• 21-nov-2019.

La polémica que causó la teoría darwinista en el México del siglo XIX

“Los parientes legítimos de los gorilas”
Consuelo Cuevas-Cardona

 

En México, hubo personajes que apoyaron las propuestas de Darwin, como el maestro Justo Sierra, quien expresó la necesidad de modificar la enseñanza de la historia para darles cabida. En 1877 publicó su Compendio de historia de la antigüedad, en el que trató de explicar el origen del universo a partir de un caos gaseoso inicial. Esto causó gran alarma entre la Sociedad Católica que consideró degradante educar que el hombre no había sido moldeado del barro por Dios, sino que procedía de larvas intestinales, gusanos y ajolotes.

 

Una de las ideas de Charles Darwin que más impactó a la sociedad de su época fue el hecho de que el ser humano es una especie que, como todas las que habitan el planeta, tiene una larga historia evolutiva, lo que deja en entredicho su origen divino. En sus obras El origen de las especies y El origen del hombre, Darwin intentó mostrar que todos los seres vivos estamos relacionados y que el género humano es muy cercano a los grandes simios como el chimpancé, el gorila y el orangután. Esto llevó a fuertes debates en todo el mundo, especialmente en Inglaterra.

¿Qué ocurrió en México? El historiador Roberto Moreno de los Arcos escribió el libro La polémica del darwinismo en México. Siglo XIX, en el que hizo el análisis de libros, revistas y periódicos con el fin de encontrar las discusiones que se dieron sobre el tema. Él señaló que el primero en publicar acerca de las ideas darwinistas fue Justo Sierra, en 1875. Sin embargo, en el periódico El Monitor Republicano, en una columna llamada “Humoradas dominicales”, pueden encontrase las primeras disertaciones que se dieron al respecto, en 1870. El autor de esta fue el polaco nacionalizado mexicano Gustavo Gosdawa, barón de Gostkowski, quien fuera muy amigo de algunos liberales y con quienes fundó la Sociedad de Libres Pensadores.

 

Gostkowski y sus humoradas

 

El barón nació en Polonia, sin que se sepa exactamente en qué año de la década de 1840; de madre francesa y padre polaco. Tuvo que salir de su país por la terrible represión rusa y se cree que llegó a México en 1868, o es cuando su presencia se registra debido a sus publicaciones en el periódico Le Trait d’Union. En El Monitor Republicano publicó sus “Humoradas dominicales” entre octubre de 1869 y febrero de 1871; después fundó el semanario El Domingo, en donde continuaron saliendo entre 1871 y 1873 y, finalmente, en la Revista Universal en los últimos meses de 1875. En esta columna trató diversos temas, desde política internacional hasta crítica de teatro. Así, en una misma columna podía abordar aspectos de la historia de algún país, junto con sus observaciones de la ópera que se había presentado aquella semana en el Teatro Nacional.

En muchas ocasiones abordó temas polémicos, como el divorcio. Después de alabar una obra de teatro en la que se escenificó el adulterio, comentó que el remedio para evitarlo era la disolubilidad del matrimonio.

Ante esto, las protestas de otros periodistas no se hicieron esperar. En El Pájaro Verde del 30 de agosto de 1876 se dijo que era muy fácil “proponer tan importante problema social en mediode la ficción escénica y resolverlo después con una plumada en un artículo de periódico”. El redactor de la nota planteaba que esa idea atentaría contra la propiedad, por los constantes litigios que enfrentaría la pareja; contra los hijos, que serían tachados de bastardos; y contra la moral, pues tanto el hombre como la mujer cambiarían de pareja como de trajes o de calcetines. Sin embargo, Gostkowski no se dejaba amedrentar y escribió críticas incluso de temas que seguramente molestaron a varios de sus lectores, como era el caso de ciertos hombres feos y viejos, pero poderosos y adinerados, que compraban a jovencitas para casarse con ellas, “y he aquí por qué en nuestros días se ven esos enlaces de una virgen de 20 años con un sátiro de 60”.

