Españoles disfrazados de apaches para robar

Provincia de Coahuila, siglo XVIII

Mónica Amezcua García

Debido a la constante guerra que se vivía en la frontera norestense, la interacción entre españoles e indios fue tensa. No todas las naciones de indios de la región estaban dispuestas a adaptarse a la vida religiosa y social que querían imponer los ibéricos que se asentaron en dicho espacio. A esta dinámica se le sumaron nuevos grupos de personas que migraron de regiones ubicadas más del norte, entre quienes estaban los apaches.

 

Conforme la tensión aumentaba, el imaginario sobre los indios se transformó. Los vecinos que habitaban el noreste consideraban, en el siglo XVIII, que los apaches eran los culpables de los males que les aquejaban. De tal forma, muchas de las fuentes de la época dictaban que las “hostilidades” eran cometidas por estos grupos y no por otros, aunque esto no siempre fuera cierto. Cabe decir que dicha nación de indios no necesariamente correspondía a un grupo específico de la región, sino que dicho etnónimo fue un nombre que se utilizó indistintamente para nombrar a un conjunto de bandas del territorio a partir del aspecto étnico. En el imaginario de los pobladores, ellos eran considerados los responsables de la violencia que se vivía en la región norteña.

Debido a lo anterior, surgió un debate por mucho tiempo sobre la supuesta amenaza de los apaches en las Provincias Internas. Continuamente aparecía el nombre de esta nación para designar a los responsables de causar desórdenes en las poblaciones, aunque la palabra apache solo sirvió como un nombre generalizador. Esto se puede advertir en las observaciones realizadas por los diferentes visitadores y viajeros que llegaron al noreste. Entre ellos destaca el marqués Rubí y el padre Agustín de Morfi en el siglo XVIII. Ellos explicaban y narraban las muertes y robos que realizaban los apaches en distintas partes y momentos. Esta situación se repitió en diferentes noticias. Según las autoridades, el número de esos indios era tan elevado que no conocían su cantidad exacta. Probablemente, muchas veces confundieron a las naciones con otras.

Las autoridades debían hacer que esto se terminara, aunque implicara la expulsión de dichos indios de la región. Esto último fue una estrategia muy frecuente en la historia de la frontera norte y devela que los apaches no fueron bien aceptados por la sociedad norestense.

Comerciantes tlaxcaltecas

Según la información recabada en el Archivo Municipal de Saltillo, en 1792 tres tlaxcaltecas tenían la intención de ganarse la vida vendiendo algunas frutas y productos que poseían. Así, llegaron a la hacienda de San Luis para intentar cumplir con su cometido; sin embargo, tuvieron que enfrentar algunos riesgos, lo que quizá no les importó debido a las ganancias que podían obtener.

El 11 de junio de ese año, los tlaxcaltecas Ildefonso Mateo, Manuel Pérez y Antonio María salieron de su pueblo para dirigirse a la hacienda de Potosí a vender unas cajitas de frutas y verduras; peras, manzanas y ajos eran algunos de sus productos. Los tres eran naturales del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala (ubicado primero en la Nueva Vizcaya y luego en la provincia de Coahuila hacia 1787). De Ildefonso Mateo se desconoce su edad; Manuel Pérez tenía veintitrés años, era soltero y de oficio labrador; Antonio María, de quince años, era soltero y también labrador.

A pesar de que no eran personas con un gran estatus social, su condición tlaxcalteca les permitía tener ciertos beneficios. Como sucedió en otros casos, los primeros indios que ayudaron en la conquista y “pacificación” de la Nueva España firmaron unas capitulaciones que les permitían no pagar tributo y portar el título de hidalgos; entre ellos destacaron los tlaxcaltecas. Además, había privilegios que se les otorgaría si se encargaban de la defensa del territorio y la sedentarización de los indios norteños. Por tanto, su voz no pasaría desapercibida ante las autoridades en caso de que así lo necesitasen.

