La antigua fascinación por magos, gigantes, siameses y hasta “cerdos sabios”

Miguel Ángel Vásquez Meléndez

Los títeres itinerantes fueron uno de los espectáculos callejeros preferidos del público desde tiempos virreinales.

 

Un niño sin brazos y unas siamesas

Para una aproximación más específica, en la Gaceta de México se publicó, entre 1784 y 1795, una serie de notas sobre seres humanos con habilidades fuera de lo común, quienes regularmente se exhibían en locales pequeños de la capital virreinal y otras ciudades.

En esa publicación se informó, el 19 de junio de 1787, que Joseph Timoteo Mártir, un niño criollo nacido en Sombrerete, recorría la zona acompañado de su padre. Al faltarle los brazos, se valía del pie izquierdo para vestirse, persignarse y guardar objetos diminutos; gracias a la novedad y admiración que provocaba, recibía limosnas para su subsistencia. El 21 de agosto del mismo año, los habitantes de la villa de León se enteraron de la existencia de unas siamesas, unidas por el pecho, cada una con sus respectivos brazos y manos, pero con solo tres dedos.

Presenciar espectáculos de este tipo debió resultar atractivo, en tanto convertía al espectador en testigo de un evento que rebasaba sus posibilidades de comprensión y del que tenía referencias por la tradición oral o las fuentes anotadas.

De fieras vivas y cerdos sabios

Durante la segunda mitad del siglo XIX, hubo una mayor afluencia de compañías extranjeras con exhibiciones de seres humanos y animales de varios continentes, así como del país.

Entre las solicitudes de licencias para espectáculos públicos durante 1874, se tramitó una para mostrar unos caimanes traídos del golfo de México, anunciados en la prensa como “fieras vivas de la costa del golfo de Tlacotalpan”, junto con una cabeza parlante, admirada en Europa y Estados Unidos de Norteamérica; y otra de la Compañía de Exhibición de Historia Natural, para la demostración de un “cerdo sabio”, entrenado para ejecutar suertes con números y letras, una atracción propia de las ferias europeas, y unos niños traídos de Australia que provocaron el descontento de algunos periodistas y políticos antiesclavistas.

La presentación de actos novedosos y la renovación de los repertorios, así como la publicación de anuncios, carteleras y crónicas en los periódicos, despertaron la curiosidad de los espectadores ávidos de presenciar en vivo los prodigios descritos en libros, revistas y narraciones orales. En consecuencia, las exhibiciones y actos extraordinarios gozaron de cierta aceptación social y pueden ser considerados dentro de la historia de los espectáculos públicos y de la vida cotidiana.

 

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Miguel Ángel Vásquez Meléndez. *Doctor en Historia por El Colegio de México. Fue analista en el Archivo General de la Nación. Entre sus libros destaca Fiesta y teatro en la ciudad de México (2003); México personificado. Un asomo al teatro del siglo XIX (2012); Entre la diversidad y la especialidad: Enrique de Olavarría y Ferrari en los orígenes de la historiografía teatral mexicana (1869-1896) (2016), y Los patriotas en escena (2018). Actualmente es investigador en el INBAL-CITRU.

 

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Espectáculos insólitos