José Guadalupe Posada: sus casas, sus imprentas

Agustín Sánchez González

La pobreza y la soledad fueron los acompañantes de don Lupe cuando fue llevado al Panteón Civil de Dolores en 1913. Más tarde, sus restos fueron echados a la fosa común y aquel hombre se convirtió en una calavera del montón.

 

La falta de información se debe a repetir lo mismo una y otra vez; a la carencia de documentos personales; a la inexistencia de un inventario acerca de sus impresos o a la falta de alguna pieza original que, por lógica, desapareció al dibujarse en la piedra litográfica, primero, y en la placa de zinc, después.

La información en torno a su vida privada y pública es escasa y se ha pervertido, sobre todo en los últimos tiempos, pues en la era de internet se suben a la red infinidad de falsedades, algunas hasta tristes, como usar una foto de José Clemente Orozco y confundirlo con él, o una de otro tipo parecido a Ramón Valdés.

De su familia, apenas hace unos años encontré el acta de defunción de su hijo Sabino, quien falleció muy joven, a los 17 años; hace poco, también, el investigador Ricardo Morales encontró una hoja de la Escuela Nacional de Artes y Oficios para inscribirse al Taller de Fotografía. De su esposa no se sabe nada.

La Ciudad de México fue, para Posada, un enorme monstruo. Llegó a vivir muy cerca de Palacio Nacional, pero la urbe lo fue expulsando hasta llegar a Tepito. Sus pasos siempre estuvieron vinculados a lo que se conocía como el barrio latino. Tuvo a la calle del Relox (hoy República de Argentina) como un eje, ya que en esos rumbos se encontraban las principales escuelas universitarias, las librerías, los periódicos, la vida cultural e intelectual.

En 1890 establece su primera imprenta y ahí mismo vive. Es una pequeña vivienda de la cerrada de Santa Teresa (actualmente Licenciado Verdad) número 2. Este sitio es descrito por Rubén M. Campos:

“Cuando lo conocimos en su pequeño taller de la calle Cerrada de Santa Teresa, hoy calle del Licenciado Verdad, en los bajos de la Universidad Nacional, que entonces era un caserón viejo, demolido más tarde para construir la Escuela Normal de Profesores, era un hombrazo rechoncho, tipo de indio puro, de tal agilidad manual en su oficio, que mientras platicaba con el dibujante Nicolás Urquieta, que me había llevado a conocer al grabador, éste me miraba de cuando en cuando rápidamente, mientras hendía un taruguito de madera con una afilada navaja, y de pronto levantóse, fue a una pequeña prensa de mano, entintó un rodillo y sacó una prueba de una caricatura de mi encanijada persona imberbe, tan admirablemente parecida, que nos hizo carcajear a los tres. Posada venía de ilustrar en la ciudad de León los periodiquitos humorísticos que escribía y editaba David Camacho, antiguo periodista que dejó al mismo tiempo que Posada la provincia para venir a luchar en la metrópoli. El periodismo acababa de iniciar una evolución hacia el noticierismo mundial, y los dos emigrantes hallaron un campo hostil a las labores del plácido publicismo murmurador del pueblo, por lo cual colgaron sus actividades en otra rama y Posada fue a abrir un tallercito que era una barraca dentro de un zaguán, una especie de jaula con vidrios rotos y cartones pegados con pegadura en los boquetes sin vidrios. Allí, en aquel chiribitil, Posada recibía los encargos más extraordinarios del público: imágenes para ilustrar una oración con indulgencias; perniles de carnero, de pollo o de liebre para ilustrar libros de cocina; dientes para los anuncios de mano de un dentista; sombreros jaranos para una sombrerería de barrio; utensilios de cocina; potes y frascos de farmacia para anunciar remedios caseros y medicinas de patente. Todo lo que caía bajo el dominio del publicismo ratonero de antaño, era recibido por Posada con la misma sonrisa ecuánime del hombre bueno como el pan; y sin objeción ninguna poníase al trabajo con sus útiles rudimentarios, sin dibujo previo, sin más que una ojeada para calcular la reducción del modelo a su cuarta parte, o al revés, el aumento de una muestra microscópica, o la reproducción de un modelo imaginario, sirviéndose de una simple indicación escrita.”

Gracias a un anuncio en el periódico El Fandango del 31 de mayo de 1892, es posible confirmar esa dirección: “[El taller de Posada] Tiene el honor de ofrecer al público sus trabajos como grabador en metal, madera, para toda clase de ilustraciones de libros y periódicos. Igualmente ofrece sus servicios como dibujante de litografía. Cerrada de Santa Teresa No. 2”.

