La serpiente emplumada y el barrendero de la lluvia

Entre los otomíes y los nahuas

David Charles Wright Carr

La serpiente emplumada fue venerada por varios pueblos mesoamericanos. Su nombre en náhuatl, Quetzalcóatl, es el más conocido, pero tenía nombres en otros idiomas, entre estos el otomí. En este artículo se habla acerca de la importancia de este numen en Mesoamérica y los vestigios de este símbolo sagrado que perduran entre los otomíes de nuestros tiempos.

 

Otomíes y nahuas

La familia lingüística otopame tiene raíces milenarias en el Altiplano Central y el centro-norte de México. Cuando surgieron las primeras aldeas agrícolas en esta región, la lengua proto-otopame tenía poca diversidad interna. La primera ramificación separó los otopames del norte (los antepasados de las variantes del pame y del chichimeco jonaz) de los del sur (los que después hablarían otomí, mazahua, matlatzinca y tlahuica). La distribución geográfica de las lenguas otopames corresponde, a grandes rasgos, con su cercanía lingüística. Esto significa que sus hablantes ocupaban aproximadamente los mismos territorios desde antes de las ramificaciones internas de esta familia. En pocas palabras: los otopames cuentan entre los pueblos más antiguos del centro del país.

Podemos observar algo similar en el occidente de México, la tierra de origen de las lenguas yutonahuas. Su idioma ancestral se partió en dos hace varios milenios, cuando algunos grupos migraron hacia el norte, llegando hasta lo que ahora es el oeste de Estados Unidos. La lengua de los que se quedaron en lo que hoy es territorio mexicano tuvo una serie de ramificaciones internas, dando origen a las lenguas cora, huichol, yaqui, mayo, tarahumara, pima y las variantes del náhuatl, entre otras. Los nahuas fueron los más móviles, pues emprendieron migraciones que los llevaron hasta Guerrero, Oaxaca, la costa del golfo de México, la zona maya y Nicaragua. Las migraciones nahuas hacia el Altiplano Central probablemente se dieron después de la caída de Teotihuacan, y de una manera más intensa durante el Posclásico, en los últimos siglos antes de la invasión española.

Cuando llegó Hernán Cortés al valle de México, los otomíes, nahuas y otros grupos ya habían estado conviviendo en el centro de México durante más de medio milenio y compartían muchos rasgos culturales. Tenían esencialmente las mismas estructuras sociales, cultura material, formas de producción, cosmovisión, calendario, ritos y tradiciones. Vivían en las mismas regiones; a menudo, en los mismos señoríos. Había una cultura centromexicana plurilingüe.

Existe la tendencia historiográfica de ver a los otomíes como un pueblo subyugado por los nahuas. En realidad, los bloques político-militares eran independientes de la distribución lingüística. Por ejemplo, cuando los ejércitos de la Triple Alianza de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan iban a la guerra contra la confederación tlaxcalteca, en ambos lados del conflicto había nahuas y otomíes, entre otros grupos, pues cada una de estas agrupaciones políticas tenía una composición plurilingüe.

La serpiente emplumada

Los antiguos mesoamericanos veneraban su entorno. Como pueblo agrícola, dependían de la fertilidad de la tierra; del agua de las lluvias, manantiales, lagos y ríos; del viento que mueve las nubes; del Sol, la Luna y Venus, que marcaban el paso de los ciclos calendáricos; y de toda clase de seres vivos. En los rituales, donde se manifestaban los mitos sagrados, las personas se vinculaban simbólicamente con su entorno. Como todas las sociedades, los pueblos originarios de estas tierras heredaron una tradición simbólica que se adaptaba continuamente a su mundo cambiante. Las entidades simbólicas tenían fundamentos en el mundo natural. Se llamaban ojä en otomí y tēteoh (plural de teōtl) en náhuatl. Podemos nombrarlas en castellano con palabras como “dios”, “deidad” y “numen”, pero los significados varían entre la tradición esoamericana y la europea.

Una de las entidades simbólicas más veneradas por los antiguos mesoamericanos era la serpiente emplumada. Las primeras representaciones pictóricas y escultóricas de este símbolo se encuentran en el horizonte olmeca, hace unos tres mil años, aunque de manera tentativa, por lo que no podemos afirmar que se trate del concepto más desarrollado que encontramos en los albores del periodo Clásico, en el Templo de la Serpiente Emplumada en la ciudad de Teotihuacan. Aquí vemos a varias serpientes emplumadas, talladas en relieve, en los taludes y tableros de este imponente basamento. Aparece en el contexto global de la montaña sagrada, entre conchas marinas y deidades relacionadas con la lluvia y la fertilidad de la tierra. Consta de una víbora de cascabel con su cuerpo recubierto de plumas verdes. Esta es la forma que conservará durante más de un milenio a lo largo y ancho de Mesoamérica, ya sea tallada en piedra, modelada en cerámica o pintada en los muros de edificios sagrados y en los códices.

 

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