LA RUTA DE HIDALGO

EL VENDAVAL REVOLUCIONARIO | Guía del itinerario que siguió el líder insurgente desde septiembre de 1810 hasta julio de 1811

Luis Castillo Ledón

*Nota del editor:
Para la elaboración de esta guía nos hemos basado, fundamentalmente, en la ruta descrita por don Luis Castillo Ledón en Hidalgo. Vida del héroe (1948-1949). También hemos recurrido a las investigaciones sobre Miguel Hidalgo del historiador Carlos Herrejón Peredo, en especial a su obra La Ruta de Hidalgo (INEHRM, 2012). Asimismo, recomendamos el libro Diccionario de la Independencia de México (UNAM-IIH, 2010), coordinado por los investigadores Virginia Guedea, Ana Carolina Ibarra y Alfredo Ávila, y en el que participan más de doscientos académicos con breves ensayos. Para saber más, son insustituibles las primeras historias de la guerra de independencia escritas en el siglo XIX por Carlos María de Bustamante y Lucas Alamán; en internet se pueden encontrar ligas de descarga de todas estas obras.
 


 

Poco antes de celebrarse las fiestas del Centenario de la Independencia en 1910, la entonces Secretaría de Instrucción Pública comisionó al periodista e historiador Luis Castillo Ledón para reconstruir el itinerario del cura insurgente Miguel Hidalgo desde su nacimiento hasta su muerte. Acompañado del fotógrafo Gustavo F. Silva, recorrió miles de kilómetros durante siete meses y medio, “por todos los sistemas de locomoción de que se disponía, a pie inclusive”. Sin embargo, los cambios políticos provocaron que su trabajo quedara guardado, hasta que, a mediados del siglo XX, fue publicado de manera póstuma.

En 1960, para conmemorar el 150 aniversario del comienzo de la revolución de independencia, se trazó el recorrido del cura de Dolores con su ejército, que en seis meses pasó por Guanajuato, Michoacán, Estado de México, Ciudad de México, Jalisco, Aguascalientes, Zacatecas, San Luis Potosí, Coahuila, Durango y Chihuahua. Para marcar este corredor, el gobierno de México instaló 260 estelas rematadas con esculturas de cabeza de águila (diseñadas por los artistas José y Tomás Chávez Morado, y actualmente consideradas patrimonio cultural), cuyo pico apunta hacia la dirección que siguieron los insurgentes.

La información de aquel trayecto y lo que generó (escritos, fotos, esculturas, memoria e identidad) representa una riqueza histórica y patrimonial invaluable que ha sido poco conocida a través de libros y documentos. Por ello, aquí ofrecemos un acercamiento a la llamada “Ruta de Hidalgo”.

“Entre la multitud de próceres que pueblan la historia de México, destaca por su radicalidad libertaria el cura de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla. Con un puñado de hombres, en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, el párroco decidió no amedrentarse ante la inminente llegada a ese curato de las tropas realistas, y contra la opinión de los militares Ignacio Allende y Juan Aldama, propuso no huir, sino llamar al pueblo para, de una vez por todas, enfrentar al régimen virreinal”  

E D M U N D O O ’ G O R M A N , 1 9 6 4


Nos queda la imagen del cura que tocó las campanas, arengó a la multitud fervorosa en torno a su persona y que, por su audaz determinación, asumió el liderazgo de la rebelión. Desde ese pueblo de una de las intendencias más ricas del virreinato, Hidalgo salió al frente de una tropa que al paso de los días se convertiría en un enorme ejército. La mañana de ese 16 de septiembre, el guía espiritual de aquellos parroquianos se transformó en su jefe militar.

En sólo mes y medio, la columna libertaria de indios labriegos y otros sectores, en su trayecto por Guanajuato y Michoacán, creció exponencialmente hasta llegar a las puertas de la Ciudad de México con casi 80,000 insurrectos. Para aquilatar las dimensiones de dicha conflagración basta indicar que tal cantidad representó más del 1% de la población de Nueva España (cerca de 6.2 millones).

La insurrección en Guanajuato no fue un estallido en cielo sereno: la acumulación de todos los agravios sociales sobre las espaldas de aquella multitud, mayoritariamente indígena, se veía también inflamada por la profusión de rumores y malhumores propagados desde la grave crisis política de 1808, cuando el ejército de Francia invadió España y los reyes abdicaron en favor de Napoleón.

