Después de la proclamación de la independencia, los ritos de Escocia y de York se convirtieron en centros de agregación y de actividad política diferenciados por sus principios. En plena lucha insurgente se jugaban ya en Nueva España los intereses liberales de las potencias, especialmente la inglesa y la estadounidense; una vez lograda la independencia, afloraron con gran fuerza ambos ritos: el escocés, como bandera de los intereses españoles, y el yorkino, como baluarte estadounidense.
El rito de Escocia fue introducido formalmente en 1813 por españoles que combatían a los insurgentes, y luego por los liberales que acompañaban a Juan O’Donojú —último jefe político superior de la Nueva España—; conformaron la Gran Logia de México, con el oidor de la Audiencia de México como gran maestre.
El rito de York se instituyó oficialmente con las cartas patentes concedidas desde Estados Unidos por la Gran Logia de Luisiana durante la guerra de independencia: en 1816 en Veracruz, y en 1817 en Campeche y Mérida. Los yorkinos —facción que resultó predominante en el joven gobierno de México— sustentaban postulados liberales inaceptables para la Iglesia católica, como la libertad de conciencia y la tolerancia de cultos.
Para 1821, en México aún no se hallaba la forma política definitiva que lo estructurase como Estado, y el escenario era propicio para las intenciones de ambos ritos, que emergían con fuerza entre la diversidad de intereses que desgarraba a la nación. Asimismo, la lucha frontal polarizó a la clase política en 1823, con la convocatoria al primer Congreso Constituyente.
En 1824, la facción federalista obtuvo la presidencia con el general Guadalupe Victoria, quien intentó un equilibrio entre ambos ideales políticos y en su gabinete integró a miembros prominentes de cada una de esas sociedades secretas.
La facción “conservadora” se identificó con el rito de Escocia, dirigido intelectual y militarmente por Nicolás Bravo, designado como su gran maestre; el grupo “liberal” lo hizo con el de York, con Vicente Guerrero como gran maestre. Ambos líderes, antiguos jefes insurgentes, se enfrentaron, incluso con las armas, en 1827.
El ministro plenipotenciario de Estados Unidos, Joel R. Poinsett —quien ya había sido cónsul en Buenos Aires, Chile y Perú—, presentó sus credenciales ante el presidente Victoria. Sus instrucciones eran evitar, hasta donde fuera posible, la influencia inglesa en los asuntos mexicanos; buscar adeptos al sistema político republicano de su país y privilegios para el comercio con Estados Unidos; y, por supuesto, adquirir territorio mexicano tan pronto como las condiciones le favorecieran. Poinsett se relacionó rápidamente con los masones del rito de York.
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Referencia:
La Redacción, “Logias masónicas en la política mexicana”, Relatos e Historias en México, núm. 214, Agosto, 2026, p. 55-56.