Otro de los temas que abordó en varias de sus columnas fue, precisamente, el de la evolución humana. El 22 de mayo de 1870 escribió: “Preguntémonos con terror [...] si no debemos ver en el hombre, en lugar del rey de la creación, un simple cabo de fila del orden de los primates y considerarlo no ya como una imagen de la Divinidad, sino como pariente legítimo del gorila [...] Preguntémonos si no será en los bosques del Gabón, de la Guinea y de Borneo en donde habremos de buscar nuestros primeros padres y nuestra cuna”.

Dado que su escrito recibió numerosos ataques, el 19 de junio siguiente insistió en el tema y señaló que no solo Darwin, sino otros sabios como Lamarck, Saint-Hilaire, Huxley y Zimmerman habían mostrado con claridad “que desde la madrépora hasta el hombre la filiación es directa y sin hueco alguno”. Gostkowski recordó la creencia que se había tenido durante siglos acerca de que la Tierra era el centro del Universo y cómo ya la ciencia había demostrado que nuestro planeta “no es sino un punto perdido en el infinito”, uno más de muchos otros mundos existentes en el espacio. Así, ahora, el ser humano debía enfrentarse con la realidad y reconocer su genealogía, porque: “Como micos perfeccionados, hay circunstancias atenuantes para las debilidades de nuestra naturaleza, debilidades que no se explicarían si continuásemos sosteniendo que hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios”.

Y el barón trató el tema en columnas de años posteriores. El 15 de marzo de 1874 escribió: “Dicen mis adversarios que la superioridad de los hombres sobre los monos es tan evidente, que no vale la pena tomarse el trabajo de discutirla. Perdón señores, pero esta superioridad en cuanto a la parte anatómica no la veo tan clara. Yo declaro estar muy poco satisfecho de mi organización física, la única superioridad que tal vez existe a favor de los hombres es la de poder beber sin tener sed, enamorar en todas las estaciones y sacar lumbre cuando se nos antoja”.

 

El barón y los liberales

 

En una de sus humoradas, Gostkowski explicó que a principios del siglo XVIII Polonia era un país tranquilo, que no necesitaba de policía ni de ejército porque la paz reinaba en las calles de las ciudades y en los campos de las zonas rurales. Sin embargo, llegaron al país sacerdotes romanos y jesuitas que se volvieron perseguidores de la libertad religiosa y empezaron a mandar a la gente a la hoguera. Para huir de eso, muchas personas se fueron del lado de la Rusia ortodoxa que pronto dominó y sometió a toda Polonia. Gostkowski señaló que esa era la razón por la que él había jurado un odio implacable a la iglesia romana.

Este sentir era compartido por los liberales mexicanos, pues ellos defendían todas las libertades, especialmente la religiosa, y pensaban que el catolicismo se había impues to a la sociedad para dominarla. En el periódico de la Sociedad de Libres Pensadores de México en la que militaron los hermanos Sierra, Justo y Santiago, Ignacio Manuel Altamirano y el propio Gostkowski, se dedicaron varios artículos a atacar al partido clerical, “eterno enemigo de las libertades públicas y del progreso”, que tenía sometida a la población en la ignorancia y el terror religioso. Aclararon a la Sociedad Católica de México, agrupación que publicaba el periódico La Voz de México, que no tenían nada contra sus creencias, sino contra la prohibición que hacían a los demás de ejercer la religión que quisieran. Los libres pensadores defendían la democracia y estaban en contra del absolutismo; se manifestaban a favor de la educación pública y la instrucción universal porque sabían que era el fundamento de la república.

La amistad y simpatía que sintieron los liberales mexicanos por Gostkowski queda de manifiesto en las palabras que Ignacio Manuel Altamirano le dedicó en el periódico El Federalista, del 9 de enero de 1871: “¡Cuántas veces he envidiado a mi querido amigo el barón de Gostkowski, cuyo numen inagotable se mece siempre en esferas superiores, encantando a sus oyentes con la gracia infinita de su estilo galante y chispeante!”. Por su parte, Justo Sierra le dedicó una semblanza en el mismo periódico, pero del 20 de junio de 1874, y escribió que el barón era un hombre seductor, elegante y simpático que alegraba cotidianamente la calle de Plateros con sus ruidosas conversaciones. Más allá de su estilo y de su simpatía, seguramente un hecho por el que este hombre fue respetado y querido se debió al amor que sintió por México –se nacionalizó como mexicano en 1881– y durante sus viajes a Europa siempre sostuvo que el nuestro era un pueblo culto y civilizado.