En Nueva España, la crisis se agravó con el golpe de Estado contra el virrey José de Iturrigaray –patrocinado por ricos españoles– por haber tolerado que el ayuntamiento de México promoviera la soberanía popular en ausencia del monarca. Durante los siguientes dos años proliferaron grupos de conspiradores que pretendían constituir juntas autónomas –similares a las de la Ciudad de México y España–, como los que fueron descubiertos en Querétaro en 1810.

La ruptura entre los españoles americanos y los peninsulares desgarró a la sociedad política novohispana. Cuando estalló la revolución, esta tomó las características de una verdadera guerra civil. Por eso no extraña que, en la disputa por el gobierno, los “partidos” enfrentados reivindicaran igualmente, en su guerra de panfletos, “salvaguardar los derechos de la religión, los del soberano Fernando VII, y los de la patria”. Estas ideas, si bien popularmente admitidas, no eran las del cura de Dolores, quien estaba convencido de que era indispensable la libertad de América.

Antes de la insurrección, el capitán Ignacio Allende había sido promotor de conspiraciones en las ciudades del Bajío, e intentó reclutar al cura Hidalgo por su enorme prestigio en la región. Se sabe que al principio el párroco descreía de esos intentos autonomistas de gobernar en nombre del monarca. Cuando en el verano de 1810 finalmente aceptó formar parte de la conjura nucleada en Querétaro, no imaginó que sería el comandante de las tropas insurgentes, y mucho menos que sus subordinados serían los militares de carrera Ignacio Allende, Mariano Abasolo, Francisco Lanzagorta, Juan Aldama y Mariano Jiménez.

Las fuerzas que se enfrentaron después del “grito” de septiembre de 1810 eran similares: comandadas por capitanes profesionales, que eran apoyados por milicias de peones y rancheros. Por otra parte, no todos los sacerdotes del clero bajo se unieron a la insurgencia, aunque algunos altos eclesiásticos ilustrados lucharon al lado de Hidalgo. Con los indígenas ocurrió algo similar: hubo repúblicas de indios que expresaron, por voz de sus caciques y gobernadores, su adhesión al virrey, mientras que una masa de subyugados por malos salarios y maltratos vaciaron los pueblos y haciendas para unirse a la sublevación. En Celaya, los insurrectos aclamaron a Hidalgo como “capitán general y protector de la nación”, que era el mismo cargo oficial que ostentaba el virrey: era evidente que se conducían hacia la formación de un gobierno paralelo frente al régimen.

El estallido revolucionario se diseminó con rapidez y por amplios territorios. La figura de don Miguel Hidalgo fue reconocida por todos, pero el movimiento no tuvo tiempo de construir una dirección militar unificada, como la que sí contaba el ejército del virrey, que concentró el mando militar en Félix María Calleja. Con todo, las autoridades españolas identificaron al cura como el principal instigador de la insurgencia, y lanzaron furibundas condenas y acusaciones; sus delitos eran los más graves: “anticatólico, hereje, apóstata, materialista, libertino y lascivo y, por supuesto, sedicioso generalísimo capataz de salteadores y asesinos”. En el intento de poner a la sociedad novohispana en su contra, las autoridades ordenaron pegar en iglesias y muros sus edictos de excomunión y de recompensa de diez mil pesos de plata por su cabeza.

Las derrotas que sufrió aquella primera insurrección, en los cuatro meses que Hidalgo dirigió la guerra (entre septiembre de 1810 y enero de 1811), no se debieron tanto a una supuesta superioridad de los españoles, sino a las fracturas internas en las tropas de Hidalgo, y quizá también a la ausencia de la mayoría criolla.

Sirva ese breve repaso de aquellos meses para abrir esta guía mínima, la cual, si bien no cubre el amplio escenario de la guerra, ni las acciones que llevaron a cabo todos los jefes insurgentes, sí busca puntualizar los lugares por donde Miguel Hidalgo dejó sus huellas en su intento por alcanzar la radical independencia de la América septentrional, conformar un congreso representativo y legislar sobre la condición de los marginados y menesterosos...

 


Referencia:

La redacción​, “La ruta de Hidalgo: El vendaval revolucionario”, Relatos e Historias en México, núm. 215, Septiembre, 2026, p. 34-37.