Picardía popular en la cocina mexicana

De aromas, sabores, texturas y refranes

Mario Humberto Ruz

En el habla de los mexicanos abundan las referencias a las veleidades de la conducta humana tomando como pretexto a los vegetales. Por ejemplo, la frase “al nopal lo van a ver sólo cuando hay tunas”, que evoca la opulencia, la carestía y el abandono.

 

Ahora que, si de veladas alusiones sexuales parloteamos, allí están otras como: “Con esa carne, ni frijoles pido”, o, “Como dueño de mi atole, lo menearé con un palo”, “Si como lo menea lo bate, ¡ah, que rico chocolate!”, “Ganas tiene el aceite de chirriar ese tocino”. Y de que las diferencias generacionales son proverbialmente respetadas, son muestra el dicho “los aguacates y las muchachas maduran a puro apretón”, y hasta esos que parecen habernos dedicado a los ya mayores: “Como los frijoles viejos, que al primer hervor arrugan”, y “Cuando andes a medios chiles, búscate medias cebollas”.

En el corpus paremiológico mexicano, que da cuenta puntual de variedades de historia regional filológica a través de la creación o adaptación de refranes, abundan las referencias a las veleidades de la conducta humana tomando como pretexto a los vegetales. Vayan como ejemplo, “No te hagas como la chía, que no era pero se hacía”, o el muy certero “Al nopal lo van a ver solo cuando tiene tunas”, afirmación tan rotunda como dolida, de la cual parece tomar venganza aquella sentencia del modesto texpocote: “Seré un pobre tejocote, pero no de tu piñata”.

Ya que de virtudes hablamos, ¿cómo no evocar la humildad de la jícama, a la que se alude incluso a nivel del lenguaje popular, al apuntar decires como aquel de “Una vieja tan, tan gorda, con la cara desteñida, como tiene un solo pelo, se entierra, tan afligida”, o el otro: “El que come jícama, merece jáquima”, que marida al producto americano con la lengua árabe andalusí šakíma/xaquima, en alusión a la cabezada de cordel, que suple por el cabestro, para atar los caballos. Humilde, cierto, pero que mereció elogios de eclesiásticos como Diego de Landa, quien la conoció en Yucatán y la calificó de “fruta a maravilla fresca y sabrosa”, y con cuya imagen juegan textos mayas como el Chilam Balam de Chumayel, que plantea una adivinanza en el lenguaje sagrado de Zuyua: “Hijos, traedme unos viejos cuidadores de milpas. Que en un solo moño traiga él atados los vellos de su pubis con los de su mujer; del lodo de la lluvia traedlos aquí, con muchachas guardadoras de milpa. Yo voy a blanquear a las muchachas, y voy a quitarles los vestidos de encima y me las voy a comer”.

Por el contrario, como advertencias contra la presunción y la soberbia allí están: “Al mejor mico, se le cae el zapote”, y “A la mejor cocinera, se le queman los frijoles”. Sin faltar los que reprochan la presunción, a veces teñida de mentira: “Comen frijoles y repiten pollo”, refrán que nos recuerda lo asentado por el inglés Thomas Gage sobre los españoles y criollos vecinos de Ciudad Real, hoy San Cristóbal de las Casas, quienes tras comer un potaje de frijoles salían a la puerta “para que los vean”, y al pasar un conocido exclamarían: “Caballero, tarde llega, y me pesa; que acabo de comerme una perdiz excelente”. Y a través de refranes se expresan también muestras de las rivalidades regionales. Vaya como ejemplo uno chiapaneco, casi seguramente surgido en esa misma capital colonial de Chiapas, cuyos nativos son conocidos como “coletos”, el cual declara: “No hay guatemalteco fiel, ni tabasqueño discreto, no hay dulce como la miel, ni puerco como el coleto”.

 

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