• miércoles, 19 de septiembre de 2018.

Leona Vicario III

Por: Celia del Palacio Montiel

A principios de 1813, uno de los arrieros que llevaba los mensajes secretos, fue descubierto e interrogado por la Junta de Seguridad de la Inquisición, delatando a la joven heredera. Leona escapó milagrosamente de ser aprehendida de inmediato gracias a un mensaje que sus amigos los Guadalupes le hicieron llegar. La muchacha, acompañada por sus dos damas de compañía, pretextando que iba a una fiesta campestre –una “Jamaica”–, salió en un coche de alquiler hasta San Juanico donde se le unieron su cocinera y su ama de llaves.

De ahí se fueron caminando hasta Huixquilucan con la intención de llegar al campamento de López Rayón en Tlalpujahua. Fueron largas las jornadas a pie entre los cerros, escondiéndose de las partidas militares, durmiendo en cualquier lado, sin agua ni alimentos.

¿De qué le servían sus lecturas de Voltaire y de Rosseau cuando a la mitad de la noche escuchaba el aullido de los coyotes? ¿Dónde quedaba la filosofía cuando tenía que arrastrarse en el lodo y ocultarse entre los breñales para que no la encontraran los salteadores? Seis días más tarde llegaron a Huixquilucan, pero no terminaron ahí sus penalidades. Los indios asustados de ver a cinco mujeres despeinadas y sucias dudaron en darles abrigo. ¿Quiénes podían ser si no escapadas de la justicia? Durmieron en una choza sin techo, y los enviados de su tío las encontraron enfermas y fueron conducidas de regreso a la capital. Don Agustín no consiguió detener el proceso en curso: sólo logró que Leona fuera recluida en el Colegio de San Miguel de Belén en vez de la cárcel o las Recogidas.

El virrey ordenó aumentar la vigilancia en las garitas, por lo que Leona tuvo que permanecer oculta. Finalmente, salió de la ciudad de México disfrazada de negra, con la cara pintada y cubierta de harapos, en compañía de varios arrieros y sus mulas cargadas de cueros de pulque y huacales de fruta. Entretanto, fue condenada en ausencia por el gobierno virreinal y sus bienes fueron confiscados en 1816. Un año más tarde se subastaron sus pertenencias en pública almoneda, comprándolas su tío Agustín a mitad de su precio.

Los insurgentes que se hallaban en Tlalpujahua, abandonaron la plaza debido a las derrotas frente al ejército realista. A finales de abril, estalló su depósito de pólvora y muchos perdieron la vida, entre ellos el primo de Leona, Manuel Fernández de San Salvador, que ya era alférez. Morelos pidió a López Rayón que se dirigiera al sur.

Leona se encaminó a Oaxaca, ya en poder de los insurgentes. Se rumoraba que allí se llevaría a cabo un congreso, órgano de gobierno del movimiento, donde tendrían representación todas las provincias de México. Allá se encontraban varios amigos de Leona, como Carlos María de Bustamante.

El Congreso no sesionó en Oaxaca, sino en Chilpancingo en septiembre de 1813 y ahí Leona recibió el homenaje de Morelos y el Congreso la nombró “Benemérita”, por su valor y sus acciones. Allí se reunió Leona con Quintana Roo, quien fungía como vicepresidente del Congreso del Anáhuac.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “Leona Vicario” de la autora Celia del Palacio Montiel y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 32.

 

Si deseas consultar otras entradas asociadas a este tema semanal, haz clic en la etiqueta TS Andrés Quintana Roo y Leona Vicario, en la barra inferior.