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  • martes, 19 de junio de 2018.

Leona Vicario

Heroína insurgente
Por: Celia del Palacio Montiel

La vida de esta valiente patriota es sorprendente. A pesar de haber sido educada en un ambiente de privilegios y comodidades, Leona Vicario desarrolló una especial sensibilidad contra las injusticias, que la llevó a pasar por encima de los prejuicios para dar todo de sí por el deseo de ver su tierra liberada. En este artículo la historiadora rescata de las brumas del pasado aspectos desconocidos de esta admirable mujer y su invariable apego a los ideales de la Independencia.

 

María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador nació en la ciudad de México el 10 de abril de 1789 como hija única del segundo matrimonio de su padre, don Gaspar Martín Vicario, español procedente de Castilla la Vieja, que afincado en la Nueva España, se dedicó al comercio, logrando al final de su vida un éxito poco común. Su madre, doña Camila Fernández de San Salvador, provenía de una familia de pocos recursos afincada en Toluca. Leona tuvo dos medias hermanas: Brígida, que profesó en un convento en España, y María Luisa, que se casó con don Antonio Guadalupe Vivanco, marqués del mismo nombre.

En sus años de adolescencia, la joven Leona recibió una educación esmerada, que excedió con mucho a los parámetros de la época. En la biblioteca de Leona se encontraban diversos tipos de libros: adelantos científicos, obras filosóficas y literarias, además de los libros de oraciones. Se sabe que dominaba el francés y que figuró entre sus maestros el pintor Tirado; gracias a sus lecciones, Leona dibujaba y pintaba con “mano hábil”, sin dejar por ello de ocuparse del arreglo de su casa y de su persona con telas y adornos de excelente gusto.

Octaviano Obregón, joven heredero originario de Guanajuato, graduado ya de abogado, solicitó el permiso de sus padres para cortejar a Leona, con el consentimiento de la muchacha, quien encontraba al sobrino del conde de la Valenciana y propietario de varias minas en el Real de Catorce, muy de su agrado. En compañía de Octaviano y su hermana Luz Obregón, Leona pasó los últimos años antes de la guerra. La muchacha quedó huérfana en 1807, sin embargo, antes de morir su madre, se firmaron las capitulaciones matrimoniales.

Don Octaviano Obregón, así como don Ignacio, padre de éste, eran cercanos al virrey Iturrigaray por lo que cuando llegó a México la noticia de la invasión de España por las tropas francesas y de la prisión del rey Fernando VII en 1808, los Obregón secundaron el plan de Talamantes, Primo Verdad y Azcárate a fin de que la soberanía regresara al pueblo y el virrey Iturrigaray encabezara un gobierno autónomo. Cuando el virrey fue encarcelado tras el golpe de Gabriel del Yermo, el suegro de Leona se vio herido y luego muerto en su casa de Guanajuato, mientras que Octaviano Obregón, a pesar del compromiso matrimonial firmado con la madre de Leona, se fue a Cádiz.

A fines de 1808 Leona, de 19 años, era una rica heredera (la fortuna de su padre ascendía a más de cien mil pesos), acababa de mudarse a una casa espaciosa en la calle de don Juan Manuel, donde vivía con su tío y apoderado don Agustín Pomposo Fernández de San Salvador y su numerosa familia, en alas separadas, conservando a la vez su independencia. Don Agustín era abogado y gozaba de una excelente reputación en el gobierno virreinal. Había sido dos veces rector de la Universidad y publicó varios opúsculos a favor de Fernando VII y contra el movimiento insurgente.

Leona en cambio, era partidaria de la autonomía de la Nueva España, y sus numerosas lecturas la llevaron a buscar otros compañeros que compartieran sus ilustradas inquietudes. Tal vez por influencia de la familia Obregón, se dice que Leona comenzó a frecuentar a los Guadalupes, un grupo de personas de todas clases sociales que favorecía la autonomía y que estaba en contacto con otros conspiradores en Valladolid, San Miguel el Grande y Querétaro.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “Leona Vicario” de la autora Celia del Palacio Montiel y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 32.

 

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