*Nota del editor:
Para la elaboración de esta guía nos hemos basado, fundamentalmente, en la ruta descrita por don Luis Castillo Ledón en Hidalgo. Vida del héroe (1948-1949). También hemos recurrido a las investigaciones sobre Miguel Hidalgo del historiador Carlos Herrejón Peredo, en especial a su obra La Ruta de Hidalgo (INEHRM, 2012). Asimismo, recomendamos el libro Diccionario de la Independencia de México (UNAM-IIH, 2010), coordinado por los investigadores Virginia Guedea, Ana Carolina Ibarra y Alfredo Ávila, y en el que participan más de doscientos académicos con breves ensayos. Para saber más, son insustituibles las primeras historias de la guerra de independencia escritas en el siglo XIX por Carlos María de Bustamante y Lucas Alamán; en internet se pueden encontrar ligas de descarga de todas estas obras.
Preocupado don Miguel por las vagas noticias contra los conspiradores de Querétaro, se reunió el 14 de septiembre con el capitán Ignacio Allende en el curato de Dolores. Sin embargo, los primeros informes llegaron la madrugada del 16, con don Ignacio Pérez –enviado por doña Josefa Ortiz– y el capitán Juan Aldama. Entonces, por iniciativa de Hidalgo, a punta de pistola liberaron a los presos y encerraron a los españoles principales del pueblo.
Era domingo y don Miguel, con su enorme ascendencia y bien ganada reputación, convocó a los parroquianos frente a la iglesia a unírsele en defensa de la patria contra los “gachupines que quieren entregarla a los impíos franceses. ¡Se acabó la opresión! ¡Se acabaron los tributos!”. En respuesta a la ovación jubilosa, el cura ofreció un peso diario a quienes lo siguieran con arma y caballo, y un tostón (cuatro reales) a los de a pie. Antes del mediodía, más de seiscientos artesanos y labriegos salieron por el rumbo de la hacienda de la Erre hacia San Miguel el Grande, entre repiques de campanas y entusiasta algarabía, con gritos contra el mal gobierno y los gachupines.
Los militares Allende y Aldama aceptaron de inmediato el liderazgo del cura y se dispusieron a ordenar en pelotones a aquella tropa informe. A pesar de la cercanía de la ciudad de Guanajuato, capital de la Intendencia, resguardada por milicias realistas, decidieron dar un rodeo para sumar tropas y recursos en las principales ciudades de los alrededores, como San Miguel, Celaya y Salamanca –donde se habían dado brotes conspirativos–, e instalar gobiernos locales.
El mismo día 16 de septiembre, al llegar a los grandiosos recintos religiosos de Atotonilco, Hidalgo se hizo con una imagen de la Virgen de Guadalupe que fue ondeada como insignia de aquella lucha. Al oscurecer, un extraordinario movimiento de gente en San Miguel anunció la entrada de aquel tumulto que gritaba improperios a los españoles y batía tambores. El gentío lanzaba vivas a la religión y a Fernando VII, y mueras a los gachupines. Los primeros 80,000 pesos llegaron a las manos del recién nombrado tesorero, don Mariano Hidalgo, hermano del cura: con ese dinero pagarían a la tropa. En las otras ciudades, Hidalgo exigió grandes sumas a los españoles y a cabildos eclesiásticos para armas y otros gastos de la guerra. Conforme avanzaban, Hidalgo enviaba comisiones por los cuatro rumbos para alzar movimientos similares.
El 19 salieron por el rumbo de Comonfort, y el 20 Hidalgo entró a Celaya con unos 4,000 insurrectos. Dos días después, fue proclamado “Capitán General”. Luego pasaron por el Guaje (actual Villagrán), llegaron a Salamanca, y el día 25 ya estaban en Irapuato. En esas fechas, a Hidalgo le llegó la noticia de que su amigo el obispo de Michoacán Manuel Abad y Queipo emitió un edicto de excomunión en el que comparaba a la incipiente revolución con la reciente y tumultuosa de Haití (que abolió la esclavitud en 1803). También decía el prelado que “por efecto de la Revolución francesa todo se arruinó y se destruyó en absoluto”; allí, “cuyos propietarios eran los hombres más ricos, acomodados y felices que se conocían sobre la Tierra”. Y le comunicó al virrey de Nueva España que “viendo la facilidad con que [el cura de Dolores] seduce los pueblos, me ha parecido conveniente y justo excomulgarlo”.
