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  • lunes, 25 de junio de 2018.

El hombre del verbo divino

Jesús Urueta: el más grande orador de México
Por: Ricardo Cruz García

Me acuerdo, no me acuerdo... Recuerdo que fue en la novela Las batallas en el desierto, de ese poeta de la ciudad que fue José Emilio Pacheco, donde vi por vez primera el nombre de Jesús Urueta, pues así se llamaba el parque que marca la división entre la colonia Doctores y la Roma, en la Ciudad de México, por donde transcurría la vida del protagonista de esa obra: Carlitos.

 

Su cuerpo era un “mero signo de admiración” a causa de la anemia. Así vio el poeta Ramón López Velarde a Jesús Urueta en 1919. Al año siguiente, el que fuera considerado el más grande orador mexicano moría en Argentina, con lo que terminaba una vida dedicada a la literatura, el periodismo y la política en los duros años de la Revolución.

 

El escritor modernista

Protagonista de los inicios del modernismo literario en México, Jesús Urueta y Siqueiros nació en Chihuahua el 9 de febrero de 1868. El mundo de las letras lo envolvió desde su juventud, tanto por su afán de escribir como por sus relaciones parentales: fue compadre de Ignacio Manuel Altamirano y en 1902 casó con Tarsila Sierra, hija del poeta Santiago Sierra, hermano de don Justo.

El Griego, como le decían debido a su pasión por la cultura helénica, publicó en 1893 su primer libro: Fresca, donde reunió composiciones de carácter erótico (el Decamerón, de Giovanni Bocaccio, era uno de sus libros preferidos). También publicó una tragedia llamada Dulcinea, así como cuentos, poemas y ensayos literarios. El escritor Alfonso Reyes, uno de sus seguidores, lo describió así: “Educaba con aladas palabras el gusto estético de la juventud, haciéndole amar las cosas bellas y la Grecia francesa. Su influencia en la prosa mexicana sólo ha reconocido por límites la imposibilidad de seguirlo al mar armonioso en que navega”.

En 1894 Urueta se recibió de abogado y ese mismo año viajó a Europa. Recorrió Francia —donde conoció al poeta nicaragüense Rubén Darío— e Italia, mientras mandaba artículos y crónicas literarias para publicaciones mexicanas, hasta 1898, cuando regresó a México. Su estancia en el Viejo Continente lo inclinó a simpatizar con los movimientos proletario y socialista que estaban presentes en esas tierras, al grado que afirmó: “Los libros de los pensadores modernos serán la sangre de la revolución obrera”. Más tarde, en nuestro país asistiría con regularidad a la Casa del Obrero Mundial, fundada en 1912.

Urueta concurría a las tertulias literarias de la época, donde trató a Rubén M. Campos, Luis Cabrera, Gerardo Murillo –conocido como Dr. Atl– y José Juan Tablada. El historiador Álvaro Matute lo incluye como miembro de la generación del Ateneo de la Juventud, aunque lo clasifica como “azul”, es decir, de la época modernista de la literatura mexicana.

 

El orador

Urueta fue de los primeros apasionados por la literatura clásica griega en México, tradición que luego seguirían los jóvenes ateneístas. Además, fue considerado el más grande orador mexicano de su tiempo. Reyes decía: “Urueta cantaba como una sirena [y era] uno de los más perfectos espectáculos del hombre parlante”. Su facilidad de palabra, su eficacia para convencer y su elegancia al hablar le valieron el título de Príncipe de la Palabra.

Pero no sólo dedicó su oratoria al mundo del arte, también a la política a través de discursos en mítines antirreeleccionistas en tiempos del Porfiriato, en las juntas como miembro del Partido Constitucional Progresista (el que llevó a Francisco I. Madero a la presidencia en 1911) y en la tribuna parlamentaria. “Los políticos hicieron que la calidad literaria que se le concedía y que aún tenía la oratoria, alcanzara expresiones excelentes. Corre así la fama de Jesús Urueta como hombre de ‘verbo divino’”, señala el doctor Álvaro Matute. Además, era famoso porque no escribía sus discursos, sino que los improvisaba en el acto.

Diputado en la XXVI Legislatura, en la cual llegó a ser presidente de la Cámara durante el gobierno maderista, el político y periodista Félix Palavicini señaló sobre él: “Orador académico, conferencista sugestivo y emocionante, artista, en fin, Urueta es solamente para las funciones de gala. Para que Urueta hable se necesita que el asunto sea de naturaleza elevada, de interés nacional y de su peculiar afición”.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “El hombre del verbo divino” del autor Ricardo Cruz García y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 92