Benito Juárez

Isabel Tovar de Teresa y Magdalena Mas

 

Tras el triunfo de las armas liberales en la Guerra de Reforma, el 22 de diciembre de 1860, Benito Juárez regresa a la capital de la República en enero de 1861.

 

 

La entrada triunfal del ejército liberal a Ciudad de México en 1861: ¿Cómo vivieron los liberales el desfile de la victoria que encabezó el general Jesús González Ortega por las calles de la capital y que dio fin a la Guerra de Reforma contra los conservadores? En esta entrega, las autoras buscaron en memorias y documentos para evocar un día que quedó grabado fuertemente en los recuerdos de quienes lo atestiguaron.

 

 

El día 2 de enero de 1861 el teniente Liborio del Campo se dirigía a casa de su buen amigo don José García Cadena, donde se celebraría una animada tertulia para comentar los sucesos del día anterior. Se detuvo en la librería de la imprenta ubicada en la calle de San Juan de Letrán número 3, con la intención de comprar El Monitor Republicano, diario de corte liberal que, habiendo sido censurado por los conservadores, volvía a expenderse en la capital. El periódico comentaba en su editorial la apoteótica entrada del general en jefe de las tropas federales, Jesús González Ortega, a la capital de la República Mexicana. Su corazón no cabía de gozo. Aceleró el paso para llegar al lugar de su destino lo antes posible y así poder comentar con sus amigos la extraordinaria noticia.

 

Cuando llegó, el ambiente era de extraordinaria alegría; entre abrazos y expresiones de júbilo exclamaron sus amigos, todos ellos también de ideología liberal: “¡Triunfó la Constitución de 1857! ¡Viva el triunfo de las armas liberales!”. Se encontraba allí el general Felipe Berriozábal, quien expresó:

 

—¡No se puede creer que un sencillo escribiente, que no asistió a ninguna escuela militar, que servía en una notaría en un pueblito de los alrededores de Zacatecas, haya derrotado al indomable Miramón! Ya me imagino la de envidias que va a provocar González Ortega entre el bando liberal, por no hablar de lo humillados que han de sentirse los conservadores: ¡no solo ser derrotados, sino además por un empleado que sin duda ellos juzgaban un insignificante hombre del pueblo! No cabe duda de que nuestro insigne presidente, don Benito Juárez, sabía lo que hacía cuando lo nombró general en jefe del ejército liberal. Seguramente se sintió muy satisfecho de su decisión cuando, todavía en Veracruz, supo por un comunicado urgente de la victoria de Calpulalpan mientras asistía a una representación de la ópera. De esta forma, se acabó el gobierno conservador de Miramón y nuestro legítimo gobernante está pronto a regresar a nuestra capital y restaurar los poderes republicanos. Pero déjenme comentarles los sucesos de ayer, que tuve la fortuna de presenciar y hasta, en cierto modo, gracias a la generosidad del general González Ortega, protagonizar.

 

—Lástima que ayer no estuve presente, me sentía indispuesto y no pude presenciar la entrada triunfal de los liberales —comentó otro contertulio—, así que continúen por favor; general, señor teniente, cuéntennos sus impresiones.

 

Tomó de nuevo la palabra Berriozábal:

 

—Como seguramente saben, el general González Ortega quiso iniciar este glorioso año de 1861 entrando a la capital el primero de enero, por el lado poniente, para hacer su recorrido de la Alameda a Palacio Nacional. ¡Todo el camino estaba adornado de flores, los balcones atestados de gente que lanzaba vítores a los héroes, fue un espectáculo inigualable! Recuerden los méritos del general González Ortega, que derrotó en Calpulalpan a las tropas conservadoras, al mando de un militar tan excelente y preparado como Miguel Miramón.

