• lunes, 12 de noviembre de 2018.

Fidel Velázquez

Por: Agustín Sánchez González

La Confederación de Trabajadores de México fue concebida durante el régimen cardenista como la organización que centralizaría a todos los sindicatos del país y como pilar del Estado en su función de regular la política económica. Fidel Velázquez asumió por primera vez la dirección de la CTM en 1941 y ejerció su liderazgo hasta casi terminar el siglo XX, cuando la declinación política de la poderosa confederación coincidió con su muerte.

 

 

 

Durante muchas décadas, el nombre de Fidel Velázquez fue sinónimo de poder. Fundador de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), asumió su liderazgo desde 1941 y solamente la dejó el día de su muerte, en 1997.

 

Fidel Velázquez Sánchez nació en San Pedro Azcapotzaltongo, hoy Villa Nicolás Romero, en el Estado de México, el 12 de mayo de 1900; ese año se cumplía la sexta reelección de Porfirio Díaz y el país vivía serias transformaciones.

 

Sus padres, Herlinda Sánchez y Gregorio Velázquez, eran gente de campo. La revolución de 1910 condujo al pequeño Fidel por diversos derroteros: marchó con su padre a trabajar a Tlaxcala, después a un rancho maderero en Puebla. En ese lugar, un tiroteo entre obregonistas y carrancistas provocó la muerte de su progenitor.

 

Tras quedar en la orfandad, siguió laborando en el campo. Tiempo después, debido a la peligrosidad que se vivía y a la aparente calma que brindaba la capital del país, en 1918 llegó a la Ciudad de México a trabajar en una carpintería de la colonia San Rafael. Dos años después se marchó a la hacienda del Rosario, en los límites con el Estado de México, y comenzó a trabajar como repartidor de leche. Pronto se involucró en la vida sindical.

 

La vida sindical

 

En ese tiempo el sindicalismo se encontraba en pañales. Una huelga nacional del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) en 1916 tensó las relaciones entre los trabajadores y el gobierno carrancista. Los líderes fueron condenados a muerte y sólo la presión internacional logró salvarlos del cadalso.

 

En 1918 se fundó la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) y con ella se abrió una nueva página dentro del movimiento obrero, generando una política que durante varias décadas se convirtió en una de sus premisas: la alianza con el Estado. Se trataba de una relación denominada “colaboracionismo” por los propios cromistas. Su líder era Luis Napoleón Morones, quien jugó un papel capital en sus primeros años. Gracias a su alianza con el gobierno, ocupó diversas posiciones políticas: fue gerente de la Compañía Telefónica y Telegráfica, dirigió los Establecimientos Fabriles Militares y en su momento cúspide fue secretario de Industria, Comercio y Trabajo.

 

Morones es un personaje fundamental en la conformación del modelo de líder que el gobierno necesitaba para sostenerse y, sin duda, Fidel Velázquez era el indicado para ejercer esa función.

 

Fidel se inició en el sindicalismo en 1920. En la hacienda del Rosario comenzó a participar, casi por intuición, aunque alguna vez declaró que tuvo influencia de la Confederación General de Trabajadores (CGT).

 

Fue despedido de ahí por sus actividades de proselitismo y ello lo motivó a crear una gran organización: la UTIL (Unión de Trabajadores Lecheros). Para entonces había conocido a los hermanos Alfonso y Justino Sánchez Madariaga, con quienes fundó el Sindicato de Lecheros, que a su vez se adhirió a la Federación de Sindicatos del Distrito Federal (FSTDF), perteneciente a la CROM.

 

Los “Cinco Lobitos”

 

Tras el asesinato de Álvaro Obregón en 1928 comenzó la debacle de la CROM, pues Morones fue señalado por una parte de la opinión pública como cómplice en el crimen. Este caos sirvió de base para que un grupo de sindicatos renunciara a la CROM. Morones procla-mó que se iban “cinco miserables lombrices”, a lo que Luis Araiza, uno de los ideólogos sindicales, le respondió: “Torpe de usted Morones que en su calenturienta imaginación ve lombrices. Profunda su equivocación, porque los que usted califica de lombrices son cinco lobitos que pronto, muy pronto, le van a comer todas las gallinas de su corral”.

