• lunes, 17 de junio de 2019.

La defensa de la Ciudad de México contra Estados Unidos

Del 19 de agosto al 13 de septiembre de 1847
Por: Luis Arturo Salmerón Sanginés

El conflicto armado entre México y Estados Unidos inició formalmente en mayo de 1846, mediante una declaración de guerra leída por el presidente James K. Polk, emitida cuando ya sus ejércitos hollaban suelo mexicano. El 7 de julio el  Congreso  mexicano  respondió:  “El  Gobierno,  en  uso  de  la  natural  defensa  de  la  Nación,  repelerá  la  agresión  que  los  Estados  Unidos  de  América  han  iniciado  y  sostienen contra la República Mexicana”.

 

Después de quince meses de desastres y malas decisiones militares, tenían al ejército mexicano arrinconado y a un poderoso ejército invasor a las puertas de la capital de la República avanzando por  los  pueblos  situados  al sur.

 

El 19 de agosto de 1847 el Ejército Mexicano del Norte, comandado por el general Gabriel Valencia, fue derrotado en las lomas de Padierna, al sur de la ciudad de México, con lo que desapareció el más fogueado de los contingentes que la  nación  podía  oponer  al  invasor.  Aunque Valencia había recibido órdenes de no atacar al enemigo mientras no llegara el grueso del ejército de Santa Anna, abandonó sus posiciones y atacó por su cuenta en un acto valeroso pero de flagrante indisciplina militar que arruinó los planes del alto mando mexicano.

 

Los soldados se batieron a lo largo del día 19 en la periferia de la ciudad (el  pedregal  de  San  Ángel,  San  Gerónimo,  Anzaldo  y  otras  posiciones),  en  terrenos  de  difícil  acceso.  Por su  parte, las  fuerzas  del  general  Santa  Anna  llegaron apresuradamente a posiciones cercanas adonde se desarrollaba el  combate.  Al amanecer las tropas seguían en sus posiciones, confiando en que el grueso del ejército atacaría la retaguardia enemiga, pero Santa Anna ordenó la retirada rumbo a la ciudad de México, abandonando a su suerte a los hombres de Valencia. Consumada la derrota, Santa Anna ordenó que las fuerzas se concentraran  en  la  ciudad  dejando  en  la  retaguardia,  fortificada  en  el  convento  de  Churubusco,  a  la  Guardia Nacional del Distrito Federal integrada por voluntarios, así como al Batallón de San Patricio, formado en su mayoría por irlandeses que en 1846 habían desertado del ejército estadunidense.

 

El  convento  de  Churubusco  fue  atacado  el  mismo  20  de agosto. El desorden que reinaba en los mandos nacionales había hecho que el parque enviado al improvisado baluarte  no  fuera  del  calibre  adecuado,  por  lo  que  después  de  rechazar  a  los  atacantes  varias  veces  y  de  infligirles pérdidas cuantiosas, los defensores de Churubusco hubieron de rendirse al invasor.

 

Después,  representantes  de  ambos  gobiernos  acordaron un armisticio para negociar el cese de la invasión. Al descubrir  los  mexicanos  que Texas  ya  no  era  el  motivo  de  la  guerra,  sino  la  pretensión  norteamericana  de  obtener mayores territorios, se rompió la tregua el 6 de septiembre. 

 

El día  8  los  estadunidenses  avanzaron  sobre  Molino  del  Rey,  cerca  de  Chapultepec,  defendido  por  la  Guardia  Nacional,  y  en  pocas  horas,  en  una  de  las  batallas  más  sangrientas de la historia de México, las tropas nacionales  fueron  vencidas.  El  cerco  se  cerró  en  torno  al  último  bastión  mexicano:  el  Castillo  de  Chapultepec,  defendido  por  menos  de  mil  hombres,  entre  los  cuales  había  algunos cadetes del Colegio Militar, que ahí tenía su sede.

 

El 13 de septiembre, luego de dos días de feroz bombardeo, los invasores  asaltaron  el  Castillo.  Al pie de  la  rampa fue destrozado el Batallón Activo de San Blas, muriendo su jefe, coronel Felipe Santiago Xicoténcatl, y casi todos  sus  soldados.  Entonces los invasores  avanzaron.  Se creían vencedores cuando desde las alturas les dispararon  certeramente  los  últimos  defensores  de  la  soberanía nacional: los jóvenes cadetes del Colegio Militar.

 

Las batallas por la ciudad de México fueron el último acto de uno de los episodios más funestos de la historia nacional. Las divisiones internas, la pésima  conducción  militar,  la  ausencia  de  un  mando  político  unificado  e  incluso las mezquindades y los egoísmos personales costaron al país la pérdida de más de la mitad de su territorio, dejándolo en una bancarrota económica, política y moral de la que tardaría décadas en levantarse. Por otro lado, la obtención de ese territorio por Estados Unidos modificaría la historia  de  esa  nación  al  convertirse  en  uno  de  los  pilares de su creciente poderío económico para acelerar su carrera como potencia mundial.

 

Esta publicación es sólo un fragmento del artículo "10 batallas decisivas en la historia de México" del autor Luis Arturo Salmerón Sanginés, que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 81.