En el número anterior de *Relatos e Historias en México*, anoté que la primera en interceder a favor del exilio de León Trotsky en América fue la aguascalentense Anita Brenner. Desde Nueva York, Anita escribió un telegrama a Octavio Fernández, secretario general de la Liga Comunista Internacionalista (organización simpatizante del trotskismo en México), con la intención de explorar la posibilidad de que el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas pudiera exiliar al líder bolchevique perseguido por Stalin.
El telegrama de Anita desató una serie de comunicaciones entre artistas y políticos mexicanos, entre ellos Diego Rivera, hasta que, en tan sólo un par de días, el presidente Lázaro Cárdenas otorgó su anuencia para que Trotsky se refugiara en México. De ese modo inició el periplo mexicano del “viejo barbitas” y su fiel secretario y guardaespaldas: el genial matemático Jean van Heijenoort, quien lo siguió hasta tierras aztecas.
Un peligroso amor
A diferencia de Trotsky, que llegó a México el jueves 9 de enero de 1937, procedente de Estados Unidos y a bordo del buque *Ruth* –vía el puerto de Tampico–, Heijenoort viajó a nuestro país en avión. Llegó el sábado 11 de enero, al mediodía, y de inmediato abordó un taxi con dirección a la Casa Azul, de Frida Kahlo y Diego Rivera, en los confines del pueblo de Coyoacán. Trotsky acababa de llegar a la mansión de los Rivera, que sería su morada durante algunas semanas, hacía apenas un par de horas.
Heijenoort recuerda que entonces la Casa, que había sido prestada por los Rivera, estaba rodeada de policías mexicanos y que, por primera vez en mucho tiempo, notaba a Trotsky entusiasmado, incluso notablemente alborozado, sobre todo frente a la atrayente belleza e inteligencia de la dueña de la residencia: Frida Kahlo, a quien comenzó a escribirle cariñosas cartas cerradas con un *All my love*. Esto último suscitó la evidente y visible molestia de su esposa, Natalia Sedova.
Casi de inmediato, Van –como le decían los Trotsky a Heijenoort– se dio a la tarea de organizar la oficina del exiliado. Entre las tareas a las que Trotsky se consagró durante los iniciales días en nuestro país estuvo preparar su llamado “Contraproceso”, una especie de defensa pública ante las fuertes acusaciones que habían sido lanzadas en su contra –y en contra de su hijo León Sedov– en los llamados “Procesos de Moscú”. En esta tarea, la labor de Heijenoort fue fundamental. Él traducía del ruso al inglés, investigaba en el archivo de Trotsky, enviaba notas a la prensa estadounidense y consiguió un par de traductores al español para hacer lo propio con la prensa mexicana.
“Fueron semanas de actividad febril en la casa de Coyoacán”, escribió Heijenoort: “Cada mañana, toda la gente de la casa se reunía en el estudio de Trotsky, donde se repartían las tareas. Se sentía revivir en Trotsky al organizador que había sido en los años de la revolución”.
Las audiencias del “Contraproceso”, que también se conoció como Comisión Dewey, por ser presididas por el filósofo estadounidense John Dewey, concluyeron, satisfactoriamente para Trotsky, en junio de 1937. Entonces Heijenoort y los demás custodios del líder soviético se enfrentaron a un nuevo problema: el peligroso amor que se estaba tejiendo entre Frida y Trotsky. Si Rivera se enteraba, celoso contumaz, ardería Roma, poniendo incluso en riesgo el exilio de Trotsky en México; si Natalia, la esposa del “viejo barbitas”, lo abandonaba, también se desataría una crisis completamente innecesaria.
En el piso de un Ford
El 18 de julio de ese mismo año, Natalia envió una carta a Trotsky –quien se había ido un tiempo, en compañía de Heijenoort, a Pachuca– en la que amenazaba con dejarlo si no se alejaba de una vez por todas de Frida. Trotsky abandonó el peligroso flirteo con la pintora, que incluso lo visitó en Pachuca, y retornó a Coyoacán para reconciliarse con su esposa.
La pareja continuó viviendo en la Casa Azul, pero hacia el final de 1937 el brazo de Stalin comenzó a sentirse cerca de México con mayor intensidad, particularmente a través del Partido Comunista Mexicano. Heijenoort advirtió el peligro y oteó la posibilidad de un atentado disfrazado de manifestación política. También comenzó a sospechar de una casa vecina a la Casa Azul. Así se lo participó a Rivera, y éste, generosamente, se ofreció a comprar la casa en cuestión. Pero aquello llevaría mucho tiempo en trámites y papeleo. Así que Van ideó una estrategia infalible: sacar a Trotsky, de incógnito, de la Casa Azul.
Así, el 13 de febrero de 1938, muy de mañana, Van tomó el volante del Ford V8 que estaba estacionado dentro de la Casa. Las puertas de la cochera fueron abiertas por dos guardias y al salir saludó a los policías apostados en la garita que, afuera, vigilaban la vivienda. Heijenoort saludó a los agentes con una mano alzada, como cuando salía solo de la residencia. Unas cuantas calles más adelante, en la parte trasera del auto, apareció Trotsky; se había ocultado acostándose en el piso del auto.
El plan era que, por un tiempo, Trotsky viviera en Lomas de Chapultepec, en casa de Antonio Hidalgo, empresario y amigo de Francisco J. Múgica, amigo y enlace de Trotsky con el presidente Cárdenas. Pero la desgracia cebó el plan. El 16 de febrero, a México llegó la noticia del asesinato, en París, de Sedov, el hijo de Trotsky. Heijenoort fue el primero en enterarse. Entonces tuvieron que volver a la residencia de Coyoacán, para avisar a Natalia, la madre, sobre la tragedia. La pareja de exiliados se autoexilió en una habitación de la Casa para vivir su sensible pérdida…
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¿Cómo citar este artículo?
Ricardo Lugo Viñas, “De Prinkipo a Coyoacán. El matemático Jean van Heijenoort, secretario de Trotsky”, Relatos e Historias en México, núm. 216, Octubre, 2026, pp. 18-21.

