El escritor y soldado español Miguel de Cervantes Saavedra, autor de la inmortal novela Don Quijote de la Mancha, tuvo gran interés por el Nuevo Mundo, es decir, por América. Fue el cuarto hijo de Rodrigo de Cervantes –un hidalgo y modesto cirujano– y de Leonor de Cortinas. Recibió el bautismo en la parroquia de Santa María la Mayor, en Alcalá de Henares, el 9 de octubre de 1547, por lo que es muy probable que haya nacido en dicha población. Aunque su segundo apellido era Cortinas –como lo refiere el investigador inglés Donald P. McCrory–, comenzó a usar el Saavedra cuando solicitó un oficio vaco (vacante) para ir a trabajar al Nuevo Mundo en 1590 y evitar así que se le relacionara con un Miguel de Cervantes desterrado de la Corte en 1569. Desde entonces se le conoció como Miguel de Cervantes Saavedra, y así firmó la primera edición de su libro Don Quijote, el cual se convertiría en la obra literaria más universal de las letras españolas.
Cervantes jamás logró obtener el permiso para viajar al Nuevo Mundo, en particular a la Nueva España, que imaginaba como otra Venecia; sin embargo, su libro Don Quijote sí lo hizo: varios cientos de ejemplares llegaron a América, casi con la tinta de la impresión aún fresca, unos meses después de haber sido publicados por vez primera en Madrid en los albores del siglo XVII y a dos décadas de la edición de su primera obra literaria, La Galatea, escrita entre 1581 y 1583 y publicada en Alcalá de Henares en 1585. Aunque para entonces solo se le consideraba un aficionado a la poesía.
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Don Quijote en Nueva España
Cervantes era viajero. Trabajó en Italia, viajó a África e intentó ir a la Nueva España. Varias veces presentó sus documentos a la Corte para ser empleado en las Indias, pero los trámites burocráticos impidieron que cruzara el Atlántico. Sin embargo, no dejó de imaginarlo y tenerlo presente.
En el Quijote –por lo menos en la segunda parte, publicada en 1615– hay referencias a lugares, personas y textos del continente americano. Por ejemplo, ahí aparece Ruy Pérez de Viedma, destinado a la Nueva España como oidor. También hay referencias al “cortesísimo [Hernán] Cortés” y sus “valerosos españoles guiados por [él]”, lo que incluso hace pensar que Cervantes pudo haber leído las Cartas de relación del conquistador español, o que conoció la Historia general de las Indias y Conquista de México de Francisco López de Gómara.
Contrario al paradójico aislamiento relativo del personaje de don Quijote, pues por estar metido en la lectura “olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda”, el libro salió muy pronto al mundo. Y aunque ha sido abordado por diversos investigadores, la llegada del primer Quijote a la Nueva España aún está plagada de leyendas, desde la que dice que el libro fue censurado y prohibido por las leyes inquisitoriales, hasta aquella que cuenta que se hundió el barco que traía los primeros ejemplares.
Lo cierto es que la novela no era desconocida en el Nuevo Mundo, pues muy pronto se tuvieron referencias sobre ella. Tampoco estuvo sometida a las prohibiciones reales e inquisitoriales sobre libros de ficción. Asimismo existe una historia que, aunque real, es imprecisa: anota que fue el escritor Mateo Alemán quien trajo a territorio novohispano el primer ejemplar del Quijote y que se le decomisó, no a causa de la censura, sino por asuntos hacendarios en la aduana de San Juan de Ulúa (hoy en Veracruz).
Esa versión fue tomada como certera durante mucho tiempo. La difundió el cronista Luis González Obregón, a partir de un acta de registro que encontró en un archivo donde aparecía el Quijote dentro de las pertenencias del también autor de Vida y hechos del pícaro Guzmán de Alfarache. Ahora sabemos que aquel libro respondía a la primera edición madrileña de 1605, pero no fue el primer Quijote en llegar a la Nueva España. ¿Quieres saber cuál sí fue? Entérate adquiriendo la revista #84.

