• 22-ago-2019.

A cien años de la Doctrina Carranza

Pablo Serrano Álvarez

 

¿Cómo surgieron los principios diplomáticos de neutralidad, no intervención y libre autodeterminación de los pueblos?

 

 

Las relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos fueron críticas y tensas a lo largo de la revolución constitucionalista. Las reclamaciones de ciudadanos estadounidenses por verse afectados por hechos de la guerra fueron muy comunes. A ello se sumó la intervención norteamericana en Veracruz en 1914; la invasión de huestes militares estadounidenses en la incursión persecutoria de Francisco Villa por el ataque a Columbus en el norte del país; las dificultades para la obtención del reconocimiento diplomático del gobierno de la nación vecina al constitucionalismo; el contrabando de armas y pertrechos en varias regiones fronterizas o en los puertos; la violación del territorio mexicano mediante aeroplanos o la incursión de naves de guerra en aguas nacionales; y el pésimo trato a los migrantes mexicanos en Estados Unidos, con motivo de la guerra mundial. Todos ellos fueron episodios de una relación difícil y llena de conflictos y enfrentamientos.

 

En medio de la guerra mundial

 

La tensión con Estados Unidos se incrementó aún más con la promulgación de la Constitución de 1917. El artículo 27 fue un ámpula para la relación diplomática por los intereses petroleros y mineros que se pusieron en juego. A esto se vino a sumar la conflagración mundial europea en la que participaba el país del norte. México encabezó desde ese año una unión diplomática con las naciones neutrales al enfrentamiento europeo. Asimismo, nombró cónsules, enviados plenipotenciarios, encargados de legaciones o embajadores en Sudamérica y Centroamérica, con la intención de reforzar los principios de neutralidad que encabezaba el gobierno. A todos los diplomáticos nacionales se les instruyó en el tema de la neutralidad y la promoción de México como garante de las buenas relaciones entre los países. En septiembre de 1917 Carranza expresó:

 

“El Gobierno mexicano ha visto con pena que, no habiendo tenido sus gestiones a favor de la paz el éxito anhelado, la conflagración mundial se ha propagado y ha envuelto a naciones completamente ajenas a los intereses que se debaten en esta gigantesca lucha, sin precedente en la Historia; pero inspirado como siempre en los altos y sinceros sentimientos humanitarios que lo impulsaron a dirigirse a los países neutrales en el mes de febrero, no desmayará un instante en sus propósitos de contribuir de alguna manera al advenimiento de una paz duradera y estable.”

 

El perfil de México ante la Primera Guerra Mundial se mantuvo invariable en torno al fomento de la neutralidad, la no intervención y la libre autodeterminación de los pueblos. El nacionalismo revolucionario del presidente Carranza permaneció como una política institucional fundamental: “México […] ajeno por completo a los intereses por que luchan los pueblos europeos, y respetuoso con todas las naciones y respetado por ellas, seguirá, observando la más estricta neutralidad, ya que ésta ha sido y será la norma inflexible de su conducta”.

 

Ya en su segundo informe del 1 de septiembre de 1918, Carranza destacó que la política internacional de la nación se había mantenido como base en sus relaciones con otros países y autoridades, estableciendo incluso los principios relacionados con el derecho internacional y las convenciones aplicables de La Haya para hacer respetar la neutralidad por parte de las autoridades mexicanas en todos los niveles. El presidente no deseaba que México se viera involucrado en la guerra mundial porque además había que resolver los conflictos relativos a las reclamaciones de extranjeros por efecto de la Revolución y los problemas por la regulación petrolera y minera que había establecido la carta magna de 1917.

 

El mandatario fue enfático al establecer el cumplimiento de la neutralidad, afirmando: “México se ha visto obligado, en repetidas ocasiones, a hacerla respetar, presentándose algunos casos delicados y difíciles, que autorizan al Ejecutivo a decir que el mantenimiento de su actitud ha sido un esfuerzo por parte del Gobierno”.

 

Contra la Doctrina Monroe

 

Como efecto de la guerra mundial, México tuvo muchos problemas con Estados Unidos durante 1918, pero también por las acciones gubernamentales. Dificultades en torno a un convenio comercial para intercambio de víveres y materia prima para la guerra; el tráfico de personas; los comercios marítimo y terrestre; el aprovisionamiento de carbón y víveres, así como de petróleo y otros minerales, tanto por vía marítima como terrestre; negociaciones en las aduanas de los puertos y ferrocarriles; cruce de trabajadores mexicanos para la industria, el comercio y la milicia; enfrentamientos por grupos de bandidos y asaltantes mexicanos en la frontera; la utilización de aguas territoriales por barcos ajenos al comercio o al traslado de pasajeros; afectaciones o detenciones de ciudadanos mexicanos en territorio nacional; el uso de aparatos inalámbricos por parte de barcos estadounidenses; vuelos de aeroplanos dentro del territorio nacional; enfrentamientos armados en la frontera norte encabezados por norteamericanos contra mexicanos; violación de correspondencia diplomática y comercial; reclutamiento de nacionales para incorporarse a las fuerzas militares estadounidenses.

