“Con dinero baila el perro”: las elecciones de 1871

Javier Torres Medina

Desde Palacio Nacional se ejercía presión sobre la oposición y se vetaban candidaturas que don Benito Juárez no consideraba de su agrado.

 

¿Por qué, si acaso fuiste

tan patriota,

estás comprando votos

de a peseta?

¿Para qué admites

esa inmunda treta

de dar dinero al que

en tu nombre vota?

(El Padre Cobos, 1871)

Para 1871 se pronosticaban elecciones complicadas. Resulta si no sorprendente, si interesante que durante el proceso electoral las plataformas políticas de los dos contendientes opuestos a Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz, consideran en que era necesario acabar con la corrupción y “proporcionar a la nación un gobierno libre de corrupción y administrado económicamente”.

En el programa lerdista, casi la mitad de sus puntos programáticos se referían a asuntos económicos. Se manifestaba por una nación libre de corrupción bien administrada económicamente. Asimismo, prometía respetar la soberanía y la libertad de los estados, observar las leyes y el respeto a los derechos garantizados en la Constitución. Cuestionaban al gobierno por sus procedimientos ilegales y anticonstitucionales al intervenir en la política estatal y municipal para tratar de dominar las elecciones.

Los porfiristas eran en su mayoría liberales “puros” que se habían opuesto a Juárez en 1861-1863 y algunos descontentos con los otros dos candidatos. Al frente de la facción se encontraba Justo Benítez. Su programa no difería mucho del de sus antagonistas. Prometían el cumplimiento de la Constitución de 1857 con interés en las garantías individuales, elecciones libres y un gobierno bien administrado y sin corrupción. La unión de los opositores a Juárez se basaba en el interés de que se legislara para hacer difícil que la administración pudiera controlar la votación.

Los porfiristas consideraban que la contienda electoral debería iniciar en el seno del Congreso, “foco de intriga reeleccionista”, por lo que enfocaron todas sus baterías en abolir la disposición del 21 de enero de 1860 conocida como la Ley de Estado de Sitio, que concedía al presidente la facultad de decretarlo cuando fuese necesario. Se consideraba que esta ley no debería estar vigente, ya que se podría utilizar para controlar las elecciones.

Asimismo, intentaron votar para que no aumentara el presupuesto de los fondos para gastos extraordinarios, pues pensaban que el dinero en exceso podría usarse para mantener a Juárez en el poder y que se debería combatir a algunos representantes reeleccionistas. Los porfiristas acusaban a la administración juarista de que el favoritismo y la corrupción reinaban en la administración y la solución que proponían se resumía en una frase: “no reelección”.

La oposición a la reelección de Juárez denunció que “el partido del presidente” se excedía en sus facultades extraordinarias para favorecerse en las elecciones al presionar y convencer a los gobiernos locales para que se hicieran de la vista gorda ante las irregularidades electorales para mantener posiciones políticas en palacios municipales, ayuntamientos, cámaras y tribunales mediante un control centralista y monopolizador a través de una maquinaria política dispuesta desde la capital. El gobernador del Distrito Federal, Gabino Bustamante, denunció que el ayuntamiento quería ganar la elección por medios fraudulentos.

La facción juarista tenía algunas ventajas, como el control del ejército y de la administración y sus recursos, así como el acceso a fondos federales, lo que les daba una gran ventaja sobre sus opositores. Por ello, ganar las elecciones se convirtió en el principal motor de las políticas de los juaristas, quienes no dudaron en aprovechar su situación de partido gobernante para influir en el desarrollo de las elecciones. Desde diversos medios, e incluso algunos intelectuales, acusaron al presidente de presionar a todos los agentes involucrados en el proceso electoral para que el voto le favoreciera. A la sazón, El Padre Cobos publicaba el 12 de enero de 1871: “Regularmente los que manejan el dinero de la nación, tienen mil medios de hacer que se les quede algo en las uñas, pues… el que entre la miel anda, algo se le pega”.

La prensa opositora no cejaba de criticar al gobierno y El Padre Cobos publicaba con sorna tres días después: “¿En qué se parece el tesoro público a un bagazo de caña? / En que se lo han chupado. / ¿En qué se parecen los juaristas a los canes hambrientos? / En que no quieren soltar el hueso”. Más que una insinuación, la prensa acusaba directamente al gobierno de repartir dinero público.

 

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Title Printed: 

Juárez y la corrupción