Esa vivienda fue demolida para construir lo que fue en 1910 la Universidad Nacional, en donde estuvo la primera sede de la rectoría y hoy se encuentra el Palacio de la Autonomía. En ese lugar, Posada era vecino de Vanegas Arroyo y, tal vez, llegó a ese “cuchitril” recomendado por don Antonio. Existe un breve testimonio de José Cossío al respecto:

“Es frecuente oír decir, y aun ver escrito, que Vanegas Arroyo es el creador de una literatura especial, olvidando que antes que él se ocupó de esto Sixto Casillas [...] Cuando murió Casillas, Vanegas Arroyo se pasó a Santa Teresa y siguió con el negocio. Cuando yo era niño todos los corridos de los fusilados, del torero Lino Zamora y otros muchos se escribían e imprimían en una accesoria de la casa número 9 de la calle de Seminario, con frente para Santa Teresa.”

Nicolás Rangel también da testimonio de la imprenta de Vanegas:

“Con diez pesos y una energía que le acompañó hasta su muerte. Tomó en arrendamiento una accesoria en la calle de la Encarnación y compró un pequeño mostrador de una tocinería en tres pesos, construyó una mesa y comenzó a encuadernar obras de texto de la Librería de don José María Aguilar y Ortiz. Y a fuerza de trabajo y economía, logró reunir algunos fondos con lo que adquirió una pequeñísima imprenta con la que fundó su casa editorial en la 2a. calle de Santa Teresa, frente a donde existe actualmente.”

El segundo taller de Vanegas estaba en el número 9 de la calle de la Encarnación, hoy San Ildefonso; de ahí se mudó a Santa Teresa la Antigua, hoy República de Guatemala, justamente encima de donde se descubrió la Coyolxauhqui. La masificación del trabajo de Vanegas Arroyo generó la necesidad de contratar a diversos impresores, litógrafos, escritores y poetas. En la calle de Hospicio de San Nicolás (tercera de Santa Teresa) se ubicaba su imprenta, que por el exterior coincidía con la fachada del taller de Posada, el cual “era una especie de rebotica que en vez de envoltorios de yerbas tenía legajos de papeles que eran novelones por entregas, novenarios y triduos de que había un gran repuesto para surtir a todos los sacristanes y beatas de ciudades y pueblos”, escribe Rubén M. Campos.

Muy cerca de ahí se encontraba la oficina de Ireneo Paz, el editor de innumerables publicaciones, en el callejón de Santa Clara número 6 (parte de la calle de Tacuba). El otro editor importante que tuvo Posada fue Carlos Montes de Oca, dueño de diversos periódicos como El Chisme, Argos y Gil Blas. Sus oficinas se encontraban en el callejón del Espíritu Santo (hoy Motolinía) número 1. Al respecto, el 17 de julio de 1894 se publica una de las pocas referencias a Posada:

“No necesitamos llamar la atención de nuestros lectores hacia el grabado alegórico que ilustra nuestro número presente. Obra de los inteligentes y verdaderamente modestos artistas Sres. Guadalupe Posada y Vicente Aguilera, esa viñeta es una filigrana del pensamiento, una creación artísticamente original. La redacción de Gil Blas da las gracias a los artistas Posada y Aguilera por haber contribuido tan poderosamente a la espontánea y cariñosa manifestación de nuestro afecto al Sr. Montes de Oca.”

Diego Rivera señala que hacia 1897 Posada tenía su domicilio en la cochera del edificio ubicado en el número 5 de la calle de Santa Inés (actualmente Moneda). En este domicilio se tomó una de las dos únicas fotografías que se le conocen; ahí hoy existe un comercio. Este lugar es el que ha sido más mitificado; la UNAM colocó una placa en 1952. Además, en 2013, en la Casa de la Primera Imprenta de América, que hoy pertenece a la UAM, se nombró una sala de exposiciones con su nombre, pero en una remodelación se le retiró.

Resulta difícil establecer las fechas en que se muda de casa y taller; entre 1896 y 1906, por lo menos, vive y trabaja en cuadrante de Santa Catarina (actual calle de Nicaragua) número 14, bajos, vivienda 21. Allí realiza las imágenes que anuncian diversos teatros de la ciudad, impresos en los que discretamente aparece esa dirección. En esa casa le ocurrirá una de sus mayores tragedias: la muerte de Sabino, el 17 de enero de 1900, a causa del tifo exantemático. Curiosa y lamentablemente, Posada no firma el acta de defunción, documento que tuve la suerte de dar a conocer en 2008.

 

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Agustín Sánchez González. Historiador especializado en caricatura mexicana e investigador en el INBAL. Ha publicado una treintena de libros; entre ellos, Los humoristas gráficos y el exilio en México (2017), y Crímenes y horrores en el México del siglo XIX (2017). En 2019 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Cultural René Avilés Fabila. 

 

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