 

—Además —intervino Del Campo—, también estuvieron sus triunfos en las batallas de Peñuelas y Silao, por mencionar otras de sus victorias… Bueno, la cuestión es que yo tuve el honor de desfilar entre las tropas y puedo decirles que el recorrido debió de empezar alrededor de las doce. A la altura de la Alameda una multitud de representantes de los clubes liberales, con vistosos estandartes rojos, se unieron a la vanguardia de la marcha, capitaneada por don Jesús González Ortega. Al llegar a la calle de San Francisco, vi un espectáculo que nunca olvidaré, por lo espléndido de los adornos en los balcones, por el entusiasmo de la gente, que puedo decirles que era natural, no fingido ni por encargo, como algunas malas lenguas quisieron hacer creer; dos arcos de triunfo impresionantes hubo, uno a la altura de la calle del Correo donde, hasta arriba, pusieron plataforma con orquesta. El ayuntamiento de la ciudad salió a recibir al ejército de la Reforma y a su caudillo, y un miembro de esa corporación…

 

—Don Florencio del Castillo, dice El Monitor Republicano, fue el encargado —interrumpió Berriozábal—, y también que fueron los miembros del ayuntamiento quienes entregaron al general González Ortega un estandarte con el escudo de la ciudad.

 

—Efectivamente —continuó Del Campo—, le pusieron el estandarte en las manos y él lo agradeció cumplidamente y les hizo saber que para todos los que abrazaban la causa liberal, no cabía duda de la fidelidad de nuestra capital, a pesar de que toda la guerra hubiera estado dominada por los conservadores.

 

Doña Dolores, la esposa de don José, dueño de la casa donde se celebraba la tertulia, hizo su entrada con una charola de pastas y canutillos para que los caballeros acompañasen el licor que degustaban. Fue notorio que, a pesar del ir y venir para atenderlos, había estado atenta a la conversación, pues en ese momento intervino:

 

—Hoy en el mercado se comentaba que es un buen mozo, un hombre muy gallardo y, algunos que lo vieron, contaban que cuando hizo su entrada a la Plaza Mayor, montado en un caballo alazán, lucía un sombrero ancho y que lo traía ladeado. También lucía la corbata roja y, atravesado, un sarape de Saltillo con los colores de la bandera. Además —añadió sonriente—, dicen que es muy enamorado. También comentan en el mercado que, de las azoteas, ventanas y balcones repletos de gente, lanzaban coronas de laureles y rosas sobre el general Ortega y su comitiva.

 

—Muy cierto, doña Dolores —dijo Berriozábal—, yo lo vi y pude darme cuenta de que las señoras y señoritas eran quienes lo hacían con más entusiasmo, ¡y viera con qué puntería! Casi todas iban a darle a las manos al general González Ortega… Pero lo que a mí me conmovió más fue su humildad y bonhomía, con la que me distinguió. Figúrense que yo me encontraba en un balcón del Hotel Iturbide y me invitó unirme a la comitiva para entrar a Palacio Nacional. Lo mismo hizo con don Santos Degollado. No hubo manera de negarnos; a los dos nos puso guirnaldas en las manos de las que él traía encima y, además, a Santos Degollado le pasó el estandarte que portaba, diciendo que nadie como él merecía llevarlo. ¡Y pensar que muchos lo conocíamos, de burla, como “el Tinterillo”!

 

Muy entusiasmado, comentó Liborio del Campo: —Y en ese momento, la orquesta del arco de triunfo rompió a tocar alegres marchas…

 

—Hasta La Marsellesa, himno que nos cuadra a todos los liberales —dijo otro contertulio.

 

De nuevo tomó la palabra Berriozábal para seguir haciéndose lenguas de la humilde generosidad de González Ortega:

 

—Ya por la segunda calle de Plateros, don Jesús hizo detener las tropas otra vez y mandó a un ayudante llamar a don Miguel Lerdo de Tejada y a don Melchor Ocampo, para que lo acompañaran a Palacio Nacional, adonde llegaron en medio de los vítores y acompañados por el pueblo.

 

Don José, anfitrión de la tertulia, expresó:

 

—La cuestión es que todos comentan que fue una auténtica fiesta popular, y no es para menos, los conservadores han tenido casi secuestrada a Ciudad de México durante tres años, mucho discurso de orden y moralidad, demasiada vigilancia, espionaje y, lo peor de todo, ¡los impuestos para sufragar la guerra! El primero de enero de 1861 será una fecha recordada por todos los mexicanos.

 

Varios de los contertulios se levantaron y alzando sus copas brindaron, diciendo al unísono: “¡Viva la Reforma, viva la Constitución de 1857, viva el glorioso ejército liberal!”.