se otorgaban o no era el Consejo Superior de Salubridad. Este organismo se estableció en México el 4 de enero de 1841 para vigilar la práctica correcta del ejercicio de la medicina y la farmacia, establecer leyes que rigieran estas actividades, llevar a cabo acciones sanitarias, estudiar las epidemias y elaborar estadísticas de mortalidad. Se integraba por tres médicos, un farmacéutico y un químico, todos con un gran prestigio profesional.

 

Cuando se les presentó la solicitud de Monti y Sorela, en su informe establecieron que, efectivamente, en varios casos de aplicación de sanguijuelas en Ciudad de México había ocurrido la muerte de pacientes y, por esta razón, muchos médicos se habían abstenido de utilizar este método que había mostrado su eficacia en otras partes del mundo. Sin embargo, plantearon que había especies nativas, de Querétaro y de Tehuacán, que no habían provocado accidentes mortales. A pesar de lo anterior, reconocieron que la Hirudo officinalis era la especie curativa y la describieron para que no hubiera dudas: “tiene de cuatro a seis pulgadas de largo y a veces siete, su piel es verde claro, en el dorso se notan estrías longitudinales, atironadas, salpicadas de puntos negros, el vientre es color de olivo, seis manchas, dos líneas negras laterales”.

 

A los médicos, sin embargo, les preocupaba que una vez traída la primera sanguijuela de Europa se pudiera cometer el fraude de mezclar algunas de las nativas que se le parecieran y venderlas al mismo precio. También les inquietaba que se pudieran comprar gusanos usados con anterioridad, sin dar el tiempo necesario para que digirieran la sangre, lo que expondría a los enfermos a contraer alguna enfermedad contagiosa. Asimismo, debía evitarse que se les alimentara con caballos enfermos de marasmo (agotamiento o enflaquecimiento) u otra enfermedad transmisible al ser humano. Así pues, se sugería que hubiera un estricto control y que, de darse la patente, una comisión visitara con frecuencia los viveros para reconocer minuciosamente a los gusanos y a los caballos que les servirían de alimento.

 

Otra de las preocupaciones era que el negocio pudiera convertirse en un monopolio. Supusieron que en el futuro podría encontrarse que la misma especie habitaba en México y entonces la patente otorgada a Monti y Sorela obligaría a las personas a comprarle los gusanos solo a él, al precio que quisiera. Para resolver esto se decidió no prohibir la venta de sanguijuelas provenientes de Querétaro y de Tehuacán.

 

 

Esta publicación sólo es un fragmento del artículo "Terapia con sanguijuelas" de la autora Consuelo Cuevas-Cardona, que se publicó en Relatos e Historias en México, número 115