 

Los casos fueron motivo de protesta diplomática por parte del gobierno de Carranza, mediante notas que apelaban siempre a la neutralidad porque se violaban las leyes internacionales, se afectaba la soberanía nacional y se intervenía en asuntos ajenos al exterior. Era indispensable que se endureciera definitivamente la política diplomática de México frente a la guerra mundial, pero de igual manera que se establecieran los principios que caracterizarían a la política exterior nacionalista, no intervencionista y neutral. En este ámbito, la unión con los países de América Latina fue un rasgo definitorio.

 

El presidente fue enfático en el establecimiento de la doctrina mexicana en las relaciones internacionales en 1918. Su justificación no tiene desperdicio:

 

“La política internacional de México se ha caracterizado por la seguridad en el desarrollo de los principios que la sustentan. Los resultados adquiridos son suficientemente satisfactorios para que se haya apoyado el Ejecutivo en las cuestiones internacionales que han surgido durante el año de que informo. El deseo de que iguales prácticas que las adoptadas por México sigan los países y las legaciones todas, pero en particular la América Latina, cuyos fenómenos específicos son los mismos que los nuestros, ha dado a tales principios un carácter doctrinario, muy significativo, especialmente si se considera que fueron formulados por el que habla […] en plena lucha revolucionaria; y que tenía el objeto de ilustrar al mundo entero de los propósitos de ella y los anhelos de la paz universal y de confraternidad latinoamericana.”

 

De esta forma, el mandatario se oponía a la Doctrina Monroe estadounidense, pero también a cualquier intento que diera como resultado la intervención en asuntos o territorios de otros países. La Doctrina Carranza fue el resultado de años de experiencias conflictivas con Estados Unidos, pero también con Europa. Encabezar una coalición latinoamericana era de fundamental importancia para el presidente mexicano, ya que esto permitiría, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, mantenerse unidos en torno al objetivo común de la neutralidad, pero igual favoreciendo la no intervención en asuntos que dañaran la estabilidad social, política y económica de las repúblicas latinoamericanas, frente a una Doctrina Monroe que, desde 1823, había afectado la soberanía nacional de los Estados de la región. México era una muestra grande de la justificación expuesta por Carranza.

 

Principios de la Doctrina Carranza

 

Las justificaciones y argumentos para definir las bases principales de la política exterior mexicana, sin duda, representaron la expresión más acabada del nacionalismo revolucionario de los constitucionalistas, vencedores de la guerra de facciones. Cuatro grandes principios conformaron la Doctrina Carranza:

 

“Que todos los países son iguales; deben respetar mutua y escrupulosamente sus instituciones, sus leyes y su soberanía;

 

Que ningún país debe intervenir en ninguna forma y por ningún motivo en los asuntos interiores del otro. Todos deben someterse estrictamente y sin excepciones, al principio universal de no intervención;

 

Que ningún individuo debe pretender una situación mejor que la de los ciudadanos del país a donde va a establecerse, ni hacer de su calidad de extranjero un título de protección y de privilegio. Nacionales y extranjeros deben ser iguales ante la soberanía del país en que se encuentran y, finalmente,

 

Que las legislaciones deben ser uniformes e iguales en lo posible, sin establecer distinciones, excepto en lo referente al ejercicio de la soberanía.”

 

 

Para Carranza, estos principios eran básicos para cambiar el concepto de la diplomacia en ese momento, porque esta no debía servir nunca para la protección de intereses particulares, pero tampoco para el uso de la fuerza o el enaltecimiento de las naciones. Igualmente, deberían servir para neutralizar la violación de la ley por parte de los países grandes contra los débiles o que sus súbditos poderosos obtuvieran beneficios. El presidente reforzó su ideal: “La diplomacia debe velar por los intereses generales de la civilización y por el establecimiento de la confraternidad universal”. México, decía Carranza, “hoy abriga la esperanza de que la conclusión de la guerra será el principio de una nueva era para la humanidad y de que el día en que los intereses particulares no sea el móvil de la política internacional, desaparecerán gran número de las causas de guerra y de conflictos entre los pueblos”.

 

La reacción de los sectores estadounidenses opuestos a México incluyó una propaganda que divulgaba que Carranza quería eliminar la Doctrina Monroe para hacer un bloque diplomático contrario a los intereses norteamericanos. Se creía que esa coalición eliminaría la supuesta protección de Estados Unidos en América Latina, lo cual ocasionaría que el conjunto de esos países fuera encabezado por México para aliarse a intereses europeos enemigos de los estadounidenses.

 

Hacia finales de 1918 la opinión pública norteamericana y mexicana se orientó a decir que la Doctrina Carranza no solamente confrontaba a la Doctrina Monroe, sino también a la Doctrina Wilson, que establecía el reconocimiento internacional de la soberanía entre los pueblos y naciones, sobre todo de América Latina. De nuevo se percibió que la política estadounidense se confrontaba entre sí misma: la establecida por el presidente Wilson ante la ejecutada por su Departamento de Estado.

 

 

Esta publicación sólo es un fragmento del artículo "A cien años de la Doctrina Carranza" del autor Pablo Serrano Álvarez que se publicó en Relatos e Historias en México número 126. Cómprala aquí