Jack Kerouac en busca del México subterráneo

EL POETA DEL JAZZ

Ricardo Lugo Viñas

Junio de 1950. Un viaje nada planeado. Unos cuantos dólares en la cartera. Jack Kerouac –cuyo nombre de pila fue Jean-Louis Lebris de Kérouack–, Neal Cassady y Frank Jeffries se dispusieron a emprender una loca y aventurera odisea hacia “la tierra de las ratas del desierto y el tequila”. A bordo de un destartalado Ford 1937, propiedad de Neal, estos tres entusiastas forasteros –precursores, acaso, del llamado roadtrip– tomaron rumbo, a toda velocidad, hacia el fascinante sur; hacia el inquietante México.

Habían partido desde Denver, Colorado (Estados Unidos), azuzados en parte por una arrebatada y tentadora carta que, meses atrás, Jack Kerouac –líder del grupo– había recibido de su padre literario y gurú: William Burroughs. Como es sabido, Burroughs se hallaba en México desde julio de 1949; había llegado a la Ciudad de México huyendo de la justicia de su país, que lo acusaba de tráfico de drogas (ver Relatos e Historias en México, núm. 204). 

Parte de la carta decía:
[Jack:] México es muy barato. Una persona sola puede vivir 
bien en la Ciudad de México con dos dólares diarios, incluida la bebida;
y con un dólar diario en cualquier otra parte de México.
Hay fabulosos burdeles y restaurantes. Una gran colonia de extranjeros.
Peleas de gallos, corridas de toros, toda clase de diversiones.
Te insto fuertemente a visitarme. Tengo un departamento grande
donde podrás llegar. Dile a Neal que venga también si consigue dinero.
Tengo que cuidar el mío.
W.S. Burroughs.

Como si se tratara de un bólido de carreras, y no de una carcacha, Neal comenzó a descender pisando el acelerador de la máquina hasta el fondo, desde Colorado hacia Nuevo México, Texas, y tras recorrer 1,600 kilómetros, durmiendo poco entre estaciones de gasolinería, arribaron “al culo de América, guarida de rufianes”. Antes de pasar por la garita de Nuevo Laredo, Tamaulipas, los tres alegres viajeros arrojaron la marihuana que traían por las ventanas del auto. Entraron a México a las 3 de la madrugada. Al instante vieron “mexicanos sombrerudos sentados en sus terrazas, que les parecieron drogadictos orientales. Cambiaron sus dólares por pesos y se asombraron por la enorme cantidad de dinero mexicano que les dieron a cambio”, así lo refiere el escritor Jorge García-Robles. Luego hicieron una parada en Sabinas Hidalgo, a algo así como 150 kilómetros de Monterrey.

Observaron, desde el auto que andaba despacio, la vida cotidiana de aquella pequeña ciudad norteña. Kerouac escribió algunas de sus impresiones, un tanto míticas, en Sabinas: “Al fin hemos llegado al cielo. No puede ser más tranquilo, no puede ser mejor, no puede ser nada más… Aquí nadie desconfía, nadie recela. […] Fíjate en esas historias que hemos leído sobre México y el mexicano dormilón y toda esa mierda de que son grasientos y sucios y todo eso, cuando aquí la gente es honrada y amable y no molesta”.

Siguieron su viaje, por la carretera Panamericana, hacia la enorme ciudad de Monterrey, ¿quieres saber qué dijo acerca de de la ciudad “más industrializada” y moderna del país 
en aquel momento? Continua leyendo el artículo en la revista. 

¿Cómo citar este artículo?
​Ricardo Lugo Viñas, “El poeta del Jazz en el camino. Jack Kerouac en busca del México subterráneo”, Relatos e Historias en México, núm. 212, Junio, 2024, pp. 18-21.