• 13-ago-2020.

Brujas medievales

El "Malleus Maleficarum", manual contra las brujas
Nallely Castro Valencia

 

El manual inquisitorial Martillo de las brujas (1487) permite conocer cómo en la Edad Media se identificaba a las mujeres practicantes de brujería, las formas más comunes para saber si se estaba bajo un maleficio de alguna de ellas, así como la manera en que debían ser cazadas, interrogadas y, si era necesario, castigadas. Asimismo, podemos conocer la imagen de las brujas en la sociedad medieval, así como las permanencias y posibles cambios en ella.

 

El manual inquisitorial Martillo de las brujas (1487) permite conocer cómo en la Edad Media se identificaba a las mujeres practicantes de brujería, las formas más comunes para saber si se estaba bajo un maleficio de alguna de ellas, así como la manera en que debían ser cazadas, interrogadas y, si era necesario, castigadas. Asimismo, podemos conocer la imagen de las brujas en la sociedad medieval, así como las permanencias y posibles cambios en ella.

 

EL PODER DE LA MAGIA

La Edad Media en Europa (que abarca regularmente del siglo V al XV) fue un periodo en el que la religión dominó fuertemente el pensamiento de hombres y mujeres, sin embargo, la inclinación a lo mágico y fantástico se convirtió en una “válvula de escape” para la vida cotidiana, pues, en gran medida, la gente se inclinaba a practicar y creer en la magia, dejando de lado su fe en la religión.

¿Qué proporcionaba la magia que Dios no podía? Una de las grandes diferencias era que podía estar sometida a los caprichos del ser humano, es decir, a sus tiempos y deseos, mientras que la acción divina estaba totalmente sujeta a la voluntad del ser supremo, por considerarse perfecta y ser la que movía la vida terrenal; por tanto, si una persona buscaba de alguna forma extraordinaria alterar esto, cometía lo que era denominado como herejía.

A pesar del sinfín de castigos implementados para los practicantes de la magia, las personas recurrieron constantemente a ella. La condenación bíblica, por ejemplo, advertía que a aquellos que realizaran actividades mágicas, o de nigromancia, meditación y adivinación, les esperaba una eternidad en el infierno después de su muerte. La Iglesia católica actuó así de forma paralela, pero no sabemos hasta qué punto logró detener las prácticas prohibidas.

Otro aspecto por considerar era que, así como se debía aprender sobre Dios y los seres celestiales, algunos bestiarios, tratados de monstruos y manuales inquisitoriales se dedicaron al estudio de seres fantásticos, en especial las brujas. Hablar de ellas es interpretar un pasado ligado a creencias del ser humano, ya que en este caso la relación entre mujer y magia era mal vista en mayor medida por su sexo que por la práctica en sí.

 

UN MANUAL CONTRA LAS BRUJAS

El Malleus Maleficarum o Martillo de las brujas fue escrito por Jacobo Sprenger y Enrique Institoris. Dividido en tres partes, la primera se encarga de hacer la aclaración sobre la creencia en la existencia de las brujas; la segunda narra cómo deshacerse de un maleficio, cualquiera que fuera su origen o incluso para identificar si se estaba bajo la influencia de alguno; la tercera especifica el proceso inquisitorial de las acusadas, desde cómo debía ser su interrogatorio hasta los castigos que se les debían imponer.

De acuerdo con los autores, la bruja cooperaba con el diablo, pero la existencia de este no debía ser el foco de atención. En el resto del escrito, se afirma que la ley divina en muchos lugares mandó castigar a las hechiceras e incluso matarlas, porque en el caso particular de estas mujeres la muerte corporal era merecida por su terrible pecado, pero sobre todo la condenación de su alma, como consecuencia del sometimiento corporal al diablo.

¿Por qué solamente las mujeres podían caer en el pecado de la brujería? La primera causa era por su propio género, pues se les consideraba débiles de alma y por eso su fe era pequeña; en segundo lugar, porque podía sentirse más atraída por las practicas mágicas debido a sus deseos carnales. Además, estaba el caso especial de las parteras, “cuya malicia supera a todas las demás”, según señala el manual. Por tanto, el hecho de que hubiera más mujeres que practicaran la magia no era nada sorprendente e incluso, en palabras de los autores, se agradecía al Altísimo por guardar a los hombres de tan horrible maña.

 

PERSECUCIÓN Y CASTIGOS

Respecto a los castigos aplicados a las mujeres culpables de brujería, estaban las torturas durante los interrogatorios, los cuales causaron mucho escándalo en su momento, ya que los inquisidores intimidaban previamente a las acusadas mostrándoles los instrumentos de tortura de los que podían disponer. Como protectores de la fe hacia Dios en la Tierra, dichos personajes explicaban a sus víctimas que todo lo que hacían era por su propio bien y las exhortaban a que confesaran sus verdaderos pecados, de acuerdo con el historiador ruso I. R. Grigulevic.

