• 24-nov-2020.

El Tigre de Álica: ¿Bandido y revolucionario?

Ricardo Cruz García

Incluso Porfirio Díaz, para ganarse su apoyo tras iniciar la rebelión de la Noria de 1871, decretó la creación del estado de Nayarit y le dio el nombramiento como jefe militar de Nayarit, Sonora y Sinaloa.

 

Para 1853, en el ombligo de sus veintitantos años, ya era conocido como un temible bandido. Una gran incógnita que cubrirá su vida está íntimamente relacionado con esto: ¿eligió ese camino como una forma legítima de resistencia armada o era simple bandolerismo? Para muchos de aquella época, en especial para la plana mayor del liberalismo, no era más que el líder de una banda de ladrones, feroz y belicoso, al que hasta los animales le tenían miedo: el “saurino” Tigre de Álica. Sin embargo, estudios históricos han mostrado una cara muy distinta del personaje.

Su nombre resuena al surgir un conflicto entre los bandos políticos de Tepic, en el que toma partido por el hacendado Carlos Rivas, a quien brinda el respaldo de sus fuerzas guerrilleras. Entonces, los llamados bandidos ya no son mal vistos, por lo menos por una facción de la élite local. Al mismo tiempo, en el plano nacional estalla la revolución liberal de Ayutla contra Santa Anna, a la que el Tigre se unirá desde su trinchera. De hecho, Su Alteza Serenísima ordena: “La gavilla capitaneada por Manuel Lozada sigue cometiendo toda clase de excesos [...] pues cuenta con una absoluta impunidad desde que asesinó en la sierra a Simón Mariles que lo perseguía. Que en tal virtud manda que inmediatamente destine una partida a perseguir a esos malhechores”.

El triunfo de los de Ayutla afirma el dominio local de los serranos de Lozada, aunque pronto, con la ley de desamortización de las tierras de corporaciones religiosas y civiles (1856) y la Guerra de Reforma, el Tigre de Álica toma partido por el bando conservador. Desde estos años, se enfrenta a su más grande enemigo liberal: Ramón Corona. Sin embargo, pese a la derrota de los conservadores a fines de 1860, nuestro personaje mantiene su dominio en la región. Para acabar con su poderío, el gobierno de Jalisco ofrece diez mil pesos por su cabeza e incluso se pacta con un asesino a sueldo para terminar con la vida del temido líder.

Fue tal el empeño en acabar con el Tigre que para fines de 1861 ya las autoridades del estado lo daban por muerto. Sin embargo, en los siguientes años su figura volvió a refulgir, luego de respaldar al Imperio de Maximiliano. De hecho, la invasión francesa le permitió controlar Tepic sin contrapesos reales durante esos años, en los cuales su pueblo natal pasó a llamarse San Luis de Lozada; él fue nombrado general de brigada; Maximiliano creó el departamento de Nayarit y al de Álica lo nombró caballero de la Orden de Guadalupe.

No obstante esas atenciones, el líder serrano se había negado a entrevistarse personalmente con los oficiales franceses. Incluso, a partir de 1866, olfateando el retiro de las tropas extranjeras y en medio del ocaso del Imperio, se mantuvo inactivo y refugiado en su territorio, pese a la insistencia del emperador para que regresara al campo de batalla. Ni su nombramiento como prefecto de Nayarit, y luego como comandante de ese mismo departamento, junto con los de Sinaloa y Sonora, lo hicieron desistir de su decisión de mantenerse neutral. Pese a ello, al final Lozada escribió a Corona para que intercediera ante el presidente Benito Juárez a fin de que salvara la vida de Maximiliano y de los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía.

Para julio de 1867, el Tigre de Álica y las autoridades de Tepic reconocieron al gobierno republicano. Pese a que Corona –que había combatido con vehemencia, casi como una misión personal, al líder serrano durante parte de la invasión francesa– insistía en acabar de una vez por todas con el dominio de Lozada en la región, Juárez no solo evitó emprender una campaña en su contra, sino que en agosto de ese mismo año declaró a Tepic distrito militar, dependiente del gobierno central, atizando el debate en torno a convertir al antiguo 7º Cantón de Jalisco en un estado más de la nación, cuestión que se venía discutiendo desde tiempo atrás.

Para estos años, el Tigre de Álica, con un ejército conformado por serranos, campesinos (principalmente trabajadores de haciendas) e indígenas coras y huicholes, tiene el control de Tepic y sus alrededores, y nadie puede disputarle seriamente ese poder. De hecho, el propio Juárez –para desgracia de Corona– reconoce el orden que impera en la zona: “En Tepic se disfruta de toda seguridad, sin haberse dado el caso de un solo robo”.

Sin embargo, a partir de 1869, el periodo de la República Restaurada vio surgir un relevante movimiento agrario en la zona, encabezado por Lozada y con las armas en la mano. Se trataba de restituir las tierras arrebatadas a las comunidades, según él mismo señaló: “Mi parecer es que los pueblos entren en posesión de los terrenos que justamente les pertenecen con arreglo a sus títulos para que se convenzan el gobierno y los demás pueblos del país de que, si se dio un paso violento, no fue para usurpar lo ajeno, sino para recobrar la propiedad usurpada, de manera que el fin justifica los medios”.

En medio de las decenas de alzamientos y rebeliones que afectaron al gobierno juarista en aquellos, los lozadistas invadían haciendas y tomaban posesión de parcelas, pero también el Tigre de Álica mantenía su buena relación con Juárez, quien reconocía su poder y fidelidad militar. De hecho, el líder serrano apoyó en la aprehensión de sublevados que cruzaban por su territorio y si bien dio refugio a jefes rebeldes como los generales Trinidad García de la Cadena y Porfirio Díaz, nunca se unió a esos alzamientos, pese a que era convocado con insistencia.

 

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Ricardo Cruz García. Egresado de la maestría en Historia por la UNAM, es profesor de la FES Acatlán de la misma institución. Se ha especializado en el estudio de la prensa mexicana y dedicado a la divulgación de la historia. Editor y colaborador en diversas publicaciones impresas y electrónicas, es autor de Nueva Era y la prensa en el maderismo (UNAM-IIH, 2013).

 

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Manuel Lozada: ¿Bandido y revolucionario?