El asalto

Al día siguiente de su salida, como a las cuatro de la tarde, los tres tlaxcaltecas caminaron y arriaron a sus bestias mientras se dirigían a su destino. Estaban cerca de llegar al lugar de venta, cuando salieron cinco hombres a caballo. Debido a la forma en que actuaban, era fácil que pensaran que se trataba de unos indios apaches. Además, llevaban el torso desnudo, cubiertos por delante solamente con un taparrabos o pábigo. Iban revolcados de tierra en la cara y espalda, y con el cabello suelto tapándoles los ojos. Cada uno llevaba su chuzo (un palo con una púa para atacar o defenderse). Además, se podía reconocer al que capitaneaba la escuadrilla, ya que contaba con una mascada que permitía su fácil identificación.

El primer sentimiento que experimentaron los tlaxcaltecas fue de miedo, ya que pensaban que unos apaches los iban a atacar. No pasó mucho tiempo cuando se percataron de que esto no era así, ya que con anterioridad habían visto a esas personas. A pesar del reconocimiento realizado, el temor continuó, ya que los cinco individuos se acercaron a los vendedores para quitarles las provisiones que tenían planeado comerciar.

La situación empeoró cuando los vaqueros amenazaron con quitarles la vida si no les daban sus manzanas. Entonces, cada tlaxcalteca entregó dos docenas de frutas. Esto no les pareció suficiente a los asaltantes, por lo que los atemorizaron nuevamente. Parecía que esto no solo iba a quedar en una advertencia, ya que uno de ellos atacó a Ildefonso Mateo con un chuzo. El tlaxcalteca solo pudo salvarse porque debajo de su ropa llevaba unos mezquites que lo protegieron. Ante esta situación, los vaqueros le tiraron otro “chuzaso”, pero no pudieron herirlo debido a la mala puntería. Ildefonso salió ileso, aunque persistía su miedo. No contentos con esto, los ladrones decidieron robar toda la mercancía que pudieron cargar con ellos para después desaparecer.

Con la poca mercancía que les quedó, los tlaxcaltecas continuaron su camino. Mientras platicaban sobre lo acontecido, uno de ellos recordó que el capitán de los asaltantes se llamaba Melchor. Esto lo sabía porque había tratado con él en otro momento. Por tanto, no eran apaches, sino unos españoles que solo vestían como ellos para cometer robos. Con esta información podían acudir a las autoridades para que los ladrones fueran sancionados.

El camino de regreso parecía marchar bien. El miedo iba desapareciendo poco a poco. Sin embargo, en su andar, los tlaxcaltecas se encontraron con tres hombres a caballo. Fácilmente pudieron identificar al que había fungido de capitán el día del asalto: Juan Melchor, el Güero. Probablemente el temor volvió a aparecer. Pese a esto, decidieron que era mejor platicar con estas personas sin decir que los habían reconocido. Poco tiempo después, los tlaxcaltecas de San Esteban pudieron proseguir su trayecto.

De regreso a su pueblo, escucharon noticias sobre otro asalto realizado por unos indios. Se pudieron enterar de la noticia completa cuando se encontraron con el caporal de hacienda Antonio Morales en el rancho de don José González, donde también laboraban aquellos cinco españoles. Él les comentó que una noche los supuestos indios habían escalado o abierto un agujero en la casa en la que Antonio se encontraba, y luego cometieron el robo. No se explica qué pasó posteriormente, pero la angustia entre los habitantes se expandió.

Las noticias se extendieron entre los habitantes. No eran los únicos delitos que habían cometido los supuestos indios. Esto ocasionó que los hechos corrieran de voz en voz entre los pobladores, quienes comenzaron a tomar sus precauciones. De hecho, los tlaxcaltecas, a su regreso a San Esteban, fueron advertidos de los peligros por un hombre mayor y sus dos compañeros. Ellos les sugirieron que tuvieran cuidado porque había unos indios peligrosos. La población tenía miedo de lo que estaba sucediendo.

 

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