En los procesos inquisitoriales debía haber dos jueces, uno eclesiástico y otro civil. El primero se encargaba de la confesión (si es que la había), mientras que el segundo aplicaba el castigo correspondiente. Tres eran las formas en que procedía una denuncia: la primera se daba cuando un denunciante acudía ante un eclesiástico y, con pruebas, señalaba a un hereje o protector de ellos; la segunda sucedía cuando no había pruebas por la acusación, pero la duda quedaba expuesta; y la tercera se iniciaba con una especie de rumor, una denuncia anónima. En este último caso, los inquisidores debían darse a la tarea de investigar la veracidad de la información y, en caso de que fuera correcta, proceder, como señala la historiadora Ana María Cortés.

Respecto a si se debía mantener encerrada a la bruja, el Malleus explica que sobre ello había tres opiniones, todas basadas en las pruebas presentadas (el hecho): se le podía dejar en libertad mientras todo se investigaba, se le podía encarcelar por el peligro inminente que representaba, o se le dejaba bajo vigilancia de un “buen hombre”.

Además, a la bruja se le debían buscar las marcas que el diablo podía dejar en su cuerpo, por ejemplo, manchas o lunares con formas extrañas y que casi siempre se encontraban en lugares escondidos del organismo (planta de los pies, espalda, glúteos o en la pelvis); lo anterior como una prueba tajante de su pacto con dicho personaje.

Pero, ¿qué pasaba si después de toda la investigación, incluyendo la tortura, se encontraba inocente a la acusada? ¿O qué sucedía si era considerada culpable? Según los autores del Malleus Maleficarum, en el primer caso se debía dictar una sentencia en la que se reconociera que se le había hallado inocente de los cargos, bajo la autoridad primero de Dios y en seguida del obispo (el juez). En el segundo, los inquisidores sentenciaban a la bruja a ser quemada en la hoguera por ser esta la única forma en que se haría entender a los testigos que la herejía por brujería debía ser fuertemente castigada; se trataba de un castigo ejemplar.

Cabe mencionar que el manual cita quince maneras distintas de dar sentencia para igual número de maneras en que se realizara la brujería y, según los autores, “conviene que tengan bien presente que este crimen de las brujas no es un crimen puramente eclesiástico, y que, por ello, el derecho no prohíbe que los príncipes temporales y demás señores laicos pronuncien sentencia al juzgarlo”.

 

EL PAPEL DE LA MUJER COMO BRUJA

De lo mucho que se sabe sobre la mujer en el Medievo, se debe entender que las principales fuentes que la describen son de origen masculino. Como ya se ha dicho, para el imaginario religioso la mujer tenía varios aspectos negativos, desde su género hasta sus pasiones y formas de comportarse, entre otros. En la Edad Media, “lo que aparecía como opinión contemporánea surgía de dos fuentes: la Iglesia y la aristocracia. En otras palabras, las ideas sobre la mujer se formaron, de una parte, por los clérigos –normalmente célibes– y, de otra, por una pequeña casta que tenía medios económicos para poder considerar a sus mujeres como objeto de adorno”, de acuerdo con la historiadora británica Eileen Power.

La ociosidad de las mujeres se consideró como un peligro de alto precio. Ellas debían mantenerse ocupadas con tareas impuestas por sus esposos o sus padres. Eran frágiles, fáciles de caer en pecado, pero casi siempre se olvidó que eran ellas las que trasmitían sus conocimientos de generación en generación respecto al uso de hierbas medicinales, ungüentos o remedios caseros, todos utilizados indistintamente por hombres y mujeres, con la advertencia de no caer en prácticas de hechicería o en las “terribles garras de la mujer hechicera”.

Para desventaja de aquellas señoras ancianas, su situación de pobreza les traía aún más señalamientos. De acuerdo con el investigador Vicente Romano, “a la escasez de estas viejas se suma el elemento estético. Van mal vestidas, en los trapillos que han podido conservar o que les regalan. De color negro u oscuro […] y acompañadas de un gato a veces negro, e incluso de un cuervo domesticado”.

Además, se consideraba que la mujer era el símbolo de seducción, por tanto, los hombres debían cuidarse de ellas, sobre todo los religiosos que habían jurado celibato. Finalmente, la imagen de la mujer como bruja quedó concretada con la descripción estereotipada que se le dio –agrega Romano–: “es la de una mujer vieja, seca, de ojos rojizos, con una verruga en la nariz, acompañada de un gato negro o un cuervo. Vive sola en una pobre cabaña, apartada de los demás, en la periferia del pueblo o la aldea”.

 

IMAGINARIOS PASADOS Y PRESENTES

Estas mujeres tenían su mayor castigo precisamente en serlo, pues eran vistas por el pensamiento religioso católico como un ser inferior, con las debilidades que el enemigo podía utilizar para atacar a la humanidad y su estabilidad moral. De la mano de esto, surge la idea de la magia diabólica, aquella que se sirve de todos los medios posibles para lograr su cometido, practicando además todas las formas conocidas del culto.

La imagen clásica que hoy seguimos teniendo de las brujas nos ha llegado desde un tiempo lejano. Si bien ahora es un personaje con interpretaciones diferentes, es claro que, en el imaginario actual, la bruja sigue estando presente y es utilizada en caricaturas, series, películas, libros e ilustraciones. Aunque nuestra sociedad no condena de forma radical a la bruja, aún se siguen teniendo prejuicios, miedos e inquietudes sobre su existencia. Por ello es que resulta importante entender el pasado y origen de estos imaginarios.