El marchista José Pedraza

El sargento que se colgó la de plata

Gerardo Díaz

Se encontraba al acecho del ruso Volodimir Golubnichi. Era la recta final y el estadio estaba completamente a su favor. El Olímpico Universitario de Ciudad de México esperaba el milagro ese 1968, pero al popular Sargento le faltó pista.

 

Entonces los presentes en los alrededores del campo escucharon la sincera majadería hacia la progenitora del soviético que brotó de los labios del andarín mexicano, dicha apenas con el poco aire que restaba en sus pulmones. Nadie en la tribuna se pudo percatar.

Los reporteros presentes que lo entendieron no sabían si traducírselo al colega extranjero, reír o llorar por el militar mexicano que lo había dejado todo por la presea dorada, pero había fallado. Este tipo de expresiones fueron cotidianas en la vida de José Pedraza. Referían a su compromiso, no a malos modales. La sinceridad de quien sin frases grandilocuentes puede resumir una experiencia y transmitirla como enseñanza.

Los olímpicos marcaron su vida. En entrevistas, en una conversación casual o en alguna convivencia entre jóvenes deportistas siempre le preguntaban cómo ganó su medalla. En lugar de dar una respuesta como el personaje que se sabe competidor de clase mundial y perteneciente a la élite del atletismo, optaba por contestar: “por bruto [en realidad un adjetivo más fuerte] mano, porque si me hubiera preparado y entrenado mejor esa presea pudo haber sido de oro, y yo un campeón olímpico”. Muchos escuchas morían de risa. Los que verdaderamente lo oían se ruborizaban y tomaban nota del mejor consejo.

Pero esta sinceridad también dejaba escapar los verdaderos gritos de amargura. Esos que no queremos escuchar de nuestros héroes. La voz que las autoridades suelen desestimar y la prensa olvidar si la noticia no les da una primera plana. Como los cuatro meses de arresto que le propinó un general por atraer la ignominia al ejército con la derrota. Injustificado. Pero le recordaron al sargento su rango y que en el escalafón sus minutos de fama no impresionaban. Una más. Las ausencias por entrenamientos forzosos, competencias y prácticas de exhibición que lo separaron de su convaleciente esposa.

A pesar de los sinsabores, el Sargento continuó firme como siempre, siendo un ícono para los deportistas nacionales. Niños se ponían tenis y ya no soñaban solo con el beisbol o el futbol sino en llegar primeros a la meta. José Pedraza Zúñiga moriría a los sesenta años en 1998, apenas unos meses antes de conmemorar por trigésima ocasión su vuelo olímpico, recordándonos que ninguna carrera es igual para todos.

 

Si desea leer el artículo completo, adquiera nuestra edición #157 impresa o digital:

“10 mitos populares de la conquista”. Versión impresa.

“10 mitos populares de la conquista”. Versión digital.

 

Recomendaciones del editor:

Si desea saber más sobre la historia del deporte en México, dé clic en nuestra sección “Deportes”

 

Title Printed: 

El sargento que se colgó la de plata