Desde sus orígenes en la Europa medieval —cuando simples lupas ayudaban a monjes a copiar manuscritos— el microscopio transformó para siempre la manera de observar el mundo. Pero su historia no se limita a grandes nombres europeos: también en la Nueva España hubo curiosidad, ingenio y ciencia.
A mediados del siglo XVII, un religioso poblano escribió a Europa solicitando pequeños lentes para construir sus propios microscopios. Cuando finalmente llegaron, el asombro fue tal que su casa se llenó de personas deseosas de ver aquello que hasta entonces era invisible. Pulgas, insectos y estructuras diminutas se convirtieron en espectáculo… y en conocimiento.
Poco después, figuras como Carlos de Sigüenza y Góngora comenzaron a utilizar estos instrumentos no sólo por curiosidad, sino para estudiar fenómenos naturales. Durante una crisis agrícola en el siglo XVII, logró identificar diminutos organismos responsables de enfermedades en los cultivos, adelantándose a su tiempo.
En el siglo XVIII, el interés científico creció. Intelectuales novohispanos observaron insectos, describieron fenómenos naturales e incluso imaginaron máquinas inspiradas en lo que veían al microscopio. Algunos instrumentos eran tan costosos que equivalían a meses —o años— de salario, lo que muestra su enorme valor en la época.
Ya en el siglo XIX, con la fundación de sociedades científicas en México, el microscopio se convirtió en una herramienta clave para estudiar enfermedades, plagas agrícolas e incluso los microorganismos presentes en bebidas tradicionales como el pulque. Lo invisible empezaba a explicar lo cotidiano.
Hoy, los avances han llevado la microscopía a niveles impensables: desde observar células hasta explorar átomos. Sin embargo, el asombro sigue siendo el mismo que en aquella casa poblana del siglo XVII: descubrir un universo oculto a simple vista.
¿Cómo se vivió este proceso en México? ¿Quiénes fueron sus protagonistas y qué observaron exactamente?
Descubre la historia completa en nuestro artículo dentro de la revista número 209.