 

En la FSTDF Velázquez había trabado amistad con otros tres personajes con los que se unió para salir de la CROM: Fernando Amilpa, Jesús Yurén y Rafael Quintero. Con Araiza, conformaron el grupo de los “cinco lobitos”.

 

Gracias a esa ruptura, el gobierno los premió otorgándoles cargos en las juntas de Conciliación y Arbitraje, lo cual les fue de gran utilidad para seguir engrosando su organización. Además, su poder se vio estimulado cuando el propio Fidel fue nombrado miembro de la comisión redactora de la Ley Federal de Trabajo.

 

Muy pronto los “cinco lobitos” engulleron a diversos grupos dedicados a los servicios: restauranteros, cantineros, trabajadores del rastro, cerilleros, pequeños comerciantes, expendedores de carbón y otros.

 

La intuición política de Fidel lo llevó a la secretaría general de la FSTDF, que en 1932 convocó a crear una federación nacional sumando a organizaciones como el SME, la CGT y a los ferrocarrileros. Un año después, Vicente Lombardo Toledano salió de la CROM y con todos estos grupos se fundó la Confederación General de Obreros y Campesinos de México, CGOCM.

 

Fidel y Lombardo

 

Ésta fue una alianza vital: el prestigio de Lombardo haría que creciera el de Fidel. Uno era el ideólogo y el otro el empírico. Su presencia era una realidad cuando el gobierno de Lázaro Cárdenas, al inicio de su mandato, se planteaba nuevas directrices políticas, como la consolidación del partido de Estado.

 

Todo sucedía vertiginosamente, y la carrera de Fidel también. Dentro del congreso de fundación de la CTM, Lombardo fue nombrado secretario general y Fidel secretario de organización tras chantajear con retirarse e imponerse a la mayoría de los sindicatos que preferían al comunista Miguel Ángel Velasco. Esa rendición fue un error histórico: muy pronto fueron expulsados de la CTM y salieron con las manos vacías.

 

Este momento fue clave. Desde esa posición, Fidel empezó a mangonear, colocó a sus afines, consolidó sus bases y movió sus piezas en todo el país. A los pocos meses de fundarse la CTM, los mineros también la abandonaron, además de que criticaron las actitudes antidemocráticas de Fidel y sus huestes.

 

Hábiles, se acercaron al recién fundado Partido de la Revolución Mexicana, que sustituiría al Partido Nacional Revolucionario, de Calles. Treinta cetemistas fueron postulados como diputados, entre ellos Amilpa, Yurén y Alfonso Sánchez Madariaga, hombres muy cercanos a Fidel.

 

Fidel poco a poco iba preparando el camino para sustituir a Lombardo y, a su vez, eliminar a los dirigentes de izquierda. Éste, más preocupado por decir discursos y formar una organización sindical intercontinental (la CTAL), así como por defender la política soviética contra el fascismo, había dejado en Fidel todo el poder, menospreciándolo, pensando que sin él la CTM no era nada. Pero no fue así.

 

El poder de uno

 

La alianza con el gobierno permitió a la CTM sumarse al pacto de unidad nacional. Fidel participó en la entrega de la presidencia a Manuel Ávila Camacho y tres meses después, en febrero de 1941, asumió la secretaría general de la CTM, postulado por unanimidad. Ahí afirmó: “Amo la unidad, amo la CTM, quiero al compañero Lombardo y por eso no formo grupos: mi grupo es la CTM”.

 

Así comenzó la historia de su poder casi absoluto. En 1946 Fidel fue senador de la República y en 1947 dejó en manos de su colega Amilpa la secretaría general.

 

A pesar del compromiso de la CTM con Lombardo para crear el Partido Popular, Amilpa, anticomunista declarado, no lo respetó y, además, se expulsó del comité ejecutivo a Lombardo y a todos sus seguidores. Tenían, ahora sí, todo el poder.

