• lunes, 12 de noviembre de 2018.

El capitán carrancista Fortino Sámano y su cita con la muerte

Su inolvidable fusilamiento en 1917
Por: Arnulfo Inesa Ortega

El nombre de Carlos Fortino Sámano, un capitán del Ejército Constitucionalista, ocupó los principales titulares de la prensa del Distrito Federal el 28 de febrero de 1917, al darse a conocer la comisión de un delito que en otras circunstancias no hubiera sido considerado grave, pero que con la reciente legislación penal significó el fin de su carrera militar.

 

Era un robo más de los muchos que se daban en la ciudad, pero, para desgracia del capitán Sámano, una ley de octubre de 1916 establecía severas penas para este tipo de delitos, los cuales podían estimarse aún más graves cuando eran cometidos por miembros de las tropas del Primer Jefe, Venustiano Carranza.

 

Después de la indagatoria y juicio pertinentes, el jurado militar condenó a Sámano a la pena capital por el delito de robo con violencia. De tal modo que a las 11:30 de la mañana de aquel 28 de febrero, custodiado por miembros del Batallón Supremos Poderes, el capitán fue llevado a uno de los departamentos de Palacio Nacional, entonces ocupado por otros reos que serían ejecutados como resultado de su culpabilidad en la comisión de diversos delitos.

 

La última esperanza

 

El condenado tomó asiento cerca de una pequeña mesa, donde le permitieron platicar con sus acompañantes. No obstante que el capitán aparentaba tranquilidad, sus familiares y amigos, con el fin de animarlo, le comentaban que aún había esperanzas de obtener un indulto de Carranza. Los comentarios se confundían con los ruegos y oraciones de su madre; otros de los visitantes aprovechaban la oportunidad para despedirse del amigo.

 

Por su parte, Sámano les repetía lo que le había confesado a su abogado: “No temo a la muerte porque la ley tiene que cumplirse; sabré morir como un hombre y sólo les pido que digan a mis amigos que me guarden un buen recuerdo”. Su voz, segura y firme, denotaba el valor del militar; estaba acostumbrado a ver la muerte, a desafiarla, a engañarla. Entonces, el reo permanecía impasible.

 

Al despuntar las primeras horas del 1 de marzo, el día previo a la ejecución, despertó tranquilo. Luego caminó como quien se prepara para pasar revista. Saludó a los soldados y con aire jovial les dijo: “Pocas horas me faltan, muchachos; hay que ir entero al paredón; que no se diga que los soldados constitucionalistas no saben morir como mueren los hombres”.

 

Mientras tanto, su abogado hacía gestiones ante el gobierno carrancista para salvarlo, pero éstas se estrellaron ante la inflexibilidad de don Venustiano, por lo que la esperanza de exculparlo vino a tierra, y defensor y parientes del capitán, incluso él, se convencieron de que la sentencia dictada por el jurado militar habría de cumplirse irremediablemente.

 

Un reportero de El Demócrata logró entrevistar en las primeras horas de la tarde al capitán Sámano, que había sido introducido a la capilla en el garitón de la puerta central de Palacio Nacional. El reo cenaba en esos momentos en compañía de su madre y su esposa. Al informarle quién lo visitaba se levantó y con afabilidad le tendió la mano. El reportero escribió: “Vestía de uniforme kaki; es alto, joven amable, con barba y bigote negros”. Luego le preguntó: “¿Tiene usted algunas declaraciones que hacer a la prensa?”.

 

—Sí, señor —contestó—, debo declarar a usted que aun cuando voy a morir mañana y me quedan pocas horas de vida, no tengo miedo a la muerte, pues sé que tarde o temprano debo morir; sólo me pesa dejar la vida por una calumnia de uno de los enemigos de nuestra causa, que me acusó de un delito que no he cometido. Me pesa doblemente porque mi padre fue un hombre honrado, y con el delito por el que se me castiga se manchará su nombre. Dejo a mi madre, esposa e hija que tendrán algún día la prueba de mi inocencia.

 

Su voz revelaba emoción profunda y tranquilidad, de acuerdo con la crónica. “No olvide usted decir que soy inocente, pues serán mis últimas declaraciones. Mañana, antes de marchar al patíbulo, leeré El Demócrata para ver lo que dice usted de mí”, agregó Sámano.

 

En la antesala de la muerte

 

El día del fusilamiento, 2 de marzo, desde las ocho de la mañana decenas de curiosos se agolparon frente a la puerta central de Palacio Nacional. En la prensa se menciona que hacían comentarios sobre la valentía de Sámano y la hora en que sería ejecutado; incluso aseguraban que la Comandancia Militar de la zona ya había librado órdenes en el sentido de que fuera suspendida su ejecución.

 

Mientras, en la capilla, a las 9:20 a.m. el capitán de la escolta manifestó a Sámano que ya era hora de que estuviera listo, que el momento se aproximaba: “Cuando usted guste –contestó enfático Fortino–, ya he arreglado mis asuntos; me he despedido de la familia, de los amigos; ahora sólo me queda ir al paredón como van los hombres”.

 

Esta publicación es un fragmento del articulo "Cita con la muerte" del autor Arnulfo Inesa Ortega, que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 99: http://relatosehistorias.mx/la-coleccion/99-felipe-angeles-un-extraordin...