La columna con miles de insurrectos se acercó a la ciudad de Guanajuato. El intendente Juan Antonio de Riaño ya había preparado la defensa con barricadas y caballería, y se atrincheró en el “castillo de la Alhóndiga” con los principales españoles y sus familias.
El 28 de septiembre, desde la cercana hacienda de Burras (San José de Llanos), Hidalgo envió a Riaño la solicitud de rendición. El cura confirmó que sus objetivos se reducían a “proclamar la independencia y libertad de la nación”; y adjuntó una carta confidencial a su también amigo:
> La estimación que siempre he manifestado a usted es sincera, y la creo debida a las grandes cualidades que lo adornan. La diferencia en el modo de pensar, no la debe disminuir. Usted seguirá lo que le parezca más justo y prudente, sin que esto acarree perjuicio a su familia. Nos batiremos como enemigos si así se determinare; pero desde luego ofrezco a la señora intendenta un asilo y protección decidida en cualquiera lugar que elija para su residencia.
Riaño y los propietarios españoles rechazaron la rendición. Al mediodía, miles de insurgentes atacaron la Alhóndiga desde los cerros, apoyados por habitantes pobres de la ciudad; también barrieron con las trincheras y los soldados. Después de cinco horas, terminó la batalla. Riaño y doscientos de sus soldados perdieron la vida y también 105 españoles; del bando insurgente murieron 246. Al día siguiente comenzó el saqueo desordenado de la ciudad, y aunque Hidalgo emitió un bando que amenazaba con castigar a los que participaran en él, no todos acataron la orden.
Hidalgo salió el 4 de octubre hacia Dolores para invitar a otros criollos a unirse al movimiento. Al regresar a Guanajuato, ordenó el gobierno y mandó fundir cañones en esa ciudad minera. El día 10 las tropas regresaron por Irapuato y Salamanca para enfilarse hacia el sur por Valle de Santiago, Acámbaro y Zinapécuaro, rumbo a Morelia (antes Valladolid), la capital de la intendencia de Michoacán. Ese curso los conduciría hacia la Ciudad de México, la capital del virreinato.
Un pedazo de la columna se adelantó y el 15 de octubre Mariano Jiménez exigió, desde Indaparapeo, la rendición de Valladolid. Las autoridades decidieron fugarse a la Ciudad de México: entre estas iban Abad y Queipo y un teniente de milicias, Agustín de Iturbide, a quien seguirían solamente setenta soldados. Los otros regimientos se unieron a Miguel Hidalgo, pues era un cura bien conocido en Valladolid por haber sido maestro y rector del Colegio de San Nicolás de esa ciudad.
Hidalgo y Allende entraron el día 17 al frente de una formidable masa humana cargada de tesoros, armas, parque y provisiones. Desfilaron a caballo por la calle Real, entre el entusiasmo de las multitudes y largos repiques de campanas. Don Miguel nombró intendente a José María de Ansorena y mandó cubrir los cargos vacantes de gobierno.
Como no era fácil contener la ira de la muchedumbre, dos días después algunas casas de españoles prófugos fueron asaltadas. Para contener el pillaje, Allende mandó disparar un cañón y causó algunas muertes. Ese mismo día, el 19 de octubre, el párroco de Dolores comisionó a Ansorena para publicar el trascendental bando con el que marcó el rumbo político del movimiento ¿Qué decía? El bando terminaba con una amenaza a su tropa: “Se previene a toda la plebe que si no cesa el saqueo y se aquietan, serán inmediatamente colgados, para lo que están preparadas cuatro horcas en la plaza mayor”… Lee el bando completo y lo que ocurrió a después en el artículo completo de la revista.
Referencia:
La redacción, “La ruta de Hidalgo: Independencia y libertad de la nación: La insurrección en Guanajuato y Michoacán”, Relatos e Historias en México, núm. 215, Septiembre, 2026, p. 38-41.