 

Fidel volvió al poder en 1950, con la CTM limpia de enemigos, una estructura antidemocrática y un gran poder caudillista. Puso fuera de juego a Amilpa, no sin antes tacharlo de “imbécil” y de querer reelegirse. Aunque hubo una reconciliación inmediata, Amilpa murió dos años después. Así, en el medio siglo, la CTM ya era solamente de Fidel.

 

En los años cincuenta, Fidel era ya el amo y señor. Al final de esa década ocurrieron tres fenómenos importantes: la creación, desde el gobierno de López Mateos, de la Confederación Nacional de Trabajado-res, conformada por disidentes cetemistas, como un intento para democratizar el sindicalismo; la insurrección de varios sindicatos (telegrafistas, petroleros, maestros y ferrocarrileros) que generó una gran represión y el encarcelamiento de líderes como Demetrio Vallejo, Valentín Campa (uno de los fundadores de la CTM) y Othón Salazar; y por último, el triunfo de la Revolución cubana.

 

La respuesta de Fidel fue institucional y de demanda al gobierno de que la CTM avalara cualquier sindicato. Además, comenzaría la satanización del gobierno de Fidel Castro y el tratar de vincular a los movimientos sindicales con los comunistas.

 

Desde 1950 hasta 1997, Fidel se reeligió seis veces sin oposición alguna. Era un personaje camaleónico por excelencia. Cuando nació la CTM, su lema era: “Por una sociedad sin clases”. Fidel asumió una posición izquierdista e hizo suyo ese discurso. “No soy comunista, pero admiro a los comunistas porque son revolucionarios como yo y como todos los miembros de la CTM”, expresaba. Incluso, durante la presidencia de Ávila Camacho pidió reanudar relaciones con la URSS. Sin embargo, la expulsión de Lombardo le permitió quitarse la careta y mostrarse como un anticomunista, discurso que mantuvo durante varias décadas, hasta modificarlo un poco en los últimos años de su vida, cuando confesó que “en algunos momentos he llevado a cabo acciones con base en las teorías de Marx”.

 

En 1968, empero, había acusado a “los agitadores profesionales de los más variados matices, que obedeciendo consignas extrañas, solamente persiguen alterar el orden público y minar la autoridad del gobierno”.

 

De la misma forma, en 1972 hizo una protesta contra el obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, en la capital morelense, y hasta se burló de él comparándolo con un personaje de la serie de moda Los locos Adams. En esa década, la del nacimiento de la guerrilla e intensificación de los movimientos sindicales independientes, Velázquez tuvo una actitud de lucha en contra de todos ellos e incluso del presidente Luis Echeverría quien, se rumoraba, quería hacerlo a un lado.

 

En 1979 recibió la medalla Belisario Domínguez otorgada por el Senado de República. Eran los tiempos de cosechar los servicios prestados al gobierno. El dictamen señalaba que se le otorgaba por “su lealtad revolucionaria, materializando siempre la identificación y solidaridad de la CTM con los regímenes de la Revolución, de tal manera que esta central es una aliada permanente en las causas que la Nación demanda”.

 

Cuando todo el mundo pensaba que sería su despedida, Fidel, un octogenario entonces, se lanzó a un nuevo periodo como secretario general, hasta 1986. Los senadores y la clase política aplaudieron a ese hombre que había logrado mantener el control de la clase obrera durante medio siglo. Pero ahí no paró todo. En 1986 volvió a reelegirse y después para el periodo 1992-1998, el cual no logró terminar porque murió un año antes.

 

Desde la década de los cincuenta, Fidel Velázquez había logrado contener el sindicalismo y se había mantenido como una esfinge, con las mismas características, incluidas sus gafas negras. En 1997, un mes después de su muerte, el viejo sistema comenzó un declive al perder las elecciones del gobierno de la capital del país y, tres años después, la presidencia de la República.

 

 

El artículo "Fidel Velázquez" del autor Agustín Sánchez González se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México, número 54.