Un imperio amurallado II

La península de Yucatán y su sistema defensivo

En el periodo virreinal, el modelo de la "defensa en profundidad" fue organizado en la península, con vigías, trincheras, caminos y milicias civiles, que se conjugaban con la ciudadela de San Benito, último reducto en Mérida, y con los fuertes de Sisal y San Felipe en Bacalar se garantizaba que la península no cayera en manos de potencias extranjeras y, por tanto,en la pérdida del comercio del codiciado palo de tinte.

Durante los siglos XVII y XVIII, el Circuncaribe fue el campo de batalla de la hegemonía de la Corona española frente al expansionismo de otras potencias navales, por lo que la península de Yucatán comenzó a consolidarse como una pieza geopolítica fundamental. Esta era una de las "llaves del Nuevo Mundo", en un contexto en el que los numerosos ataques extranjeros a las ciudades portuarias buscaban uno de los recursos más codiciados por la pujante industria textil europea: el palo de tinte, principal materia prima de la península para obtener el color negro, lo cual motivó, y justificó, la inversión en complejos sistemas de fortificación.

El polígono defensivo de la capitanía general de Yucatán se concibió como un sistema articulado que conectaba cinco nodos estratégicos: de poniente a oriente, en el sentido de las manecillas del reloj, vinculaba la isla de Términos (o Tris),Campeche, Sisal, Bacalar y, como centro neurálgico en el interior, la ciudad de Mérida.

 

Presidio de San Felipe

Ubicado en la actual isla del Carmen en Campeche, este presidio se esforzaba en asegurar el límite suroccidental de la península y protegía el asentamiento de Nuestra Señora del Carmen y la entrada a la laguna de Términos, un refugio que era utilizado temporalmente por piratas y corsarios.

A pesar de su importancia, San Felipe no se realizó en cal y canto, como las grandes fortalezas de piedra, sino que se construyó predominantemente en madera, convirtiéndola en una estructura endeble, poco durable y vulnerable a las condiciones climáticas. Nos quedan los vestigios del presidio en los proyectos cartográficos en papel y en los testimonios de la resistencia contra los bucaneros y piratas del Caribe. La isla de Términos era zona de paso; conocida con la abreviatura cartográfica "Tris", se popularizó con ese nombre.

San Francisco de Campeche

Es el ejemplo más completo de ciudad fortificada en Nueva España. De aproximadamente 2.5 kilómetros, incluía ocho baluartes, murallas, puertas fortificadas y fuertes exteriores que permitían fuego cruzado y defensa prolongada.

Este puerto se consolidó como el principal baluarte costero de la península y fue una de las cabeceras importantes en la evangelización, donde se conjugaron las tradiciones maya y española. Para 1549 su relevancia ya era notable. A diferencia de otros enclaves, Campeche ha preservado una mayor cantidad de sus elementos defensivos, permitiendo comprender hoy la magnitud del esfuerzo desplegado contra la piratería.

Sisal: el bastión del norte

En este puerto se construyó un pequeño reducto de planta cuadrada que funcionaba con un sistema de vigías, trincheras y comunicación costera, y en esas costas de la península los ingenieros Juan de Dios González, Juan José de León y Rafael Llovet realizaron obras menores con baterías.

Ubicado en el litoral norponiente, Sisal desempeñó un papel fundamental como el principal punto de entrada y salida de mercancías para Mérida. A diferencia de las grandes fortificaciones de Campeche, la defensa de Sisal se articuló inicialmente como un sistema de vigilancia basado en vigías y trincheras, diseñados para detectar e impedir el desembarco de piratas en una costa caracterizada por sus aguas poco profundas y extensas playas. En la península es una adaptación distinta del sistema defensivo, que en lugar de depender exclusivamente de murallas, desarrolló un modelo basado en la “defensa en profundidad”.

Por su función comercial, Sisal era el primer escudo protector de la capital ante una posible incursión desde el Golfo, por ello se ordenó la construcción del Fuerte de Santiago, una estructura que servía como cuartel y punto de observación permanente. La estrategia no se limitaba a la confrontación directa, sino que era una red de comunicación rápida que alertaba a las milicias del interior sobre cualquier avistamiento de velas enemigas en el horizonte.

A lo largo del siglo XVIII, las autoridades coloniales enfatizaron la necesidad de reforzar este punto debido a que los corsarios solían utilizar las ensenadas cercanas para abastecerse de agua y víveres. La ingeniería en Sisal tuvo que adaptarse a las condiciones ambientales del terreno costero, utilizando materiales de la región y sistemas de fortificación de menor escala, pero de gran efectividad táctica.

San Felipe de Bacalar: el bastión del sur

Este comenzó a construirse en 1727, y es uno de los mejor conservados de planta cuadrangular con baluartes en las esquinas, caballero alto, foso perimetral y puente levadizo. Los nombres de sus baluartes son: San Antonio, San José,Santa Ana y San Joaquín.

Se construyó para contener la presión inglesa procedente de Belice y de las islas antillanas, y su estructura es atribuida al capitán italiano Juan Podio. Otras ampliaciones y mejoras posteriores son del ingeniero Juan de Dios González, y otras más, del ingeniero Rafael Llovet para el foso y el puente levadizo. Bacalar, como máquina autosuficiente, también incorporaba alojamiento militar, almacenes, capilla, controles de agua y accesos.

Ubicado en el extremo suroriental de la península, este fuerte funcionaba como una pieza estratégica fundamental para vigilar la Laguna de Bacalar y el curso del río Hondo. Su relevancia radicaba en ser la única defensa española con carácter permanente en toda la costa oriental, una región que se distinguía por su profundo aislamiento geográfico y su peligrosa cercanía a las rutas frecuentadas por piratas y taladores ingleses de maderas preciosas.

 

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¿Cómo citar este artículo?
Andrés Torres Acosta, “Un imperio amurallado. La defensa global de la monarquía española y su expresión en Nueva España (siglos XVII–XVIII”, Relatos e Historias en México, núm. 213, Julio, 2026, pp. 26-51.



*Andrés Torres Acosta

Es Ingeniero Civil por la Universidad Autónoma de Yucatán y cuenta con estudios de maestría y doctorado en Ingeniería por la University of South Florida (EUA). Es reconocido como investigador nacional (nivel I) del Sistema Nacional de Investigadores (SNII-Secihti). Desde hace más de 40 años trabaja en las líneas de investigación de ingeniería civil enfocadas en materiales de construcción. Asimismo, desde hace casi 20 años se ha especializado en temas relacionados con la historia de las construcciones, caminos reales y materiales para la restauración de edificios históricos. Actualmente se desempeña como profesor, investigador y consultor de tiempo completo en el Tecnológico de Monterrey, campus Querétaro, participando en las carreras de Ingeniería Civil, Arquitectura y en los programas de Maestría y Doctorado en Ciencias en Ingeniería.