 

Los hermanos Sierra y las ideas evolucionistas

 

En 1875 Justo Sierra escribió varias notas a favor de la teoría de Darwin en diferentes periódicos. En El Federalista del 10 de noviembre expresó la necesidad de modificar la enseñanza de la historia para rastrear nuestro origen más allá del mundo animal y vegetal, “hasta las primeras manifestaciones de la fuerza vital en el planeta”. En 1877 fue nombrado profesor de Cronología e historia general del país en la Escuela Nacional Preparatoria y tuvo la oportunidad de enseñar sus ideas. Para dar su clase escribió el libro Compendio de historia de la antigüedad, cuya primera parte se publicó a finales de 1877 por entregas. Inmediatamente, el 25 de enero de 1878, en La Voz de México se publicó el artículo “Un nuevo libro de texto en la Escuela Nacional Preparatoria” en el que se decía que habían recibido las dos primeras entregas del texto mencionado, escrito por el profesor de Historia, y que desde las primeras páginas lo encontraban explícitamente anticatólico.

Al inicio de su libro, Sierra trató de explicar el origen del Universo a partir de un caos gaseoso inicial, con lo que negaba el Génesis bíblico. Esto, por supuesto, causó gran alarma entre la Sociedad Católica. En el artículo criticaron acremente estas ideas y señalaron que si en la formación del mundo se registraban “tales errores” en lo que se refería al origen del hombre se ofrecía un cuadro de hipótesis tan degradantes que la dignidad humana resultaba muy lastimada porque se pretendía mostrar que el hombre no había sido moldeado del barro por Dios, sino que procedía de larvas intestinales, gusanos y ajolotes. El 30 de enero, Santiago Sierra publicó en el periódico La Libertad que “la patología mental de los que padecen la hipocondría Femística los hacen creer que sus argumentos cobran fuerza torciendo los conceptos del contrario”. Que Darwin lo que había escrito es que “El hombre desciende de una organización inferior”, y que “los seres humanos y los monos son hermanos porque descienden de un tronco común”.

Las dos entregas de 1878 están perdidas; el libro que ha llegado hasta nosotros fue el que se publicó en 1880. En este puede leerse que Justo Sierra explicó sucintamente la teoría evolucionista: “Darwin y sus discípulos sostienen que la explicación científica del origen del hombre estriba en lo que se llama la transformación de las especies, supone que unas especies simples se han ido transformando en otras más complejas en virtud de la selección natural”.

Después de tratar acerca de la sobrevivencia de los individuos más aptos en la lucha por la existencia, se mostró muy cauto al afirmar: “Partiendo de estas bases, los darwinistas se han creído autorizados a afirmar, a pesar de las protestas de muchos hombres de ciencia, que el hombre y el orangután descienden de un padre común”. De acuerdo con Moreno de los Arcos, Sierra fue censurado y se vio obligado a cambiar el texto y a agregar la frase anterior. Sin embargo, los católicos también criticaron la parte del origen del Universo y esa está escrita tal cual en el libro. Sea como sea, Justo Sierra dio muchos años la clase de Historia, de manera que las ideas darwinistas se impartieron desde su curso a muchas generaciones de preparatorianos, seguramente ya sin censura alguna.

Alfonso Luis Herrera, el científico mexicano que más defendió la teoría a finales del siglo XIX y principios del XX y que, de hecho, realizó estudios evolucionistas, fue su alumno. Y no es temerario pensar que la idea de Sierra de buscar nuestro origen “hasta las primeras manifestaciones de la fuerza vital en el planeta” hayan influido en Herrera para realizar miles de experimentos en busca del origen de la vida, del paso de lo inorgánico a lo orgánico, tema en el que es reconocido en el mundo como un pionero.